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LA MIRADA PERPLEJA RODRIGO FIDEL RODRÍGUEZ BORGES

Roma


15/feb/02 20:53 PM
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DOS METROS POR DEBAJO del nivel de la plaza de San Pedro, media docena de japoneses hacen una pausa para tratar de recobrar el resuello después de recorrer la abrumadora exhibición de riqueza artística y poder terrenal encerrada en las salas de los museos vaticanos.

Educados en una cultura milenaria que identifica el buen gusto en el arte con la simplicidad, los materiales ligeros, las fibras naturales y las formas geométricas puras, esas atónitas cabezas niponas luchan por digerir el empacho provocado por el mayor catálogo de excesos artísticos de Occidente; columnas, pilastras y capiteles rampantes, majestuosas bóvedas ornadas con millones de filigranas, retablos sobrecogedores, grupos escultóricos ciclópeos, frescos hermosísimos y suelos pavimentados por mármoles de mil colores. A punto de sucumbir al mal de la belleza, estos hombres venidos de tan lejos apoyan sus espaldas contra las lozas frías del travertino de las paredes, mientras el hilo musical de las letrinas pontificias comienza a derramar sobre sus aturdidas cabezas una melodía dulzona que les masajea las orejas. Contra lo que podría esperarse, no es música sacra lo que alcanzan a oír, ni la severidad dramática del "Mesías" de Haendel, ni tampoco la honda vibración del "Réquiem" de Mozart; es la vocecita del cantante de Depeche Mode la que, sin el menor escrúpulo, entona una balada oscura andando de puntillas sobre un entramado de acordes electrónicos.

Sobre las cabezas de los nipones, la plaza es un hervidero de transeúntes: peregrinos llegados de cualquier parte, vendedores de recuerdos, mendigos rumanos que sostienen en sus brazos niños todavía de pecho, "caravinieri" somnolientos y sacerdotes, monjas y frailes que, calzados con zapatillas deportivas, cruzan a paso ligero la columnata cuádruple de Bernini. Dentro de la basílica, varios centenares de japoneses encienden cirios, dan limosnas, entregan óbolos y pagan entradas que contribuyen a mantener el retablo de las maravillas. A dos kilómetros de allí en línea recta, en plena vía Condotti, los comerciantes de la moda levantan la reja de sus negocios con la tranquilidad que da saber que llevan años vendiendo humo. En el interior de sus establecimientos climatizados, entre paredes exentas como sepulcros blanqueados, se exhiben zapatos, bolsos y gargantillas en pequeñas hornacinas de escayola iluminadas por lámparas de neón. Todos entramos y miramos, pero sólo los japoneses compran. Son los que hacen que la rueda de la fortuna siga girando en Roma.

LA MIRADA PERPLEJA RODRIGO FIDEL RODRÍGUEZ BORGES