HACE TAN SÓLO un par de semanas que acompañaba a mis hijas cuando, excepcionalmente, disfrutaban de una película mañanera emitida por nuestra primera y nacional televisión. Yo iba y venía, mientras ellas aprendían algo del funcionamiento del cuerpo humano gracias a un planteamiento original que combinaba animación y personajes reales. Los intermedios transcurrían con la cansina longitud a la que estamos acostumbrados: es decir, vemos algo de peli en las pausas que insertan entre las largas series de anuncios. Pese a ser una avalancha de mensajes comerciales, éstos se adaptaban al perfil de edad al que iba dirigida la película, calificada acertadamente como apta para todos los públicos. Y hasta aquí, todo normal. Pero, de repente, después de descubrir las habilidades para la micción de un bebé llorón, apareció en escena una señora estupenda que le recomendaba a mis hijas de siete y ocho años el empleo de un lubricante vaginal para mayor disfrute del acto. Un lubricante vaginal a las once de la mañana. Un lubricante vaginal para practicar sexo deslizante e indoloro, dirigido a un público que está viendo una peli de dibujos. ¡Ah!, pero no hay problema. El desconcierto se convirtió en luz de entendimiento cuando capté la estrategia televisiva: una vez terminada esta práctica recomendación sexual, y ya incrustadas las niñas ipso-facto en la edad madura, vino el trailer de la película del prime time nocturno: un par de cadáveres, un degüello sangriento, unas cuantas explosiones precedidas por escenas de cama... en fin, lo normal para niños de siete años. ¿No?
Bien, podemos preguntar: ¿son idiotas los responsables de estas programaciones o son, sin más, unos incompetentes a los que estas cosas les dan igual? ¿Siguen directrices de alguien? Recuerdo las sanas intenciones de cierta vicepresidenta de nuestro gobierno estatal, recomendando a las televisiones la protección de las franjas horarias de afluencia infantil. Un esfuerzo vacuo y de receptores sordos. Lamentablemente, en las horas en que mi generación veía La casa del reloj, o Un globo, dos globos, tres globos, ahora solamente podemos sufrir lamparones de bajezas y programas para adultos. Y, en todo caso, si la programación es demasiado infantil, siempre podemos anunciar preservativos con sabores o vibradores ad hoc, junto con alguna que otra catástrofe. Para compensar, nada más. No sea que nuestros niños se infantilicen demasiado.
¿Qué estamos haciendo? ¿Qué está intentando hacer este gobierno? ¿Será quizás dejadez, o intento de instaurar una progresía forzada, empujando a los niños hacia el conocimiento precoz del mundo adulto bajo la presunta excusa de la implantación forzada de la libertad? Pues bien, entre las opciones de esa libertad que, no olvidemos, ya tenemos, y que no hace falta que nos fuercen a tener, está la de tener la voluntad de ir contracorriente. Yo quiero niños con Reyes Magos y con el ratoncito Pérez, quiero niñas con princesas y con sirenas, y con ordenadores y trompos, con videojuegos y comba. No quiero que el gobierno eduque a mis hijos por mí, ni que decida cuándo han de saber mis hijas cómo funciona la reproducción animal. La infancia es el período más corto de nuestras vidas. Se nos va como un soplo. Somos niños sólo el diez o el quince por ciento de nuestra existencia. Y los que valoramos este precioso tiempo, nos esforzamos en preservarlo intacto en nuestros hijos. La base de nuestra sociedad radica en esto, en la normal fluencia de los períodos de aprendizaje, en el respeto a los tiempos en que podemos ir asimilando la realidad. Si una sola generación perdiera la inocencia antes de tiempo, ya no sabría protegerla para la siguiente, porque no sabría cómo es. Y habría empezado un ciclo con muchas menos ilusiones e ingenuidad. Y un mundo de sabidillos prematuros no lo quiero.
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