El presidente Zapatero, que entiende de economía como yo de corte y confección, insiste en decir que nuestra economía marcha estupendamente; y que eso de apretarse el cinturón es cosa de cuatro. En cambio Solbes, que al parece ser sigue siendo ministro de la cosa, ha declarado oficialmente terminado el ciclo alcista de la economía española; es más, las hipotecas basura, el elevado precio de la vivienda y no digamos ya el de los alquileres, junto al aumento de la morosidad y la caída del empleo, son claros síntomas de ese punto de inflexión al que se refiere el simpático y dicharachero Solbes.
Pero no hay por qué preocuparse. Incluso si somos una de las economías más endeudadas del mundo, qué más da. Mientras que haya dinero para la compra de votos, perdón, para ayudar a la concertación social, lo demás da igual. Al parecer, ahora, no es precisamente el momento más apropiado para ponerse a estudiar la posibilidad de llevar a cabo una política de estabilización, que nos sirva para contrarrestar los cambios de ciclos económicos y, de alguna forma, salir de nuestra especialización productiva: el turismo, el consumo y sobre todo la construcción.
Para ello, el gobierno debería dejar a un lado su proverbial sentido paternalista y abandonar de una vez por todas el monopolio de la caridad y de la subvención. Por un lado, presumen de progresismo y de hacer políticas liberales, cuando en realidad tenemos, o mejor dicho, padecemos, un gobierno que ejerce un intervencionismo casi totalitario; que confunde el libre mercado con un sentido paternalista de la economía y de cómo debe funcionar la sociedad civil. No se trata tanto de que el Estado vele por nosotros, proporcionándonos todas las comodidades posibles, incluidas las innumerables subvenciones a que nos tiene acostumbrado la prodigalidad socialista, como del hecho en sí de que sea el Estado, y más concretamente el gobierno de turno, el que ponga los medios adecuados y lleve a cabo determinadas políticas que fomenten la participación, el trabajo, el ahorro, la iniciativa?, de los ciudadanos. De lo contrario, terminaremos por abdicar del esfuerzo, de la responsabilidad y del propio trabajo a cambio de recibir una seguridad económica, oportunamente subvencionada. ¿Para qué estudiar y buscar un trabajo si nos pagan por estar parados, nos sufragan el alquiler de la vivienda, nos socorren si estamos enfermos, nos financian los hijos, nos dan becas, nos regalan los libros de textos??
Es impresentable, y a todas luces inmoral, que se engañe y se intente comprar directamente a los jóvenes con dinero de las arcas públicas. Esta edad, desde los 20 hasta los 30 -35 años que habla, por ejemplo, el plan de alquileres de la ministra Trujillo, y ahora el de la ministra estrella Chacón, por cierto, copiado del anterior y tan ineficaz como él, donde no sólo no ofrece suficiente seguridad jurídica a los propietarios, sino que se les facilita la labor para que éstos suban aún más el alquiler, es una edad en la que dichos jóvenes, y no tan jóvenes, han de prepararse para servir a la comunidad; por tanto, es una edad para entregarse, dar y contribuir con su esfuerzo y trabajo, con su sacrificio y dedicación; primero, a las familias, y, posteriormente, al conjunto de la sociedad; recibir, lo que se dice recibir, hay que dejarlo en todo caso para los niños y los ancianos. ¡Qué coño de sociedad es esta que quieren implantarnos estos progres de mierda! ¿Es que acaso este gobierno nacionalsocialista ha renunciado a que los españoles seamos capaces de liderar nuestra propia sociedad?
Resulta ya irritante el hecho de que el presidente Zapatero, y el partido socialista que lo apoya, insista en creer que los ciudadanos españoles somos tontos, y que nos vamos a dejar comprar por unos cientos de euros o por un plato de lentejas. Tal vez, consideren, que han logrado transmitirnos esa pasividad cívica que tanto les gusta percibir en los españoles. Conmigo, desde luego, han dado.
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