Criterios

FERNANDO JÁUREGUI

Síndrome del fin del mundo

10/may/12 01:18
Edición impresa .

EN OCASIONES, da la impresión de que los españoles tenemos una especie de síndrome del fin del mundo. Casi como una repetición de aquel desaliento colectivo que, en 1898, llevó a lo mejor de la intelectualidad a bucear en el quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde nos vamos a despeñar. Con el poder ejecutivo tocado (véase la última encuesta del CIS), la oposición, ídem, el legislativo como ausente y el judicial -la que se ha armado con la denuncia de un miembro del Consejo al presidente, Carlos Dívar- excesivamente presente en los titulares, no me extraña esa sensación de orfandad que ahora nos invade. Máxime cuando hay desaprensivos que incluso pretenden chantajear a la Corona para evitar que los condenen a penas de prisión.

Todo salta por los aires: gestores bancarios acreditados -y las propias entidades, también-; los medios de comunicación, asomados al abismo de una crisis que no es solamente económica; el peso de España en el exterior -Europa, Iberoamérica- en franco declive. Y los pactos entre las fuerzas políticas cada vez más lejos. Incluso ha estallado el que mantenían los socialistas y los "populares" vascos, que era, para mí, una de las escasas fuentes de alegría política de los últimos meses: está allanado el camino para un pacto, ante las elecciones autonómicas, entre los nacionalistas y los independentistas de Euskadi.

¿Cómo decirlo de nuevo? El divorcio, reflejado perfectamente en los sondeos, en las opiniones de los oyentes radiofónicos o en las cartas a los directores de los periódicos, entre los representantes de la ciudadanía y la propia ciudadanía es más sonoro cada día que pasa. No andamos ahora muy sobrados de intelectuales, me temo, pero estoy seguro de que, como en el 98, ellos están, como lo estamos los transeúntes normales y corrientes, alarmados: hemos perdido voz propia ante la UE, ignoramos, a estas alturas, lo que ocurrirá con la próxima "cumbre" iberoamericana, se desprestigia al Rey y al máximo representante de la Justicia, un 73 por ciento de los consultados dicen tener escasa confianza en el presidente del Gobierno -del líder de la oposición ya ni hablamos-, la desafección al Estado en Cataluña y en el País Vasco parece incrementarse. Y, claro, todos tenemos la sensación de ser un cuarenta por ciento más pobres que hace cuatro años. Todo eso, sin mencionar al ejército de desempleados que crece de mes en mes.

Quisiera mantener mi habitual optimismo, pero me resulta cada día más complicado hacerlo. Por supuesto que me disgusta hacer esta recopilación de los males que nos agobian, pero creo que es lo mismo que están haciendo todos los españoles: lamerse las heridas. Algún día alguien se decidirá a enviar una carta colectiva, firmada por millones de todos nosotros, pidiendo a nuestros representantes un giro radical en su forma de conducirnos. Antes de que descarrilemos, porque, en ese caso, ¿qué?

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