En efecto, los dos policías le hallaron de muy mal talante, si bien al hablar con él poco a poco fue recuperando la calma.
-No sirvo para estar quieto -confesó mientras Miranda y Pardo se sentaban en el par de sillas que había en la habitación, que daba al este. Debido a la luminosidad del día podía percibirse con total claridad la isla de Gran Canaria, al otro lado de un mar que, absolutamente en calma, reflejaba el sol como un espejo-. Me pongo a pensar en la obra que estoy haciendo y me desespero. Parece mentira los problemas que un accidente puede ocasionar.
-¿Cómo sucedió?
-¡Qué sé yo! Gracias a que no iba muy deprisa. Me di cuenta de que el coche no frenaba y pude detenerlo rozándolo contra un muro. Si no llega a ser por el airbag no lo cuento. Pero lo que me preocupa ahora es la obra; no sé si están trabajando como yo quiero.
-Si le sirve de alivio -dijo Pardo en un intento de calmar su intranquilidad-, de allí venimos. Aunque no entiendo mucho de construcción, me da la impresión de que va bastante deprisa.
-Eso espero; Lucio es un buen elemento y sabe en el fregado que me he metido... ¿Qué les trae por aquí? -Luego, añadió sonriendo-: No creo que sea para interesarse por mi salud...
Esta vez fue Miranda quien respondió, devolviéndole la sonrisa. Observó que el malhumor de Fresneda, quizá por hallarse acompañado, poco a poco iba desapareciendo:
-Aunque no nos crea, no veníamos con ninguna idea definida. Ya habrá leído en los periódicos las noticias sobre los últimos acontecimientos. Apareció una segunda momia en el mismo puente y está claro que tanto Solís, el contratista de obras, y ese vagabundo, el 'Miserias', estuvieron en contacto con ellas. Incluso hemos comprobado que la tierra del enterramiento es la misma que hay en unos tenis que Solís guardaba en su casa. Eso quiere decir que las momias y los objetos que había allí fueron robados no hace mucho tiempo, lo cual coincide, hasta cierto punto, con la teoría que usted nos apuntó cuando hablamos la última vez. Si, como usted decía, el agua de la riada fue la que pudo dejar expedita la entrada al enterramiento al caer como un surtidor sobre la abertura, alguien tuvo que descubrirla para decidir posteriormente desvalijarla. Sabemos que es improbable, pero se nos ha ocurrido pensar en la posibilidad de que alguna persona supiera con anterioridad lo que había en esa cueva. Nos dijo usted hace poco que había comprado el solar con la idea de hacer usted mismo una promoción, no continuar trabajando para los demás. ¿No es posible que sus antiguos propietarios supiesen lo que había en el subsuelo, y, en este caso, que se lo hayan dicho a alguien?
La pregunta dejó a Fresneda meditabundo. No se había afeitado y tenía los ojos algo hinchados, como si no hubiese dormido bien la noche anterior, pero su mirada mantenía la agudeza del hombre emprendedor y decidido que siempre había sido. Su silencio duró más de lo que parecía normal, haciendo que los dos policías se miraran un poco sorprendidos. El ruido de un reactor que enfilaba la pista del cercano aeropuerto de Los Rodeos pareció sacarlo de su ensimismamiento. Habló entonces con la mirada baja, con aire ausente, y lo hizo como si meditara bien las palabras que decía.
-No, no creo en esa posibilidad... El solar se lo compré hace menos de un año a unos hermanos de La Orotava. Le estaba haciendo a uno de ellos una reforma en su casa cuando su madre, viuda, murió. Querían dividir la herencia y decidieron vender todo lo que pudiese ocasionarles conflictos. Como ustedes sabrán, hasta hace muy poco no se sabía muy bien cómo iban a quedar los márgenes del barranco de Santos. La calle que irá por su cauce no estaba entonces muy definida, y en consecuencia tampoco estaban claras las expropiaciones que tendrían que realizarse para que la vía fuese una realidad. Lo que sí puedo decirles es que antes de decidirme a comprarlo estuve en el solar una docena de veces, midiéndolo para saber cuántas viviendas podrían construirse, trazando sobre el papel las hipotéticas líneas que limitarían la fachada trasera una vez expropiado lo que correspondiera... Para resumir, que llegué conocer el solar palmo a palmo, y puedo asegurarles que no percibí nada que me permitiera imaginar que en su subsuelo había un enterramiento guanche.
