YITZHAK RABIN forma parte de la historia universal y del pueblo de Israel. Ahora que se cumplen doce años de la ausencia física de uno de los artífices del proceso de paz en Oriente Medio y que mereció el premio Nobel, su espíritu vive en cada flor de olivo, y su recuerdo será como el aire fresco del otoño y los pétalos de azahar en primavera. Soldado y estadista, fue una promesa cumplida de apuesta por la paz, pero truncada por la condición humana más baja y deleznable, porque nadie tiene derecho a apropiarse del futuro de otros apartándolo de la faz de la tierra. Aquel militar que entraba victorioso en la margen oriental de Jerusalem durante la guerra de los Seis Días de 1967 abrazado a un Sefer Tora (Rollo de la Torá), tras restablecer la soberanía de Israel en la ciudad tres veces santa, fue capaz de soportar enormes sacrificios y concesiones en aras de una convivencia pacífica con los vecinos árabes. Su trágica muerte el 4 de noviembre de 1995 fue una bofetada a todo lo que representa el judaísmo, la preservación de la vida judía por encima de todo. Un judío que derrama sangre judía. Algo espantoso y terrible, pero también un motivo para la reflexión, porque la palabra que ofende y avergüenza puede ser tan mortal como la daga o la bala que cercena el aliento. Desgraciadamente, el verbo se había anticipado al disparo certero y traidor que esa noche de mozaei Shabat, al término del descanso semanal, en medio del regocijo propagandístico electoral de aquellos días, puso fin su vida. Una muerte anunciada que nadie supo detener. ¿Acaso se puede detener ese momento fatídico? Posiblemente, la tolerancia o el amor pueden salvar muchas vidas, incluso, posiblemente, la de él también. Pero ya era demasiado tarde aquella fresca noche de otoño de Tel Aviv.
Hoy me pregunto qué pudo haber fallado en la formación humana y religiosa de Ygal Amir, que cursaba estudios superiores en una prestigiosa universidad. ¿Dónde está el error? ¿Quién pudo dar cobijo a tanta locura concentrada en la idea de matar hasta el extremo de comprometer al resto de la comunidad?
Cada uno de nuestros actos repercute en nuestro prójimo, somos responsables subsidiarios de todo lo bueno o malo que hagamos. También se me ocurre cavilar sobre los entresijos de una muerte anunciada, sobre las posibles fisuras de un sistema de seguridad desgastado por los frentes excesivos e inabarcables en la lucha contra el terror.
*Redactor de EL DÍA
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD