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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Regar y cortar

11/dic/07 01:25
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Cuentan, porque siempre hay mucha gente contando cosas por ahí, que una vez llegó a Inglaterra un gringo adinerado. "¿Qué hacen ustedes para tener un césped tan verde, tan bien conservado?", preguntó. "Regarlo y cortarlo", fue la flemática respuesta del noble súbdito de su graciosa majestad. "Tiene que haber algo más. Eso mismo lo hacemos nosotros y no tenemos la hierba en tan buenas condiciones". "Sí, pero ustedes no llevan quinientos años cortándolo y regándolo".

Ciertamente algunas cosas, y no sólo los buenos vinos, requieren su tiempo de maduración. Verbigracia, las relaciones internacionales. Me gustan tanto los británicos como comerme las suelas de los zapatos. Pero los admiro. Detesto su autosuficiencia, aunque sucumbo a ella. Me repatea su altivez, mas no me queda otro remedio que admitirla con asombro. Son un pueblo algo bárbaro; a lo peor bastante golfo, si se me permite el paso al límite, si bien siempre saben lo que quieren y, quizá lo más importante, dónde y con quién desean estar. No pudo con ellos la Gran Armada de Felipe II -bautizada por los anglos, en son de burla, como la Invencible-, ni lo logró Napoleón, ni lo consiguió Hitler. El hecho es que a los ingleses no los salva sólo su insularidad. Más importante ha sido para ellos saber decir no cuando hay que decir no. Por eso no se han sentando con Robert Mugabe en ese foro-falacia organizado por Europa para no sentirse tan culpable ante el drama africano. Y para que los africanos puedan acusar a los europeos de lo que originan, en buena medida, ellos mismos. Aunque con esta última frase me salgo de lo políticamente correcto. De lo políticamente correcto, pero no de la realidad. Y como para muestra basta un botón, ahí tenemos el caso de Zimbabwe. Hasta no hace mucho uno de los países más prósperos del continente negro, convertido ahora en territorio de ruina y terror por culpa del déspota que lo dirige.

Frente a esa actitud británica de no transigir con la tiranía tenemos la sumisión de Zapatero. El presidente español acude raudo a cualquier lugar donde lo sigan recibiendo, porque es lo único que le queda. Reuniones en las que no se atreve a levantar la voz, no sea que le envíen una partida adicional de inmigrantes clandestinos por paquete postal y pago contrarreembolso. Sobra decir que mientras los mandatarios lucubraban en la capital portuguesa, seguían arribando cayucos con muertos a bordo. Otra faceta, acaso la más dramática pero no la única, de la tragedia que padecen millones de personas.

Ayudas que se quedan por el camino, ilusiones de desarrollo imposibles de cumplir -para que todos los seres humanos tengan el mismo nivel de vida que los norteamericanos, serían necesarios los recursos de cuatro planetas-, sátrapas que viven opíparamente mientras sus gobernados pasan hambre, leyes proteccionistas que impiden a los países subdesarrollados hacer lo único que pueden hacer -plantar y vender lo que cosechan-, y muchos más despropósitos, dejémoslo sólo en eso, a los que nadie pone fin porque es más fácil dar limosna a los menesterosos, que ser uno menos rico para que los pobres sean menos pobres. Verdaderamente, había más de una razón para no sentarse en Lisboa. Salvo en un café de la Baixa, claro.

rpeyt@yahoo.es

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