Hizo una pausa que Pardo iba a aprovechar para hacerle una pregunta, pero tanto a él como a Miranda les pareció que Fresneda no había terminado su parlamento, así que permanecieron en silencio. En efecto, poco después Fresneda continuó diciendo:
-Realmente, confieso que no pensaba hablar de ello con nadie, pero creo que es mejor que lo sepan: el sábado pasado recibí un anónimo... -Haciendo caso omiso de la expresión de sorpresa que se reflejó en el rostro de sus interlocutores, prosiguió-: Bueno, no exactamente un anónimo. Se trata de una hoja de papel blanco, con unas letras de periódico recortadas y pegadas. Creo que dice 'DEBISTE DEJAR A LOS MUERTOS EN PAZ', o algo parecido. Como es natural no le presté mucha atención, pero estando en el hospital he tenido tiempo para pensar...
Miranda y Pardo se miraron, no repuestos aún de la sorpresa que la declaración de Fresneda les había producido, siendo el último quien al final le preguntó, sopesando igualmente sus palabras:
-¿Está sugiriendo la posibilidad de que alguien haya manipulado los frenos de su coche?
-No he sugerido tal cosa, aunque resulta algo sorprendente puesto que hace poco sufrió una revisión. Además, que me haya quedado sin frenos precisamente después de recibir ese papel... Eso, al menos, es lo que se me ha ocurrido pensar estos días...
-¿No tiene usted garaje?
-No. Vivo en La Laguna, en una casa antigua, en la calle San Agustín. Suelo dejar el coche en la calle, por los alrededores.
-¿Ha hablado del asunto con alguien?
-No, ni siquiera pensaba comentárselo a mi mujer. Menos aún a ustedes, pero hace un momento me preguntaba por qué no iba a hacerlo. Después de todo, me gustaría saber por qué piensa el que me envió ese... mensaje, vamos a llamarlo así, que yo tengo la culpa de que el enterramiento se haya descubierto. Lo único que he hecho, como cualquier contratista, es comenzar una excavación para hacer una obra, y comunicar a las autoridades correspondientes el hallazgo que se realizó. Culparme de eso me parece absurdo.
-¿Guardó el mensaje?
-Sí. Pensaba tirarlo a la basura, pero al final lo guardé en la guantera del coche; supongo que allí continuará.
-Nos gustaría echarle un vistazo -dijo Pardo-. ¿Sabe dónde está su coche ahora?
-Dije que lo dejaran en el taller de la Mercedes hasta que yo abandone el hospital. Tendré que decidir si lo arreglo o adquiero otro. Tampoco es éste el momento para comprar uno nuevo, pero ¡qué le voy a hacer!.
-No le importa que vayamos a verlo, ¿verdad?
-No, no, en absoluto... Incluso podrían hacerme un favor: díganle al encargado que se lo entregue al chapista para reparar todos los desperfectos; siempre me saldrá más barato.
El taller de la Mercedes Benz se hallaba poco menos que enfrente del hospital, en el polígono industrial de Los Majuelos, sólo que al otro lado de la autopista; tardaron apenas quince minutos en llegar hasta allí. Preguntaron por el encargado y les dijeron que había salido a probar un coche, por cuyo motivo estuvieron casi media hora recorriendo el salón de exposiciones. Se exponían en él los últimos modelos, y ante sus precios estuvieron bromeando entre sí y analizando las posibilidades que, como inspectores de policía, tendrían de poseer un día alguno de aquellos sofisticados vehículos. Al fin, cuando el encargado de los talleres apareció y le dijeron el motivo de la visita, durante unos instantes permaneció con la mirada ausente, preocupado quizá por otros problemas que sin duda su trabajo le producía. Luego, volvió a la realidad y les sonrió.
-Ah, sí, ya sé... el coche del señor Fresneda -dijo mientras les abría el paso para conducirlos hasta el taller de chapa-. Perdónenme pero no sabía de qué coche me estaban hablando. El señor Fresneda es cliente nuestro, aunque viene sólo para las revisiones periódicas, cambios de aceite, etc. Estamos esperando que salga del hospital y venga a vernos para que decida si se lo arreglamos o no.
