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BUENOS DÍAS FLORILÁN

Un día en la vida deDon Epifanio


8/feb/02 20:52 PM
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AQUEL DÍA ERA el pasado sábado dos de febrero. Don Epifanio, que había estado por la noche en la Plaza de España haciendo eso que se llama "disfrutar del carnaval", padecía desde hace unas semanas un catarro o una gripe - no se lo habían definido del todo en el Ambulatorio - y no sentía ganas de levantarse. Pero no tenía más remedio, porque debía ayudar a su hijo a reunir unas cuantas cosas para llevar el domingo al Rastro. Se cubrió con el batín, se asomó a la ventana, y comprobó que el día se presentaba espléndido. Hizo lo que no se debe hacer (estirar los brazos y soltar un bostezo) y comentó: "Pero a pesar de todo, no me encuentro del todo bien".

La mujer le había servido ya en la mesa el jugo de naranja y los huevos fritos con "bacon", cuando sonó el teléfono. Era para que fuera al entierro de un íntimo amigo muerto en accidente. "Mal empieza la mañana", comentó con su esposa. Cuando se encontraba en las honras fúnebres, sonó su móvil - siempre lo llevaba abierto - y le comunican que dos cochinos se habían escapado de la granja que tiene entre El Escobonal y La Medida. Y allá va Don Epifanio a toda velocidad en su coche, para ver cómo recuperaba a los dos cerdos fugitivos y los hacía volver al redil.

"La vida es imprevisible, iba pensando Don Epifanio por el camino; cuando más tranquilo estás, te dan un mochazo que te quedas sin sentido, como seguramente yo tendré que hacer ahora con estos insumisos marranos. No somos arquitectos de nuestro propio destino, sino que son los acontecimientos los que nos mueven de un lugar a otro".

Lo de los cerdos se pudo arreglar más o menos con el auxilio de unos vecinos sin darles el mochazo. Pero todavía no habían terminado todos los sinsabores. Una amiga llamó a la esposa, para decirle que un hijo de Don Epifanio había salido del armario y se había ido con otro "gay" a Madrid.

Don Epifanio ya no pudo más, se rindió ante tantas y tan malas noticias, y refiriéndose al hijo comentó con su esposa: "¡Que haga de su capa un sayo! Me tiene ya sin cuidado el camino que ha elegido".

Eran ya las siete de la tarde. Nuestro protagonista se echó un poco sobre la cama, pero no pudo dormir. Se levantó a las nueve y le dijo a su mujer: "Voy a ir al partido, a ver si me olvido un poco de todas estas tragedias". Y cuando regresó a la casa y su esposa le preguntó cómo había quedado eso, contestó con el alma por los suelos: "Un apropiado fin para este día: el Barcelona nos metió seis a cero".

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