HUMBERTO GONAR, Tenerife
"El 11 de marzo de 1848 llegué a Santa Cruz de Tenerife. Pude predicar en La Concepción. Y el día 14 llegué a Las Palmas de Gran Canaria. Las Islas Canarias eran un rincón perdido y olvidado entre las aguas del Atlántico. (?) La isla de Gran Canaria pasaba entonces por uno de los trances más amagos de su historia. Cuando aún no había pasado la horrible pesadilla del hambre, vino la fiebre amarilla a sembrar de lágrimas y luto los rincones de la Isla. La población había quedado diezmada (?). No había sacerdotes que los ayudasen". De esta forma describe Emilio Vicente Mateu el paso de San Antonio María Claret, por Canarias, cuando dentro de poco se cumplirán 160 años de su paso.
Coincidiendo con el bicentenario del nacimiento del santo, que vino al mundo el 23 de diciembre de 1807 en Sallent (Barcelona), el pasado fin de semana se trasladó hasta Canarias Joseph María Abellá, Padre General de los Misioneros Claretianos, quien recorre las huellas de su fundador dentro del año jubilar claretiano. Por este motivo, más allá de concelebrar una solemne función religiosa con sus hermanos en El Pilar, el domingo presidió otra eucaristía en La Concepción, donde predicara el Padre Claret, a quien el ayuntamiento acaba de dar su nombre al pasaje entre las calles de San Clemente y San Lucas, próximo a la logia masónica y la trasera del templo que regentan los claretianos.
Antes de la entrevista ofrecida a EL DÍA , el misionero sorprende a sus interlocutores. En el patio del convento de los Padres Claretianos, donde hace décadas estuviera el colegio de Los Padritos, un estruendo rompe el silencio. Es el Padre General que baja a galope por las escaleras. Sin clériman, ni alzacuellos, ni un trato distante que se le presupone a alguien que está acostumbrado a despachar en Roma con la Unión de Superiores Generales, una "especie de asociación de todos los movimientos religiosos", y del que él forma parte del consejo ejecutivo. "De los doce meses del año paso un total de cuatro en Roma, el resto estoy visitando a las comunidades, las misiones y los hermanos de congregación".
La iglesia, desde Roma
"Desde Roma se ve una Iglesia muy plural, que intenta responder a las necesidades y desafíos donde está situada. En unos lugares se da el diálogo interreligioso, en otros hay que entrar en una cultura muy secularizada, en otros se dan los problemas del hambre, la violencia?", afirma el máximo responsable de los claretianos en la antesala de la reunión que mantendrá este mes el consejo ejecutivo de las órdenes religiosas con el Papa Benedicto XVI y que revisará cómo está la vida religiosa.
"La labor de un superior general tiene dos dimensiones fundamentales: Una, cuidar a los hermanos. Que cada uno pueda vivir su vocación, responder a la llamada de Jesús, ejercer el ministerio para el cual ha sido llamado. Y la otra, mantener vivo el carisma: lo que significó Claret en su tiempo para la Iglesia y para el mundo lo signifique también hoy. No se trata de repetir lo que hizo en ese contexto histórico, pero sí mantener ese fuego misionero". Abellá presenta al Padre Claret como "un personaje del siglo XIX. Se preparó para trabajar en la industria textil, que estaba surgiendo con fuerza en Cataluña y, cuando estudiando en Barcelona, tenía unas propuestas profesionales muy apetitosas, le toca la palabra de Jesús y le interpela sobre de qué sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma. Y le hace pensar en nuevos horizontes: Primero como sacerdote y luego como misionero".
"El mensaje del Padre Claret sigue vigente", explica.
"En un momento de desorientación de la gente opta por predicarle la palabra de Dios, porque cree que es capaz de hacer revivir la experiencia cristiana y motivarles para la reconstrucción del tejido social. Otra opción que tiene muy clara es la popular. Por eso en Canarias se le recuerda como el Padrito que anunciaba la palabra". El general claretiano destaca también la faceta de su fundador de "hacer con otros". "Tiene un proyecto que articula a sacerdotes, religiosos y seglares de fuerte alcance evangelizador".
El Padre Abellá reconoce que ser el general de toda una congregación es una responsabilidad, aunque él prefiere definirlo como "un servicio durante seis años", de los que ya ha cumplido cuatro.
Desde su experiencia reconoce que "la misión en Japón me sirvió para abrirme a nuevos horizontes culturales, nuevos puntos de referencias. Cada contexto te va poniendo preguntas y desafíos".
Preguntado sobre cómo fue su llamada vocacional, el Padre Abellá explica que "me ocurrió como a tantos muchachos de mi edad, cuando se entraba en el Seminario Menor. Tenía el deseo de ser misionero. Mi familia vivía muy cerca de la comunidad que tienen los claretianos en Lleida y por eso fue mi punto de referencia".
"Me llamó la atención la forma de vida de los padres que conocía. Eran acogedores, venían misioneros y nos hablaban de su labor. Tuve la suerte de que mis padres apoyaron decididamente mi vocación", explica el Padre Abellá, el único varón de tres hermanos.
Interpelado sobre cómo se lleva en el ámbito familiar el hecho de tener un hermano que es el general de los claretianos, el misionero asegura que "ellos saben que es un servicio temporal". "Hoy en día, internet y los teléfonos móviles facilitan las comunicaciones", añade mientras se ríe.
Advierte que el proceso de secularización en el que está inmerso España no es uniforme en todo el país. "Es más fuerte de donde yo provengo, caso de Cataluña, que en el sur de España, donde existe una religiosidad popular. Mi opción es personalizar la fe, que tenga incidencia en mi vida. Otro de los retos es la transmisión de la fe, porque la familia ha dejado de ser el ámbito de transmisión de la fe". "Hay que ayudarles a redescubrir el valor de la experiencia religiosa". Con la misma facilidad que reconoce que "estamos en temporada bajísima de vocaciones", asegura que "estamos en temporada alta de vocaciones de laicos que se comprometen en la vida eclesial, en la realización de la Iglesia hacia la sociedad".
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