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Myriam Henningsen, un talento indomable

La santacrucera no permitió que decidieran por ella dónde debía jugar para acudir a la selección absoluta. Con todo, la ala pívot disputó un Mundial y militó en la élite española, teutona, otomana y portuguesa.
El Día
13/ago/18 6:16 AM
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La ascendencia de Myriam Henningsen -03/07/1966, Santa Cruz de Tenerife- propició que "naciera con un balón en las manos", como ella misma apunta. Su padre, Ernesto Henningsen, jugó en el Náutico y en el Barcelona. En el conjunto culé conoció a José Luis Martínez, internacional absoluto español que acabó siendo su concuño -tío político de Myriam-.

"El baloncesto me viene de familia. Lo tenía muy metido en vena", relata la protagonista, cuya hermana Verónica militó más de un lustro en la élite con el Tenerife Krystal, posteriormente denominado Coronas y Cepsa, hasta que se retiró con apenas 22 años. La carrera de Myriam se alargó mucho más. Jugó en Alemania, Turquía y Portugal. También vistió la camiseta de la selección española absoluta, con la que disputó un Mundial. Fueron 14 internacionalidades, quizás menos de las que merecía. Y es que nunca supo transigir con ciertas recomendaciones.

De mayor, baloncestista. Fue la respuesta que Myriam tuvo para su padre, una vez efectuada la cuestión. En el CEU, Toño Iboleón comenzó a desvelar al 100% el talento que había en la capitalina. "Me enseñó una barbaridad. Sobre todo, a mover mucho los pies. Fue clave para lo que vino después", apunta.

Los campeonatos de España de clubes juvenil la dieron a conocer a nivel nacional. Tras la cita de Sevilla -1980- fue reclamada para la concentración denominada "nuevos valores", que acogía a futuribles para la selección española. Todo ello, siendo algunos años menor que sus compañeras de categoría.

Si bien en la capital hispalense el CEU no pudo levantar el cetro, sí lo hizo un año después en Valencia. Fue el momento en el que Myriam ya pasó a integrar el combinado rojigualda juvenil, citado en Teruel. La gesta de aquel CEU no quedó ahí: en Vinaroz -Castellón- revalidó título en 1982. "Aquel equipo era muy bueno", manifiesta.

Cumplidos los 16, lo tenía claro. "Quería jugar en Primera". ¿Y qué tal hacerlo junto a su hermana Verónica en el Coronas? "Me decían que era muy joven y que debía esperar", todo lo contrario que a su hermana mayor años atrás. Juan María Gavaldá, entrenador del catalán Betania en la élite, la reclamó para su equipo. "Me había visto jugar en Vinaroz, se puso en contacto con mi madre y le hizo una oferta. Me fui con los ojos cerrados. Todo el mundo decía que era una locura y que no iba a jugar. Y jugué". Además, "muchos minutos".

Empero, había que tener en cuenta la vertiente cotidiana: la de una niña que estaba a 2.500 kilómetros de su casa. "Ese año fue muy duro, aunque yo sabía que podía ser así. Mi familia me ayudó y apoyó mucho", relata una Myriam para la que terminó saliendo el sol.

Pasó algunos meses en "la casa de una señora" que la cuidaba y posteriormente se marchó a la Residencia Joaquim Blume, en Esplugues de Llobregat. "Como yo había mucha gente, incluso más joven. Estando ahí, eres uno más. Si yo echaba de menos a mi familia, los demás también. Se normaliza tu situación". La nadadora Natalia Mas, el tenista Sergi Bruguera o el waterpolista Manel Estiarte fueron algunos de sus afamados compañeros.

Su buena temporada con el Betania no pasó desapercibida para Chema Buceta, seleccionador español júnior, que convocó a la tinerfeña para el Europeo de Italia. Su rodilla derecha, con una condromalacia rotuliana, le impidió formar parte de la expedición.

Tras pasar por el quirófano, Henningsen regresó en noviembre a la competición, aunque con nueva camiseta: la del Alcalá. Con el conjunto madrileño realizó dos grandes años antes de regresar a la Isla. El Coronas la fichó, aunque Myriam no terminó la campaña. El gran paso estaba cerca.

Si la santacrucera ya había sido la primera jugadora joven en tener la citada movilidad geográfica nacional, en el estío de 1986 se convirtió en la primera baloncestista española profesional que jugó en otro país. El Saturn Köln alemán fue el destino.

Otro revés jalonó su primera temporada. "Antes del primer partido de Liga me rompí toda la rodilla izquierda". La tan temida triada se había cruzado en su camino. Tuvo suerte de que "tres días antes" había firmado un seguro.

"Pasé tres meses en un hospital de Colonia y otros dos en una clínica de rehabilitación en Fráncfort". Recluida, dados los requisitos de su aseguradora, sabía que la campaña estaba perdida y que su propósito sería estar disponible para el curso 1987/1988. "Se dijo que no volvería a jugar, pero en julio ya estaba entrenando".

