TENÍA LA MISMA PINTA del frutero que le despacha un kilo de melocotones en el supermercado que está al ladito de su domicilio, el mecánico que ojea en silencio la abolladura de su vehículo mientras mentalmente elabora un presupuesto o el panadero que agarra del expositor un par de chapatas aún calientes. De las tres profesiones, la última la vivió muy de cerca, pero nunca la trabajó. Luciano Pavarotti permutó la harina y la levadura con la que su padre amasaba cada día en una modesta panadería de Módena por un pentagrama que adornó con la voz más dulce que podía regalar un tenor de pueblo.
Con veinte años tenía claro que su futuro estaba unido a la ópera. Se hizo profesor y durante doce años sostuvo una tiza entre sus dedos, pero quiso cantar. Antes de quedar expuesto a la crítica fácil, les adelanto que en estas líneas se comprimen las sensaciones que transmitía el Pavarotti de carne y hueso, no el músico que, con apenas 26 años, pisó el escenario del teatro Reggia Emilia para interpretar el Rodolfo de "La Bohème", de Puccini. Escribe el aficionado a un género del que me siento un poquito menos ignorante gracias a él.
Obeso, barbudo y con un pañuelo siempre a mano, Luciano no paró de reclutar admiradores. Lo hizo antes de tener que compartir público con los españoles Plácido Domingo y Josep Carreras. ¿Quién es el mejor? No lo sé. Dicen que hay gustos para todos los colores. Su belcantismo popular, dicho con todo el respeto y la admiración que se le puede dar a un artista de su talla, descendió muchas veces a las ciudades donde residen los analfabetos musicales como yo. Minutos después, desaparecía en el aire con la sensación de haber engordado su lista de clientes.
El hombre que era capaz de sonreír con su mirada, el tenor que nunca perdió un anillo cuando formó dúo con Brian Adams, Bono o Sting, la persona que generó alguna que otra polémica por su forma de vivir la vida... se marcha dejando un cráter musical imposible de cubrir. Se fue el "gordo", uno de los que más hizo por acercar la ópera a los menos sabios, pero el que más simpatías se ganó. Y encima era bueno.
* Redactor de EL DÍA
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