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ENRIQUE GONZÁLEZ

La carta

28/oct/07 01:35
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HE RECIBIDO una carta. ¡Maravilla de maravillas! No es una carta cualquiera. No es una de esas cartas que recibimos ahora, siempre con retraso y muchas veces en un bloque con revistas y otros papeles, arrugadas y unidas por un fino elástico, dejadas casi en abandono por un cartero anónimo. Ni las cartas son las mismas ni los carteros son los mismos. Ya no existen aquellos carteros que eran parte importante de nuestras vidas. Sabían lo que significaba para nosotros un libro a reembolso, o un paquete venido de lejos. Sabían lo que esperábamos y hasta adivinaban el contenido. Y entregaban la correspondencia en mano, mientras hacían un comentario, siempre acertado, sobre cartas, revistas y libros entregados.

Uno no pretende tener un cartero como el de Neruda, pero recuerda a uno llamado Cedrés, que todas las mañanas me regalaba, junto a la correspondencia, unos minutos de felicidad. Su complicidad con mis inquietudes era bien manifiesta. Los tiempos cambian, los trabajos cambian, y hay que aceptarlo porque hay que extraer lo bueno y sobrepasar lo malo de cada tiempo. Pero uno echa de menos a aquellos carteros amigos, que eran esperados con ansiedad y despedidos con agradecimiento. Un día sin cartero era un día vacío. Los días tenían un antes y después, marcados por la llegada del cartero.

He recibido una carta. ¡Maravilla de maravillas! No es una carta cualquiera. No es carta para anunciarme un cobro, un impuesto más o un plazo sin demora. No es una carta de propaganda de ventas con facilidades o de ofrecimientos que parecen regalos y no lo son. Ni tampoco trata de propaganda electoral. ¡Milagro! Es una carta sobre un asunto personal, y es, sobre todo, una carta escrita a mano. Un amigo me comunica algo que podía haberlo hecho por el teléfono o escribiendo a máquina o en un ordenador, pero no, prefirió hacerlo de su puño y letra. Se sentó delante de su mesa, tomó en la mano una pluma y, en un papel de carta, trazó las líneas oblicuas, redondas, verticales y horizontales que forman las letras, y éstas, convenientemente unidas, las palabras, y éstas, las frases. Colocó los puntos, puntos y comas, los dos puntos y comas, según sus funciones. Los párrafos, con similar número de frases, forman más que un texto literario, un cuadro de un buen pintor. El que bien escribe sabe que el texto debe aproximarse a un bello paisaje. No se trata de un párrafo detrás de otro. Se trata de colocar las frases y los párrafos como si pintara un buen cuadro.

He recibido una carta. ¡Maravilla de maravillas! No es una carta cualquiera. En las actuales circunstancias es algo insólito, digno de ser contado. La caligrafía es perfecta. Las letras amplias, de trazado firme. La ortografía cuidada. La sintaxis magistral. Las palabras necesarias. No sobra un verbo. Economiza palabras. Sin rodeos innecesarios. No cae en lo usado ni se desliza por el empalago. Está escrita con la simplicidad que dicta el corazón, con materiales que salen de la sinceridad, sin regalar adulación ni buscar favor alguno. Un gran sentimiento lleva una gran forma. En una gran película, un gran escritor le aconsejaba a un joven principiante: escriba con el corazón y corrija con la mente. Sólo lo que sale de los profundos sentimientos tiene valor. Ya se sabe que siempre se ha localizado en el corazón lo mejor de los seres humanos, quizá, porque los latidos acelerados o pausados marcan nuestro verdadero estado de ánimo, y en los momentos más importantes de nuestras vidas sentimos como si el corazón se encogiera, aferrado por las poderosas manos de las grandes emociones.

He recibido una carta. ¡Maravilla de maravillas! No es una carta cualquiera. El lenguaje hablado o escrito no es otra cosa que el vehículo de las ideas de una mente a otra mente. Las palabras son las piezas del motor del vehículo, la maquinaria es la sintaxis. Cada pieza en su sitio. La maquinaria trabaja porque las piezas trabajan. Quizá, lo que mejor define la cultura de un hombre o mujer es el modo de transmitir lo que piensa y conseguir que en la estación de llegada sea bien entendido su mensaje. También alguien, nada menos que Montaigne, dijo que todos los conflictos de este mundo se deben a errores gramaticales, a la mala comunicación entre los humanos. La incomprensión ha causado las grandes guerras a nivel mundial. A nivel personal, la incomprensión crea odios, envidias, separaciones. Puede que la intención exacta de Montaigne se refiriera más a las estupideces y absurdos personales que a los grandes conflictos. ¿Pero no son también tonterías y necedades los grandes conflictos? Una buena comunicación puede recuperar la paz perdida, devolver el alma extraviada, despertar el alma de la modorra de la rutina y hasta puede que contenga una fuerza que te conduzca adonde jamás habías pensado ir.

He recibido una carta. ¡Maravilla de maravillas! No es una carta cualquiera. La guardaré hasta que mis ojos no puedan leer y mi corazón detenga el latido, el latido que marca la vida y las emociones. La guardaré mientras la estación de mi mente entienda los mensajes que de otras estaciones traen los vehículos de la gramática. Y la guardaré con el mismo cuidado que merece un buen texto o un magnífico cuadro. Después de todo, un buen texto es un buen cuadro. Las manos de los artistas, los que escriben y los que pintan, no intentan otra cosa que mucha comprensión entre los humanos.

He recibido una carta. ¡Maravilla de maravillas! No es una carta cualquiera. Es una carta como las de antes, escrita a mano. Con pluma y en papel de carta. Una lección de gramática, que es lo mismo que de buena comunicación. Me ha sacudido el alma.

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