Ya con su físico en buenas condiciones, Myriam disfrutó de una "experiencia brutal a todos los niveles. En la Liga alemana había muchos grandes equipos -Leverkusen, Agon...-. La competición era muy fuerte. Se ganaba mucho más dinero que en España", reconoce. Después de un tercer año "flojito", en el que el Saturn Köln no se coló en los "playoffs" por el título, Henningsen regresó a casa para disputar el epílogo de campaña con el Cepsa. "Me invitaron a jugar la Copa". Un torneo que se celebró en Los Cristianos -el representativo quedó apeado en semifinales- y que supuso la última aparición del CB Tenerife antes de su definitiva desaparición.

Para ese entonces, Henningsen ya tenía atado su futuro. "Cuando salí de Alemania ya sabía que me iba a Turquía". Le esperaba un gigante, el Galatasaray. "Fue una experiencia maravillosa" que duró tres años. Tantos, como títulos de Liga otomanos se adjudicó la entidad. "Jugar en el Galatasaray no es cualquier cosa. Es un plus a todos los niveles. Es el mejor club en el que yo he estado, sin lugar a dudas".

Myriam admite que se sentía a gusto jugando en el extranjero, mas que también quería hacerlo en su Isla natal, "con buenas condiciones. Yo quería que me vieran jugar en Tenerife. En aquella época te decían, juegas, pero no te pagamos porque eres de aquí. Yo era profesional", se queja.

Su periplo turco reveló que seguía haciendo grandes números, no solo en la competición doméstica, sino a nivel europeo. Pero se quedó fuera de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, algo que llevó "fatal. O jugabas en el Canoe, o no podrías hacerlo en la selección. Eso me lo dijo la delegada de la selección en una llamada a Turquía".

Fue algo que ya le habían propuesto sin alcanzar la mayoría de edad. "El año que me fui del Betania al Alcalá fue mi adiós a la selección. El Canoe me propuso fichar sin pagarme, apenas cubriendo los gastos del alquiler". Por ahí no podría pasar. "No acepté mezclar la selección con mi vida deportiva. Imaginemos que le digan a Messi que o juega en el Madrid, o no va a la selección argentina. El deporte femenino en esa época, a muchos niveles, no era fácil. Era muy intervencionista".

Superado el mal trago de la cita con los aros, la ala pívot retornó a España. El Caja Segovia la llamó para salvar la categoría y así fue. La dupla que formó con la base Dawn Staley, actual seleccionadora norteamericana, fue excepcional. "Además de que era buenísima, me enseñó mucho".

En un partido frente al Dorna -posterior Ros Casares-, el preparador de las levantinas se fijó en ella. "Sequé a una de sus mejores jugadoras" y Miki Vukovic se la llevó para reforzar al bicampeón de Europa. "Era un crack, un gran técnico a nivel táctico, aunque también era duro".

El curso se saldó con la consecución de la Liga y la Copa, mas la Copa de Europa se escapó frente al Comese italiano. Una lesión en el tobillo le impidió jugar la final. Eso, y Vukovic... "Tenía el tobillo hinchado, pero me lo vendaron y estaba para jugar. Había hecho una Copa de Europa buenísima. Miki me tenía que haber sacado".

Claro que en el Dorna había un elenco de estrellas. Ana Belén Álvaro, Laura Grande, Pilar Valero, Natalia Zasulskaya, una joven Amaya Valdemoro, Katrina McClain o Teresa Edwards. Sobre esta última, estadounidense, Myriam se despoja en elogios. "En un partido metió 52 puntos. Me lo pasé aplaudiendo, a pesar de que jugué bastantes minutos".

Su buen año en la escuadra valenciana le abrió definitivamente las puertas de la selección española, entrenada por Manolo Coloma. El 7 de mayo de 1994 debutó en Madrid frente a Suecia (100-87). "Debo reconocer que pasé de puntillas. Era un sitio tan delicado, que entendía que no se podía decir una palabra más alta que la otra".

No le faltaba razón al ir con pies de plomo. "Unos partidos después, contra Francia, metí varios puntos, robé un balón... Estaba contentísima". Pero el técnico no tanto. "Me llamó y me dijo lo siguiente: que sepas que te he llamado única y exclusivamente para que cojas rebotes. Lo demás, déjalo. Eso hice". Y es que el peso de Blanca Ares, Carolina Mújica o Pilar Valero era sustancial.

Con todo, la tinerfeña fue una de las que compuso el combinado que disputó el Mundial de Australia ese verano. España hizo una buena primera fase, pero se quedó fuera de la lucha por las medallas tras caer con Cuba y Brasil. Posteriormente, firmó la octava plaza tras claudicar ante Eslovaquia y Canadá. "Un Mundial es único. Fue una experiencia muy bonita", relata Henningsen.

