1.- La condición que puso Afrodita para invitarme a su fiesta de Lisboa fue que no se lo contara a nadie antes de la celebración. Afrodita, hija de un diplomático francés, recién divorciada a los 40 años, celebraba su vuelta a la vida tras casi veinte años de infierno matrimonial. Y reunió en su casa del barrio rico de la ciudad, muy cerca del Hotel da Lapa, a un selecto grupo de amigos, entre los cuales, extrañamente, estaba yo. Cumplí al pie de la letra la recomendación de mi amiga, que me envió los billetes de avión en primera clase y me alojó en su casa, a cuerpo de rey. Hube de comprarme un traje en Madrid, pues no llevaba terno que ponerme y los portugueses -y también los franceses- son muy suyos a la hora de fijarse en la vestimenta. La fiesta resultó deslumbrante, propia de las Mil y Una Noches; y se cantaron fados hasta el amanecer. El fado tiene un puntito de desafino que atrae. Todos los que estaban allí eran ricos menos yo, lo que me daba un aire ciertamente exótico, aunque nadie supiera a ciencia cierta de mis escasos posibles, porque el traje era bueno.
2.- Afrodita se dirigió a los presentes, a través de micrófono y altavoces, advirtiendo de su libertad reciente y poniéndose a nuestra disposición, pero ni una sola vez me miró, lo cual hizo que yo mismo me excluyera de cualquier posibilidad de futuro, en beneficio de portugueses y franceses y españoles más jóvenes, llenos de rizos en el cuello y mucha gomina. Me parecían todos ellos rejoneadores de reses bravas, montados en briosos corceles, que relinchaban a la luz de la luna lisboeta, mientras en el cielo se quemaban fuegos artificiales, los últimos en forma de corazón.
3.- La ciudad antigua y señorial se rindió, desde su barrio más diplomático y distinguido, a las esencias de la celebración. Yo le llevé a mi amiga un mantón de Manila, bordado en la calle de las Sierpes de Sevilla, que desprendía colores enigmáticos y olores a azahares viejos. Según ella, fue el mejor obsequio de la noche, pero esto mismo se lo diría a todos. Me prohibió que hiciera una crónica social de su fiesta, pero yo me negué. Para una vez que me invitan los aristócratas a un acto de los suyos no iba a dejar de contarlo. Afrodita acabó la noche tirándome sobre traje nuevo el contenido de una botella de champagne Crystal. Cuando desperté, todo aquello se me antojaba un sueño, pero me asomé al patio de la casa de mi amiga y vi a los criados recogiendo los restos del naufragio. Me metí en la cama de nuevo, esperando a alguien que nunca llegó. Realmente fue un sueño, porque miré por la ventana y estaba en La Orotava, muerto de frío, tan solo como siempre.
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