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Felipe Gómez Ullate o la noche en la que se fue la luz (y II)

2/sep/07 24:54
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A TI, FELIPE, que te conocí en el Sanatorio de Ofra, cuando te ofreciste a trabajar gratis en la atención de las enfermedades urológicas de los tuberculosos. Después en la calle de San Francisco, en la antigua sede de la Real Academia de Tenerife, cuando el Colegio de Médicos utilizaba un salón cedido por la Academia. Donde, casi siempre, nos sentábamos juntos, en aquellos sillones de asientos a pares. Los académicos, separados de los demás, por dos barandas de columnas torneadas, se sentaban en sus rojos sillones, en un plano más alto que nosotros, simples asistentes. Más tarde, seguimos juntos, cuando la Academia comenzó a recurrir a las dependencias colegiales, en este mismo salón, ya en estas butacas de largas filas, siempre en las primeras filas. O en el otro salón, el pequeño, donde estaban aquellos sillones forrados con tela roja, y culminados con el escudo de la Academia artísticamente labrado. Fuiste secretario en los años de exilio de la Academia en el Colegio de Farmacéuticos. También asistimos juntos a todas las sesiones clínicas y cursos de I.P.T, en el viejo hospital. Fueron muchas las veces que interviniste. En Acta Médica, aquella revista que mantenía en solitario Pablo de la Peña, publicamos juntos algunos trabajos, así como en los libros del I.P.T.

Fuimos académicos correspondientes por los mismos meses y académicos electos el mismo día. Hiciste el discurso de ingreso antes que el mío. Se había muerto Cerviá, por lo que hubo que cambiar el académico que debía contestarme, que fue don José Domínguez y Domínguez. El tuyo y el mío fueron dos discursos accidentados ¡Hasta en esto estábamos juntos! En mi discurso explotó la lámpara del proyector, en el tuyo se fue la luz. Tenía que suceder. Habíamos nacido en marzo. El mes en que el invierno caduca y se inicia la primavera. Nuestros astros mantienen similar alegato y emiten presagios iguales.

Terminaste tu discurso de ingreso en esta Real Academia, titulado Tumores de Pelvis Renal, los aplausos de los asistentes aún no habían terminado cuando don Victoriano Darias Montesinos se levantó de una de las butacas de la primera fila de este salón y se dirigió al estrado para pronunciar el discurso de contestación. Cuando tomó en sus manos los folios escritos, se fue la luz. En la oscuridad se oyeron rumores. ¿Será un apagón momentáneo? ¿Vendrá la luz pronto? Pasan los minutos y la luz no viene. Guillermo y Miguel, que auxiliaban a la Academia en los asuntos administrativos, se dirigen a tientas hacia la puerta de salida del salón. Bajan las escaleras y comprueban que es un apagón en toda la ciudad. No se sabe el tiempo que tarda la reparación. Miguel entra en el salón con una vela en la mano y la noticia de una probable oscuridad sin límites.

A la luz temblorosa de una vela, esperábamos que se tomara la decisión de suspender el acto, pero sorpresa sobre sorpresa, don Victoriano Darias pidió unas velas más. Apareció Miguel con un candelabro de plata labrada de cinco velas y, a la luz de aquellas velas, don Victoriano leyó un largo discurso sobre tu vida profesional, tu carrera militar y tu vocación médica por la influencia de tu padre, que fue un gran médico, y tu largo currículum, además de un repaso por la historia de la Cirugía, con especial mención al mal de piedra. Terminó la sesión. Fuiste felicitado, don Victoriano Darias también. Abandoné la Academia, la calle estaba oscura, algunos coches alumbraban el asfalto, que parecía de plata. En el cielo, la luz prestada de la luna destacaba sobre las estrellas.

Hoy, muchos años después, recuerdo aquella noche en la que se fue la luz. Recuerdo tu cuerpo, de salientes óseos y piel apacible, de ancho y largo esqueleto; tu cara de nariz afilada, tus grandes orejas, tu recortado bigote, sin atreverse con las comisuras, orillando el labio superior, que sujetaba al inferior para producir tu hablar sereno y tu voz baja. Tu mandíbula pronunciada. Tu frente despejada, tu cabellera ya en precoz retirada. Tus largos miembros, tus prolongados dedos y tus enormes zapatos. Pero recuerdo, sobre todo, tu rostro serio, sosegado y bondoso. Ya sé que la luz de tu cuerpo, como la de aquella noche de tu ingreso en la Academia, se fue para siempre, pero aún hoy, aquí como en aquella noche, alumbra la luz de las candelas de tu alma, la luz que no precisa generadores ni transformadores, ni hilos, ni empalmes ni interruptores, la única luz que sigue alumbrando en la oscuridad de la muerte. La luz de las incontables estrellas del cielo.

Esta noche abandonaré este edificio, miraré al cielo y estoy seguro de que, en la galaxia de los buenos, una estrella me hará un guiño. La historia no es la historia de los datos, es la historia de los sentimientos. Y tú, Felipe, estás en las mejores astillas que guardo del espejo roto de mi memoria.

En mi flanco izquierdo tengo una cicatriz, la señal de la operación que me hiciste para extraer un pedrusco del uréter. En el alma tengo varias cicatrices, las que dejan los desgarros de los amigos idos. La del cuerpo me duele cuando cambia el tiempo, las del alma me duelen siempre.

Felipe, perdóname, se me olvidaba. Con esto termino ¿Sabes una cosa? Después de recordarte y de mal escribir estos folios, pienso que la muerte, como la noche de tu ingreso como Académico de Número, es igual que una noche sin luz eléctrica, una oscura noche, sólo iluminada por las bombillas del cielo. Las bombillas de la ciudad de la eternidad. La luz que, como en "La noche oscura del alma", de San Juan de la Cruz, sólo arde en el corazón.

En la noche dichosa,

en secreto, que nadie me veía,

ni yo miraba cosa,

sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía.

Gracias, Felipe, porque escribiendo sobre tu vida y tu muerte he aprendido un poco más sobre la vida y entendido un poco mejor la muerte. Cuando se escribe sobre otro, también se escribe sobre uno, y es que compartimos la esencia humana.

Mientras vivimos somos tiempo. En la muerte somos silencio.

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