Sin embargo, la selección no había cambiado tanto. "Manolo me preguntó por mi futuro en el avión de vuelta. Juega en el Canoe si quieres seguir en la selección, me soltó. Le dije que con la edad que tenía no me podía plantear este chantaje". La escuadra madrileña nunca contó con los servicios de la insular, ni Myriam volvió a vestir la camiseta nacional. "Sabía perfectamente que era una puerta cerrada. Tenía el nivel para poder estar y era muy duro no hacerlo".

Las rodillas intervenidas y la espalda, que le empezó a dar problemas, encendieron las alarmas de su cuerpo. De hecho, no comenzó jugando en la 1994/1995 y se planteó "la retirada". Pero acabó volviendo a las canchas "porque era lo que me gustaba y porque me convencieron". Los cantos de sirena llegaron de Lugo, aunque en una categoría por debajo de la élite.

"El Ensino me fichó para ascender". No fue sencillo, puesto que el Gran Canaria tenía un filial que, llegado el momento cumbre, dejaba hueco para las jugadoras de Primera. "Ascendían y luego vendían la plaza. Llevaron gente buenísima, pero les ganamos y subimos".

De vuelta a la máxima categoría, Henningsen compartió vestuario con una joven paisana llamada Lidia Mirchandani. Concluida la temporada, abandonar las canchas seguía rondando su cabeza. Pero su carrera se estiró tras volver a la geografía insular para firmar con el Isla de Tenerife y terminar el curso con el Nacional de Madeira, en el que ya estaba la también tinerfeña Yolanda Moliné y con el que fueron subcampeonas de Portugal.

Henningsen jugó dos años más en la élite lusa. La primera campaña, en el Cif, mientras que la segunda en el Algef. "Ahí ya no podía más. Me agachaba y a veces no me podía levantar".

Pero aún tuvo fuerzas para disputar un año más con el Uni Tenerife. Y con 33 años dejó la profesión que, desde bien pequeña, siempre quiso desempeñar, como le manifestó a su padre.

Un talento enfocado siempre al servicio del bien colectivo

Si bien el talento individual de Myriam Henningsen se destapó desde edades tempranas, la jugadora entiende que "no era nada egoísta. Es algo que me gustaba mucho de mí. Pasaba mucho el balón. Jugaba en equipo. No me gustaban las jugadoras individuales", apunta. Más allá de eso, se reconoce en una baloncestista "con muchísima fortaleza física a todos los niveles. Era una jugadora con resistencia, velocidad, salto y flexibilidad". Todo, a pesar de su estatura -1,86 metros-. Además, valora su conocimiento de lo que sucedía en la cancha de juego. Es algo que había mamado desde muy pequeña. "Lo llevaba muy dentro de mí".

Las inferiores, ¿próxima aventura en los banquillos?

Luego de dejar a un lado el deporte de élite, Henningsen ha tratado de seguir su estrecha relación con el deporte de la canasta desde los banquillos. Tras integrar algunos proyectos de categoría sénior -el último, el de la UD Hotel Médano, sección de baloncesto del balompédico Granadilla Tenerife Egatesa-, Myriam apunta a la base. "Si vuelvo a entrenar, me gustaría hacerlo en equipos de niños pequeños. Competir y demás, ya no lo creo". Y es que la exbaloncestista explica que "por ser mujer, más algún aditivo más" no le han dado "paso. He estado luchando mucho tiempo para llegar y me cansé de hacerlo", argumenta la santacrucera.

Myriam Henningsen tiene para sí que la Copa del Mundo de Baloncesto Femenino de Tenerife 2018, a celebrar del 22 al 30 de septiembre en el Pabellón de Deportes Santiago Martín de La Laguna y en el Palacio Municipal de Deportes Quico Cabrera de Santa Cruz, tiene un único y gran favorito. No es otro que el combinado americano, que entrena su otrora excompañera de equipo Dawn Staley.

"Creo que este año Estados Unidos es más favorita que nunca. Otros años no me ha parecido tan evidente. Como equipo, me gusta mucho", explica la exjugadora santacrucera.

Por debajo de ese escalón de color dorado percibe a algunas selecciones con un "nivel parecido". Entre ellas, la española que dirige Lucas Mondelo. "Hay una muy buena selección. Creo que un Mundial es apasionante, pero claro, te tienen que salir las cosas muy bien durante todo el campeonato. Pienso que la selección española puede estar entre los cinco primeros".

Henningsen señala a Alba Torrens como su preferida en España. "Me encanta, aunque a veces me dan ganas de bajarle el ritmo", comenta. "Es cierto que es algo que ha mejorado". Myriam se "identifica mucho" con la balear, "aunque ella es mucho más rápida de lo que lo era yo", declara.

Entre otras aspirantes a las preseas sitúa al combinado galo. "Es un Mundial importante para Francia. Como ese equipo que se estaba formando esté bien hechito ya... Tiene unas jovencitas con un gran potencial", asevera la tinerfeña.