SUPONGO que hay tantas razones para explicar la elevada tasa de rupturas matrimoniales, con Canarias a la cabeza de la clasificación -solemos ser los primeros en asuntos ingratos: desempleo, fracaso escolar, listas de espera, salarios bajos, etcétera-, como expertos dispuestos a dar su opinión en cualquier emisora de radio, televisión o artículo de prensa distinto a este que leen ustedes. La psicología me parece una ciencia interesante, y la sociología acaso más, aunque no me tengo por erudito en ninguna. Carencia intelectual que no me impide opinar al respecto como buenamente pueda, y salir del paso.
Podría empezar, sin ir más lejos, por subrayar que en los tiempos actuales la mujer goza de más independencia merced a una, igualmente, mayor integración en la actividad laboral y profesional. Pero eso ya está dicho, escrito y hasta impreso en libros de texto; los de verdad, no los redactados por acólitos de Zapatero para impartir la educación ciudadana. Esa mayor independencia de la mujer influye, sin duda que sí, aunque no es la única causa.
Si le preguntase a cierto parlanchín, seguramente diría que este dislate no se debe a que el anterior ministro de Justicia estableció el divorcio rápido, sino a que la sociedad española está enferma. Dolencia con diversas facetas, desde luego. Una de ellas precisamente la incapacidad de las parejas para seguir unidas, al menos sobre el papel, más allá de esos quince años fijados por la estadística como duración media de los matrimonios españoles. Guarismo que se me antoja un tanto exagerado en el caso de los jóvenes, considerando el elevado número de parejas que se deshacen sin que haya transcurrido un año desde que se prometieron amor eterno ante un altar, en el salón noble de un ayuntamiento decorado para la ceremonia con flores horteras, o simplemente en la sala de audiencias de un juzgado donde, a lo peor, cinco minutos antes han sentenciado a un reo por malos tratos domésticos, o incluso por violación. Hace poco presencié cómo sacaban de un juzgado a dos chorizos esposados, mientras una pareja de bisoños recién casados se hacía la foto bajo la inevitable lluvia de arroz. A los lajas les hizo gracia la escena y quisieron posar en la foto, pero los policías no estaban por la labor y los metieron a empellones en el coche celular. La España del talante ha elevado su cuota de esperpento a cotas inimaginables.
Conviene, en cualquier caso, no caer por el barranco del tremendismo. La sociedad no está enferma porque las parejas sucumban ahora más que antes. Aunque quizá sería más exacto precisar que ahora esas rupturas se materializan con menos impedimentos. En este sentido, lo único que ha hecho López Aguilar es facilitar los trámites legales. La gente no se divorcia simplemente porque le cueste menos hacerlo.
Intuyo que la razón última es que, hoy en día, lo caduco se impone a lo duradero. Si cambiamos de móvil, de coche, de vestimenta y hasta de peinado cada cierto tiempo, ¿por qué permanecer años y años con la misma señora o idéntico señor? El error está en que una persona no es -no debe ser- una prenda de vestir o un mero pañuelo de papel, que se usa y se tira.
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