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LA BUENA UVA JOSÉ H. CHELA

Inventos cinematográficos

28/oct/07 01:36
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UNO CREE, sinceramente, que los tres mejores inventos -y los únicos trascendentes- en la Historia del Cine, fueron, por orden cronológico, el sonido, el color y el DVD. Del color se puede prescindir (muchos directores, como Woody Allen, siguen prefiriendo ocasionalmente, el blanco y negro), pero el DVD se nos ha hecho imprescindible. Gracias a él, podemos tener, por poco dinero, una cinemateca clásica a gusto de cada cual. Imprescindible, digo, al menos hasta que no se comercialice algo mejor aún. Bill Gates no para de anunciar esa buena nueva que uno es incapaz de imaginar por el momento.

Lo que pasa es que, cuando el cine iba perdiendo espectadores y solamente vivía del público que acudía a las salas de proyección, había que buscar soluciones imaginativas. Ahora vive de las propias copias en otros soportes, de la venta de objetos variadísimos relacionados con tal o cual película y hasta de las bandas sonoras, que, antiguamente, y según los estudiosos del arte del celuloide, no debían percibirse. En la actualidad llegan a percibirse demasiado y hasta, en ocasiones, parece que las imágenes y la historia misma estén al servicio de los temas musicales, originales o recopilados. Cuando no había deuvedés ni merchandaisin ni el negocio de los compactos, de vez en cuando el cine nos brindaba sorpresas y curiosas novedades tecnológicas para atraernos y recuperarnos como espectadores. Así nació el cinemascope (que perduró) y el cinerama envolvente, que resultó muy complicado. Todavía hoy se distinguen las dos líneas verticales que separan las tres pantallas del sistema cuando pasan alguna película cinerámica en la tele. Las intentonas del relieve han sido muchas -algunas muy recientes-, pero continúan siendo necesarias para gozar del cine tridimensional las gafas bicolores, que son muy incómodas. La última película en relieve que vi fue en un antiguo local de la Plaza de La Paz. Se trataba de un filme medio erótico y la secuencia culminante se producía cuando las tetas de la protagonista se salían de la pantalla y parecían ir a chocar con los bigotes de un señor bajito de la tercera fila. El cine oloroso -otra propuesta fallida- no acabó de triunfar jamás, aunque se vuelve a la idea de vez en cuando. El problema de este cine aromático es que si se asume con rigor puede resultar muy desagradable en cuanto la peli desarrolle algún contenido escatológico, un suponer.

Ahora, dos realizadores chilenos acaban de estrenar, en el festival de Viña del Mar, un nuevo invento que aplican a su obra titulada "Papá o 36.000 juicios de un mismo suceso". Se trata de una película que ofrece una versión distinta de la historia que cuenta cada vez que vuelve a comenzar. Según sus creadores, el método permite multiplicar las versiones de lo que se narra, sin que el guión pierda credibilidad, gracias a un software que genera aleatoriamente situaciones diferentes. Hasta tres millones de combinaciones y desenlaces se pueden alcanzar. Los asistentes al festival pudieron asistir a una exhibición de doce horas en la que se proyectaron ocho versiones distintas de la peli.

Al margen de que quizás resulte curiosa la experiencia, no creo que pase de eso: de la curiosidad. Y lo de los tres millones de películas distintas, pero parecidas, no es más que una monstruosidad aritmética. Para verlas todas haría falta, a ojo de buen cubero, unos trescientos ochenta años sin despegar el ojo de la pantalla. Habría cosas más interesantes que hacer, supongo, en todo ese tiempo en el supuesto de que un moderno Matusalén viviera lo suficiente para intentarlo.

josechela@mojopi.com

 

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