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LA BUENA UVA JOSÉ H. CHELA

Y las de esta noche

31/dic/07 07:24
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ME REFIERO A LAS UVAS. Que están aquí cada día, cotidianamente, ahí arriba y hasta pintadas, en el antetítulo de esta columnilla de mis preocupaciones y divertimentos. Pero, hoy, esta noche, cuando se acerque mañana y, con mañana, el año nuevo, habrá una docena delante de cada comensal en la cena siempre esperada y por lo común alegre de San Silvestre. Seguramente envueltas en una bolsita de celofán, atada con una cinta del mismo material.

Son las uvas de la suerte, dicen. Y hay quien se preocupa por su fortuna futura cuando se atraganta con ellas y no es capaz de tragarlas al ritmo al que suenan las campanadas que a base de doce golpes sonoros envían al año terminal hacia el otro lado de la frontera de la memoria y los recuerdos. Si no quiere que le pase eso -atragantarse, digo- lo mejor es que compre la fruta ya pelada. La venden en pequeños y atractivos botes, en la cantidad exacta, y las cobran como si fuesen, en vez de granos de vid, pepitas de oro. Pero, todo sea por la superstición.

Una superstición, por cierto, reciente. Lo de las doce uvas de la suerte -y no es la primera vez que lo cuento aquí- es una tradición puramente española que ni siquiera cuenta con la vejez necesaria para ser tenida en cuenta por los auténticos supersticiosos. O sea, los supersticiosos serios. La costumbre, aunque arraigada y ya desarraigable, no cuenta ni con un siglo de antigüedad siquiera. La primera vez que se tomaron esas doce uvas de fin de año fue en 1909, cuando los agricultores de Alicante se encontraron con unos excedentes de esta fruta verdaderamente exagerados y desazonadores. No sabían qué hacer con ellos y a alguien (verdaderamente dotado para el márquetin) se le ocurrió propagar la idea de que acompañar las campanadas de las doce del último día del año con otras tantas lágrimas dulces de los viñedos era una manera garantizada de asegurarse la prosperidad, la felicidad y la salud para los tiempos venideros. Sin que existiese por aquel entonces tanto poder mediático como hoy ni las posibilidades de difusión de las boberías como en la actualidad, la propuesta publicitaria se extendió con éxito y se convirtió en hábito ineludible de estas festividades. Prodigioso, oigan.

Por cierto. Nuestros hoteleros suelen poner el paquetito de las doce uvas en las mesas de las cenas de Fin de Año que se celebran en sus establecimientos. Pero, rara vez explican a los huéspedes foráneos para qué se las ponen y en qué consiste la ceremonia. De modo que yo he visto cómo algunos comensales se toman el contenido de la bolsita en plan aperitivo, antes incluso de que llegue el primer plato. Ya he dicho que se trata de una costumbre en la práctica exclusivamente española y un sueco o una escocesa no tienen por qué conocerla. No estaría de más informar al personal, antes de llegar al comedor, tal vez, sobre un ritual que, a pesar de todo lo dicho, resulta divertido y tiene su aquel.

Ah. Y feliz año nuevo, faltaría más.

josechela@mojopi.com

 

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