-Precisamente acabamos de estar con él y nos pidió que le diéramos a conocer su conformidad.
Era un modelo 240 matriculado años atrás, pero en perfecto estado de conservación. De color gris oscuro, destacaba el brillo de su carrocería, los neumáticos nuevos y las llantas de aluminio; hasta la estrella de tres puntas símbolo del fabricante despedía destellos, como un brillante. Sin embargo, el lado derecho ofrecía un estado lamentable. La violencia del choque había hundido las dos puertas, así como los guardabarros trasero y delantero. Después de inspeccionarlo minuciosamente bajo la mirada atenta del encargado, Pardo le preguntó:
-¿Ha revisado el circuito de frenos? Nos dijo Fresneda que le habían fallado.
La cara del encargado reflejó su sorpresa y estuvo unos instantes sin responderles. Luego, frunciendo el ceño preguntó:
-¿Les dijo eso él mismo?
-Sí, por supuesto, hace apenas una hora. Por cierto, creo que le darán el alta mañana.
El encargado hizo un gesto de incredulidad mientras meneaba la cabeza, y dijo:
-No, la verdad es que no lo hemos revisado. Ignoraba cómo sucedió el accidente porque el de la grúa se limitó a traer el coche, sin más explicaciones, siguiendo instrucciones de la policía. De todos modos, me extraña que haya sido por culpa de los frenos. Somos muy escrupulosos con los vehículos que revisamos, y puedo asegurarles que el del señor Fresneda lo revisamos hace exactamente cincuenta y tres días. Se lo digo porque miré su ficha cuando lo trajeron.
El talante seguro del encargado hizo que los dos policías se miraran, dudando de lo que Fresneda les había dado a entender. No obstante, Miranda le preguntó:
-¿Por qué no le dice a uno de sus operarios que lo compruebe? Nos gustaría marcharnos sabiendo con certeza que lo que nos dijo el señor Fresneda es verdad o no. Ah, por cierto, nos autorizó a coger un sobre que se halla en la guantera.
Mientras el encargado iba en busca de un mecánico Miranda abrió la guantera y, después de revolver en su interior durante unos instantes, sacó el sobre que Fresneda les había indicado. Lo abrió y, tras cogerlo con un pañuelo, extrajo el papel que contenía. Al leer su texto, comprobaron que era exactamente el mismo que el contratista les había indicado. Las letras, todas mayúsculas, conformaban las palabras sin seguir un patrón; habían sido recortadas de diferentes titulares y alineadas con cierto desorden. En cuanto al papel, se trataba de un folio blanco imposible de rastrear.
-Habrá que llevarlo al laboratorio para ver si hay huellas dactilares -observó-; aunque no lo creo.
-Tampoco yo lo creo -dijo su compañero-. Seguro que pegó las letras protegiéndose con unos guantes.
Llegó en ese momento el encargado acompañado de un mecánico. Este, informado ya de lo que los policías querían, encendió una linterna que llevaba consigo y se introdujo resueltamente debajo del coche sin decir nada. Durante un par de minutos los otros tres observaron en silencio sus piernas a la espera de algún comentario, pero ante su silencio el encargado no pudo reprimir su curiosidad y preguntó:
-¿Qué pasa, Juan? ¿Ves algo raro?
-No sé qué decirle, don Matías -respondió el mecánico después de unos instantes-. ¿Por qué no lo ve usted mismo?
Tras mirar a los dos policías frunciendo el ceño, don Matías se echó en el suelo boca arriba y segundos después se colocó junto a su subordinado. Pardo y Miranda los oyeron hablar en voz baja mientras oscilaba el resplandor de la linterna. Cuando poco después ambos abandonaron su incómoda posición y se incorporaron, el rostro de don Matías reflejaba claramente cuál iba a ser su dictamen.
-En efecto, tenían ustedes razón -les dijo con gesto preocupado-: han aflojado una gomilla de los frenos delanteros. No sé cómo pudo llegar hasta el lugar del accidente.
La noticia no sorprendió a los policías. Su intuición, la experiencia adquirida a lo largo de los años, permitieron que vislumbraran aquella posibilidad desde que Fresneda les apuntara las circunstancias del accidente.
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