ETIÁN se percató de su error cuando sintió el peso de la luna sobre su hombro aquella medianoche del Sábado. Jerusalem dormía plácidamente, aunque ligeramente perturbada por el tráfico que interrumpía su descanso sabático.
La torre de David emergía como una araucaria sobre las almenas de la Ciudad Vieja, mientras dos vértices sonrojaos ascendían en busca de un nuevo amanecer, todavía lejano en horas, pero que ya se me antoja pretérito y atrapado en mi retina inquieta.
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