EL PROCESO de elaboración del nuevo Estatuto de Cataluña, una vertiginosa carrera hacia el absurdo que tuvo que ser acotada y reducida a última hora por Zapatero y Mas, ya dio cuenta de una desorientación general del Principado que provenía, probablemente, de un cúmulo de factores: el agotamiento de la inacabable etapa política dirigida por Pujol, la franqueza un tanto suicida con que Aznar planteó las contradicciones del nacionalismo con la idea del Estado que emana de la Constitución, el crecimiento probablemente coyuntural de una izquierda nacionalista antisistema muy radical y difícilmente domesticable, etc. A la vista está, sin embargo, que la aprobación de un Estatuto relativamente moderado -aunque con ciertos rasgos que chirrían y que probablemente sean reinterpretados por el TC- no ha restituido los equilibrios internos del sistema político catalán ni ha llevado la estabilidad a la cotidianidad institucional. Por añadidura, la confluencia de contrariedades en los servicios públicos ha extendido un sentimiento de frustración e impotencia muy peligroso y que, si se considera ecuánimemente, no se corresponde del todo con la realidad.
Claramente, los principales elementos de inestabilidad en Cataluña están relacionados con el universo nacionalista, que como se sabe está escindido en dos formaciones, una moderada y de centro-derecha, CiU, otra radical y de izquierdas, ERC. Y los factores convulsivos son sobre todo dos: de un lado, la coalición que ocupa la Generalitat ha de soportar las peculiaridades radicales y a veces exóticas de Esquerra Republicana, una formación asamblearia de muy difícil manejo y de una solvencia no muy acreditada. De hecho, Esquerra ya protagonizo el "caso Carod" y desertó del Ejecutivo catalán cuando no prosperó su propuesta estatutaria.
De otro lado, Convergència i Unió, tras 23 años en el poder, no se encuentra a sí misma en la oposición, a la que ha sido condenada pese a haber sido la formación que ha obtenido más escaños en el Parlamento de Cataluña. Con su tensión interior -entre CDC y UDC, entre Mas y Duran- más inflamada que nunca, el otrora moderado catalanismo no sabe qué hacer ni dónde ubicarse. Primero, dispuesta a disputarse la piel del oso antes de cazarlo, la coalición ha escenificado una pintoresca contienda entre los partidarios de participar en el Gobierno estatal (Duran) o de no hacerlo en tanto no coincidan las mayorías en Madrid y Barcelona (Mas). Después, Artur Mas ha anunciado una propuesta para "refundar" el catalanismo político mediante un "rearme moral y nacional" y auspiciando la apertura del espectro a diestra y siniestra, como ha hecho aparatosamente Sarkozy en Francia. En el entretanto, el venerable Jordi Pujol, portador aún de toda la autoridad moral que le confieren su prestigio y su biografía, anda también desorientado, visiblemente nervioso por las contrariedades de sus epígonos y acumulando desaciertos: desde postular a un hijo suyo para la presidencia de la Generalitat hasta amenazar con el boicot fiscal de Cataluña frente al Estado si el Gobierno no aporta suficientes inversiones.
Este doble vector nacionalista, entrelazado con el binomio natural derecha-izquierda, genera una persistente confusión, acrecentada por las consecuencias de una rivalidad constante entre dos partidos que lógicamente se disputan la misma, o casi la misma, clientela. Y este forcejeo genera una apelación cada vez más descarada al victimismo que enrarece la vida pública, expulsa a los ciudadanos de la política, genera abstención y derrama sórdidos presagios sobre el futuro.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD