Santa Cruz de Tenerife
DIARIO DE UN LECTOR DE PERIÓDICOS JUAN CRUZ RUIZ

Por qué no fui comunista, pero les ayudé

12/ago/17 6:19 AM
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Es muy fácil de decir: no fui comunista porque era cobarde, tenía miedo a que la policía me metiera en la cárcel, sentía pánico a perder el sueldo, etcétera, etcétera. Por eso no fui comunista, también por los etcétera.

Pero les ayudé, a mucha honra.

En aquel tiempo había algunos comunistas muy simpáticos, como Juan Pedro Ascanio, que vino del exilio e ingresó en EL DÍA, donde había otros buenos amigos comunistas, mezclados con falangistas, franquistas, gente del Movimiento, socialistas y neutrales.

En aquel entonces no se preguntaba de dónde venían las personas, de qué ideología eran, a qué obedecían sus ideas. Esas eran cosas muy peligrosas en ese tiempo, pues veníamos de una guerra que dio de sí delaciones, denuncias; el franquismo se hizo viral, lo infectaba todo, la policía se metía en todas partes y hacía imposible hablar a la luz del día, o de las linotipias, de lo que se pensara o de lo que se creyera.

Y ser comunista era lo más perseguido. Lo que pasaba era que todo el mundo que no fuera del Régimen era tildado de comunista. ¿Republicano? Comunista. ¿Neutral? Comunista. Cualquier duda te convertía, a los ojos del Régimen, en comunista. O eras suyo o eras de Moscú, un rojo. Si hubiera habido tantos comunistas como el Régimen creía, el Partido Comunista de España hubiera barrido en las sucesivas elecciones democráticas que hubo en España desde la muerte del dictador.

Pero no había tantos comunistas. En EL DÍA, que tenía un personal amplísimo, conocí sólo a dos que lo eran de veras, y los dos fueron muy amigos míos.

En la Universidad de La Laguna conocí más comunistas; allí había una célula, de profesores, catedráticos y estudiantes, muy nutrida de comunistas; con ellos colaboré, pero nunca milité, me dio miedo. Entonces no sólo tenía miedo: tenía la certeza de que si me cazaban, siendo comunista, perdería mi empleo, y por tanto mi sueldo; y eso conllevaba en ese tiempo mucha desgracia familiar.

Pero no fue sólo por eso que no llegué a hacerme comunista. Como eso es tan largo de explicar como el propio concepto de libertad sí contaré cómo quisieron que yo me hiciera comunista.

En la Universidad trató de hacerme comunista un estudiante de Ciencias de Gran Canaria. "Es lo que tienes que hacer, como te contará -me dijo- Fulano de Tal en Santa Cruz". Fui a Fulano de Tal. Nos encontramos junto al reloj del Parque García Sanabria. Él era un profesor de gran prestigio, me recibió con ese prestigio y con algo que yo interpreté como un reproche:

-¿Es cierto que tu padre tiene un camión?

-Es verdad.

-Eres un burgués, entonces.

-Lo tiene para su trabajo.

-Eres un burgués. Debes luchar contra ese estigma.

-¿Cómo?

-Te diremos en el Partido.

No era la primera vez que el camión de mi padre intervenía en mi vida. Era un camión pequeño, de trompa verde, de la marca Williers. Era tan pequeño que era el único vehículo que en aquel tiempo podía subir, de culo, hasta la puerta de mi casa. Y era el único vehículo que durante años transitó por aquella calle de tierra. Cuando el padre Pablo de los Agustinos interrogó a mi madre sobre la oportunidad, o no, de darme una beca, el sacerdote aquel de pelo blanco que parecía bondadoso y que era radical y duro como una piedra preguntó:

-¿Es verdad, señora, que su marido tiene un camión?

Mi madre respondió:

-Sí. Para el trabajo.

-Entonces no serán ustedes tan pobres...

Era, pues, en aquella cita en el Kiosco del Parque la segunda vez que el dichoso camión intervenía en mi porvenir.

A mi no me pareció razonable que esta segunda vez yo tendría que soportar la presión, así que desdeñé la posibilidad de redimirme de mi condición de burgués heredero posible de un camión Williers y nunca más hablé ni con el estudiante ni con el profesor de hacerme miembro del Partido Comunista de España. Luego no me hice de ningún partido, y aún hoy sigo militando tan solo en el mundo como ciudadano que procura decir lo que siente sin obedecer a otra ideología que la que manda mi propio sentido común.

Pero ayudé a los comunistas, fui su compañero de viaje; me pidieron ayuda unos compañeros de La Laguna, entre los que había poetas, estudiantes de química o de matemáticas, aspirantes a juristas, etcétera, preparándose todos ellos para ser en la vida luchadores, donde estuvieran, contra el Régimen que, esto era así, nos oprimía a todos, a los comunistas y a los que no logramos serlo.

Esos compañeros a los que ayudaba me pidieron un día que les prestara mi casa. Querían imprimir allí, en una máquina que llevarían al patio, donde había un cobertizo, las páginas del panfleto que lanzaban periódicamente con el título de Frente Democrático.

Ellos escribían los textos, hacían las rudimentarias maquetas en las que incluían sus proclamas, y después de la medianoche concluían su trabajo, se tomaban unas cervezas conmigo, y con la misma se iban. Yo veía luego los panfletos por la Universidad y por La Laguna y sentía la íntima satisfacción de haberles ayudado; no sabía si así aliviaba mi condición de burgués heredero de un burgués que tenía un camión pero sentía la satisfacción, que así se decía, del deber cumplido.

Eran disciplinados, naturalmente; no dejaban huella alguna de su trabajo, porque sabían a lo que ellos mismos se exponían, y conocían perfectamente a qué me exponían a mi mismo.

Pero una noche... Ah, lo que pasó una noche. Aún no habían acabado de imprimir el panfleto cuando sonó con golpes violentos y terribles que alguien tocaba con contundencia en la puerta de la casa. La casa sólo tenía una planta, era de acceso fácil, pues, y cuando sonaron los terribles toques los compañeros del Partido y este compañero de viaje sentimos escalofríos. Los chicos se metieron en el cobertizo y yo salí a abrir, muerto de miedo.

Cuando abrí la puerta descubrí que la temida policía política del Régimen eran, en realidad, tres amigos que venían de juerga desde el Puerto de la Cruz. En las manos llevaban una señal de tráfico que habían robado en uno de los cruces por los que habían pasado. La señal era de peligro. Y allí se quedó, en la casa, hasta que me fui de la ciudad, de la isla y hasta que me fui de España. No recuerdo tanto la señal como el miedo que pasé en el rato que hubo entre el sonido de las hojas del panfleto mientras se imprimían, el silencio que siguió a los golpes en la puerta y el descubrimiento de que la razón del miedo era en realidad una coña.