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EL INVENTO DEL MALIGNO JOSÉ J. ESPARZA

Víctimas


25/mar/03 14:44 PM
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EN TODAS LAS GUERRAS recientes pasa lo mismo: la tele nos muestra imágenes que no alteran la marcha del conflicto, pero que sí conmueven a la opinión pública; más exactamente, a la opinión pública occidental, porque la ajena no existe. Así nos encontramos con que las imágenes de prisioneros iraquíes perjudican a los americanos, las de prisioneros occidentales perjudican a los americanos, las de muertos iraquíes perjudican a los americanos y las de muertos occidentales perjudican también a los americanos. Lo acabamos de comprobar una vez más con las imágenes de este fin de semana.

Como esto no es lógico, habrá que buscar la razón en regiones situadas más allá de la lógica. Por ejemplo, en la presunción - no siempre fundada - de la superioridad moral de Occidente, que impele a exigir a "los nuestros" (incluso cuando nos manifestamos contra ellos) hacer guerras sin causar muertos y sin padecerlos, sin caer presos y sin capturarlos. Y toda muerte propia o ajena, todo prisionero ajeno o propio, se considera una afrenta moral de difícil digestión. No había más que oír ayer la tertulia de la Campos. Este tipo de reacciones también forma parte de la propaganda de guerra. La propaganda de guerra es toda una ciencia. No es en absoluto nueva, pero el reino de la imagen hizo que sus efectos se multiplicaran. Aquí hay grandes hitos históricos; por ejemplo, la película sobre el Alcázar de Toledo, que conmovió a toda Europa con tanta intensidad como las filmaciones sobre Guernica. Y lo nuevo de nuestro tiempo es la guerra televisada, cuya nuez consiste en que es imposible saber dónde empieza la información y dónde termina la propaganda. Pues bien: en este terreno estamos viendo que las leyes cambian según en qué campo si sitúe uno. Así, a los iraquíes les causa mejor efecto ver muertos ajenos que muertos propios, y a los americanos les pasa al revés: la imagen de un prisionero de Texas magullado es más movilizadora que las carreras de los blindados. Luego hay imágenes que consiguen movilizar simultáneamente a unos y a otros. Por ejemplo, esa escena bárbara en la que los iraquíes acribillan las matas de un río a ver si cazan a un enemigo supuestamente escondido allí. Esa secuencia es tan brutal, tan odiosa, que satisface al mismo tiempo a los que defienden, porque demuestra su vigor, y a los que atacan, porque demuestra la justicia de su empeño. Sutilezas de la guerra televisada.

EL INVENTO DEL MALIGNO JOSÉ J. ESPARZA