Criterios
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
LO ÚLTIMO:

COMENTARIO NACIONAL ANTONIO PAPELL

¿Por qué no nos callamos?

20/nov/07 07:34
Compartir
Edición impresa .

POR RAZONES sin duda complejas y que quizá comprenderemos mejor dentro de algún tiempo, esta legislatura ha sido, está siendo todavía, bronca y desabrida, mucho más desnortada y convulsa que todas las anteriores. En este cuatrienio a punto de agotarse, han saltado por los aires consensos que se habían mantenido más o menos afianzados desde la etapa constituyente, se han cruzado fronteras en el ejercicio de la crítica que nunca antes se traspasaron y se han traído al debate tabernario cuestiones que nunca debieron haber salido de los territorios más discretos del cuerpo social. Varias instituciones están debilitadas, algunas viejas certidumbres se han cargado de dudas y se advierte un desapego general hacia la política, que es particularmente preocupante en algún caso: la irritación que experimenta la sociedad catalana por la sinrazón que ha presenciado en el ámbito público prácticamente desde las elecciones autonómicas del 2003 está plenamente justificada.

Y tampoco el Monarca ha podido abstraerse de este clima insalubre, como si también le hubiera alcanzado alguna maldición superior y trascendente que a todos nos ha abarcado. Y en estas postrimerías del cuatrienio, la Corona se ha encontrado súbitamente en medio de una colosal y multifronte polémica. Primero fueron las actuaciones judiciales intempestivas contra los caricaturistas de "El Jueves"; después, la quema de fotografías por grupos radicales catalanes, como un elemento más del complejo malestar; más tarde, se filtraba a la prensa el contenido de una agria conversación entre el monarca y la presidenta de la Comunidad de Madrid que versaba sobre el desgaste a que la COPE, la cadena de la Conferencia Episcopal, somete a la Corona; con posterioridad, la visita regia a Ceuta y Melilla, en medio de las protestas marroquíes, volvía a generar indirectamente polémica en torno al Rey; por último, el exabrupto de don Juan Carlos contra el espadón Chávez, golpista indultado y ahora prócer de la más falsaria democracia, ha dado la vuelta al mundo y, aunque ha satisfecho a casi todos -cuando menos en el fuero interno de cada cual-, ha vuelto a plantear descarnadamente la vieja cuestión monárquica, no con la beligerancia de otras etapas prerrevolucionarias pero sí con alguna inquietante impertinencia. Y por si fuera poca tanta visibilidad de la Monarquía, hace unos pocos días nos hemos desayunado con la humanísima noticia de que la Infanta primogénita se separaba de su consorte, un asunto obviamente privado pero que, en una institución basada en la genealogía, no puede pasar inadvertida.

En los primeros años del desarrollo democrático, brillantes intelectuales -Ollero, Sánchez Agesta, Peces-Barba, Herrero de Miñón, Tusell- explicaron pedagógicamente el papel discreto de la Corona, cuya función simbólica reconocida por la Constitución ha de mantenerse velada y semioculta para no turbar el misterio que le confiere sus ribetes un tanto mágicos, irracionales, que están en la esencia de la institución, como están asimismo en la noción más profunda del Estado. De hecho, las viejas monarquías son capaces de resolver de vez en vez una crisis histórica -así el monarca danés al personificar, en 1940, la resistencia contra la invasión nazi-, y son el último instrumento estabilizador en casos de crisis nacional -Isabel de Inglaterra, en 1956, salva la grave situación interior producida por Suez, sustituyendo a Eden y nombrando a McMillan; y ahora mismo, el rey de los belgas está tratando de impedir la fractura de su propio reino-, pero no es ni prudente ni saludable que la Corona esté todos los días en la bronca de la cotidianidad, en vez de dedicarse apaciblemente a colmar las espaciadas reclamaciones institucionales que le formula la rutina del proceso político y a las funciones protocolarias y de lubricación social que le son propias.

En estas circunstancias, se han prodigado los análisis sobre la circunstancia regia, lo que ha contribuido evidentemente a exacerbar la visibilidad ya exagerada de la institución. Y aunque han primado las visiones positivas en el conjunto de los juicios emitidos, en algún caso han faltado el rigor y el discernimiento. Así, Santos Juliá, inesperadamente, presagia una decadencia irremisible -"ha dado de sí todo lo que podía"- porque lo que habría ocurrido realmente es el desvanecimiento del "aura mítica" que rodea a la Corona. No parece que todo sea tan sencillo. Ni que pueda desvincularse este supuesto desgaste del elemento taumatúrgico que protegía al Rey, de la agresión acerada y explícita de sectores radicales -independentistas antisistema y elementos de extrema derecha- que han disparado contra la silueta regia por apuntar al corazón del Estado.

Si bien se mira y bien se ve, el Rey no se ha separado un ápice de la función constitucional que tiene encomendada: su papel representativo, refrendado por el Gobierno, ha sido desempeñado con la soltura habitual en las plazas africanas y en la fallida reunión latinoamericana. Lo demás ha sido sobreprotección o malquerencia. Y quizá convendría que nos calláramos todos durante algún tiempo para tomar aire y reflexionar mientras el jefe del Estado regresa a los parajes cenitales del Estado, dispuesto a ejercer discretísimamente su simbólica misión y a permanecer en la clave del arco constitucional.

 Última hora:

 Últimas galerías:

PUBLICIDAD

Cargando...

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Portada > Criterios

© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD

eldia.es Dirección web de la noticia: