A estas alturas de la semana, casi nadie ignora la frase del Rey en la Cumbre Iberoamericana, haciendo callar al irrespetuoso Hugo Chávez, que persistía en interrumpir las palabras del presidente Zapatero; aunque tal vez conozcan menos la segunda parte, referente al porqué Su Majestad se levantó con posterioridad de su asiento, como señal de protesta ante las acusaciones del mandatario nicaragüense Daniel Ortega, referidas a los empresarios y empresas españolas establecidas en su país. Su notorio abandono, para desánimo de la anfitriona chilena Bachelet, sirvió para reconducir un tanto el vendaval de acusaciones contra España y en el que un excesivamente moderado presidente español no supo defender con la suficiente contundencia; tal vez por ese supuesto ambiente cordial que mantiene con los nuevos salvapatrias de Sudamérica, empezando por el alumno preferido de Fidel Castro, sembrador de petróleo gratuito a Cuba y renovado presidente electo de Venezuela; pasando por el nicaragüense Ortega, el ecuatoriano Rafael Correa y el boliviano Evo Morales.
El actual mandatario venezolano, incalificable orador dominical de interminables diatribas, quiere emular a su ídolo aún vivo, el comandante Fidel, y ser para la historia venidera el nuevo Libertador de América. Llegado a este instante, me pregunto qué pensarían muchos venezolanos si supieran que su histórico ídolo traicionó al propio Francisco de Miranda, entregándolo para congraciarse con las fuerzas realistas españolas, mandadas nada más y nada menos que por Domingo de Monteverde y Rivas, un tinerfeño, nacido en La Laguna, que a lo largo de su vida combatió también a Nelson y Napoleón. Imagino que tampoco sabrán, porque no lo mencionan en los colegios, que como premio a su lealtad renunció a toda injerencia contra España a cambio de un salvoconducto para Curazao y desde allí retornar a la Europa que ya visitó largamente durante su juventud. Sin embargo, su entreguismo se vio alterado al saber que se le habían incautado todos sus bienes en nombre del Consejo de Regencia, de forma que, despechado, incumplió su palabra y huyó a Cartagena de Indias en busca de simpatizantes para la causa independentista. Mas, pese a lo citado, sería absurdo, cuando no imposible, comparar a este héroe independentista con el llanero de Barinas, que, como dijo Uslar Pietri, siembra petróleo a mansalva para acallar las voces divergentes de los restantes estados afines y reconducir supuestamente la pobreza mayoritaria de los habitantes venezolanos, y de los que no lo son pero que están ilegalmente establecidos en los ranchitos de las colinas y pescan en el oleaginoso lago de Maracaibo. Verdadero protagonista de su superávit económico y factor de su emprendida reforma social, a la que no le vaticinamos futuro mientras mantenga tercamente su política contra el empresariado, auténtico motor del tejido productivo del país.
Sin ir más lejos y para acrecentar la tirantez diplomática, cuando escribo leo que ha amenazado a los empresarios españoles allí establecidos, diciéndoles "que van a tener que rendirle cuentas y que va a meter el ojo en lo que están haciendo en su país". Todo un ejercicio de prepotencia, habida cuenta que el establecimiento comercial supone una negociación previa de alto nivel, sin el cual nada podría hacerse. El que ahora contradiga sus anteriores acuerdos desdice su equilibrio mental, ahora ebrio de populismo por sus generosas dádivas a la clase menos favorecida del país, que prefiere recibir antes que aprender a producir para ser autosuficiente. Algo similar a lo que ocurre con las ayudas europeas a los estados africanos, cuando decimos que no hay que darles eternamente el pescado sino la caña para que aprendan a pescarlo.
Nada hace vaticinar que nuestra política exterior vaya a consolidarse, si partimos de los permanentes tropiezos producidos a lo largo de los mandatos socialistas, sino también las de la etapa aznarista con el ya conocido Pacto de las Azores y el sospechoso acento tejano que improvisó el ahora presidente honorario del PP cuando le interrogaron los periodistas internacionales respecto a la posibilidad de guerra o paz en Irak. Bueno es arrimar el cuerpo a la estufa más confortable, pero en política es mejor siempre poner una vela a Dios y otra al Diablo; sobre todo cuando éste es dueño de la bolsa de oro negro. La precipitación del Gobierno de Aznar en reconocer la presidencia fugaz del golpista Pedro Carmona (Chávez también lo fue diez años antes) en 2002 ha traído estos lodos de la trifulca verbal en la Cumbre Iberoamericana por un crecido parlanchín que (pese a que sus comparaciones fueran obvias) no supo respetar el protocolo establecido, como tampoco ha sabido callar posteriormente en sus encendidas declaraciones a la prensa nacional e internacional.
Hablar de si el exabrupto del monarca fue correcto, políticamente tal vez no, pero moralmente estaba obligado a respetar la figura del ausente Aznar, salpimentar la deslavazada respuesta de Zapatero y guardar el honor de todo el pueblo español al que representa. Por tanto, en nuestro fuero interno hay que reconocer que nos hemos sentido complacidos por la actitud de nuestro Rey, que por una vez ha dejado ese sentido profesional que tanto alaba en su esposa, la Reina, para poner en su sitio a un histriónico que desconoce por completo las buenas formas, tal vez por el hábito adquirido en sus ya citados interminables monólogos televisivos, mientras amordaza a las cadenas antagonistas y sanciona a los periodistas que se atreven a criticarlo abiertamente. Y a todo esto, para rizar el rizo, va a intentar (y lo va a conseguir con la ayuda de sus menesterosos) perpetuarse en el poder "democrático" alterando la propia Constitución. Cuán lejano estará entonces del Bolívar que dice admirar y qué cercano estará también del mortecino dictador cubano al que va a emular a toda costa. Siempre y cuando su "Patria, socialismo o muerte" siga anegada de petróleo a 100 dólares el barril, para los enemigos, y gratuito para acallar a los denominados "bozales de arepas", que es como los propios venezolanos nominan a las voluntades que se silencian con dinero o en especie.
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