A LO LARGO de nuestra vida nos encontramos con personas que dejan huella, y hoy quiero dedicarle estas líneas a una en concreto. Dice la coplilla que "algo se muere en el alma cuando un amigo se va", y a mí, estas últimas fechas, una gran pérdida ha dejado tan tocada mi alma, que, aunque el tiempo intente curar la herida, siempre quedará una pequeña rendija por la que seguirá manando efluvios de dolor.
Plácido Alonso era un ser inigualable, una persona única de la que nunca habrá una copia. Su honestidad, honradez y generosidad fueron sus signos externos. Fue querido y admirado por sus compañeros, la Policía Local de Santa Cruz, pero también por los otros cuerpos de seguridad, la Policía Nacional y la Guardia Civil. Tenía amigos de todas las clases, como se demostró plenamente el día de sus exequias, donde no cabía la gente en el tanatorio, ni después en Santa Lastenia.
Sus cualidades eran muy comunes, y a pesar de no ser un hombre de vasta cultura, disponía de un don especial para el mando. Nunca se extralimitó en sus decisiones y solucionó siempre las cosas con buenas palabras. En su jubilación, en 2001 tras cuarenta años de servicio, sus compañeros le hicieron un imborrable homenaje, que se convirtió en una reunión informal que procuraban hacer casi todos los meses en algún guachinche del norte. Asistí a muchas de ellas, y viví en primera persona el aprecio y el respeto que todos le tenían.
Desde esa época formamos, junto con otro amigo, una especie de sociedad basada en la lealtad y la seriedad. Dedicábamos nuestro tiempo a tratar de ganar una perrilla extra que sumar a nuestras pírricas pensiones. Durante la semana estábamos juntos toda la mañana, ellos dos pateaban la calle, mientras yo administraba el papeleo. En muchos centros oficiales donde había que tramitar algún documento, lo que otros tardan semanas en darte, con Plácido lo resolvíamos en el día. La cantidad de anécdotas que podría contar llenaría muchos folios.
Un viernes de hace ahora un poco más de un año, nos despedimos con un apretón de manos y nos deseamos un feliz fin de semana. Plácido dedicaba el domingo a su parranda hacia la Tierra del Trigo, y aunque no solíamos llamarnos, ese día sí descolgué el teléfono. Estaba con un fuerte dolor abdominal, así que sugerí a la familia que lo llevaran a la Residencia, de donde lo devolvieron de urgencias con una pastillita. De madrugada, el dolor era tan intenso que se desplazaron a una clínica privada, y allí lo metieron directamente en quirófano. Tras estabilizarlo, volvieron a mandarlo a la Candelaria para ser operado de urgencias varias veces en las siguientes cuarenta y ocho horas. A partir de ese momento, su situación se convirtió en un infierno con seis o siete operaciones más y un terrible virus de quirófano que al final acabó con su vida. Luchó como un jabato y sólo su corazón respondía, pero fue inútil. No entiendo qué pasa en ese hospital, al que acudes para aliviar un simple uñero y sales en una flamante caja de pino.
Mi querido Plácido ha dejado huérfano a dos amigos y compañeros. Entretenidos en el trabajo, disfrutábamos de su compañía y de su vasta experiencia, pero especialmente de su amistad. Dejó desconsolados a su Matilde, sus hijos, dos nueras muy especiales, nietos, hermanos, familiares y a un sinfín de amigos. Todos sufrimos un inmenso dolor con su ausencia, y esta irreparable pérdida nos ha dejado el alma tan dañada que sólo Dios sabrá cuándo acabará. Descansa en paz querido amigo.
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