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BUENOS DÍAS FLORILÁN

Lágrimas y vino


11/nov/02 21:12 PM
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HACE POCOS DÍAS probé el vino nuevo del país. Me lo dieron a probar en La Corujera, que es un lugar de vinos adelantados, donde primero pierden su virginidad los vinos. Me pareció maravilloso, porque además me di cuenta de que todavía no habían entrado a saco en el mismo los enólogos y pseudoenólogos que con sus químicas distorsionan algunas veces nuestros caldos. Era un vino puro. Muchos discutían si estaba hecho ya o no, pero lo que sí era cierto, es que aún no había entrado en contacto con los vinos inmigrantes, que son los que, cuando se mezclan, imponen su ley. Cuando uno llega a un vino de Tenerife como ése, no hace falta ni siquiera certificado de origen, porque ya el mismo lo trae puesto. Su calidad se impone por sí misma, por encima de otro cualquier papel.

- Así de puro debió ser, me dijo un catedrático al que acompañaba, aquel zumo de uva con que Ulises logró emborrachar a Polifemo, para poder escapar del cautiverio al que el cíclope lo tenía sometido, según relata Homero en "La Odisea". El rey de Ítaca vio cómo el gigante se quedaba ebrio después de ingerir el producto de las uvas exprimidas, y dándole de beber cantidad de las mismas al tiempo que propinaba un golpe con una estaca en el único ojo del cíclope, lograba escapar con sus compañeros.

- Si los vinos de Tenerife eran así, dije yo por mi parte, no me extraña que Dostoyewsky los citara en su tiempo como la bebida más exquisita y los dos estudiantes de su historia la eligieran para brindar después de terminar brillantemente sus exámenes.

- Ni tampoco, intervino el catedrático, que el perillán de Falstaff, el personaje de Shakespeare, jovial, fantasioso y falto de escrúpulos, se deleitara cada vez que hacía una calaverada con el morapio procedente de nuestra Isla.

Se cuenta que Rothschild invitó una vez a cenar en París al escritor y poeta alemán Enrique Heine, y ordenó al camarero que les sirviera el vino Lacrima Christi, el más caro de entonces. Durante la cena, el millonario norteamericano preguntó a Heine por qué lo llamarían así.

- Muy sencillo, dijo el escritor; lo llaman así por las lágrimas que debe derramar Cristo cuando ve beber un vino tan caro a los ricos, mientras en el mundo hay tantos pobres con hambre.

Después de algún tiempo, a partir de ahora, cuando mezclen nuestros caldos, a uno se le saltan también las lágrimas.

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