ESTOS DÍAS PASADOS ha sido objeto de comentario en los círculos deportivos el incidente -que no sé tampoco si llegó siquiera a incidente, sino simplemente a comidilla- protagonizado por los presidentes del Real Madrid y Barcelona, Calderón y Laporta, respectivamente. Parece ser que el presidente madrileño se permitió aplaudir el único gol conseguido por su equipo, y aquello, por lo visto, lo consideró el catalán como una ofensa, y al final lo dejó solo en su escaño.
¿Cómo puede ser una ofensa para el equipo contrario el que el presidente de un club aplauda un gol conseguido por su "team" por muy cerca que esté", ese presidente que se considera ofendido? No ya en este caso, sino en cualquier circunstancia, siempre he considerado que invitar al presidente de cualquier conjunto a que vea el partido junto a su butaca es someter al invitado a una tortura. No se puede mover, no puede tener expresión en la cara, aunque el conjunto que preside haga las mayores maravillas sobre el césped; no sea que se mosquee el presidente del equipo propietario del terreno. En fin, no puede pestañear y estar atento a lo que pueda imaginarse el presidente invitante.
¿Es eso una invitación? Yo creo que no, que más bien lo que resulta es un secuestro. Un secuestro al que uno se somete voluntariamente, que es la diferencia. A usted lo invitan a estar en aquel estadio y en un sitio de honor, pero sin moverse; peor todavía, sin pensar y expresar sus pensamientos.
No sé cómo todavía hay presidentes que se someten a tales torturas. Prometo que si algún día llego a presidente de una entidad futbolística, que no lo creo, si alguna vez voy a ver un partido de mi equipo en campo contrario, compro la peor grada, donde pueda gritar y estirarme de felicidad o de risa.
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