Criterios

Más allá de la medicina


4/may/03 21:29 PM
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A VECES se solicita del médico juicios que van más allá de sus conocimientos científicos. Aunque siempre se ha dicho que el médico que sólo sabe medicina ni medicina sabe, no siempre se le puede exigir conocimientos ajenos a su profesión. Ocurre que, cuando aumenta la confianza en el médico, la gente lo utiliza para todas sus dificultades. Al médico se le pide consejo sobre problemas familiares y personales que no tienen ninguna relación directa con la enfermedad, aunque puede que sí mantengan una relación indirecta. Pues nada de lo que ocurre es ajeno a la salud y a la enfermedad. Se piensa que si el médico conoce el cuerpo humano también debe conocer la condición humana.

En muchas universidades se enseña, además de las materias puramente científicas, bastante sobre el significado de la vida. Ninguna persona debe vivir ajena a los diferentes comportamientos humanos. Se habla del estrés como algo dañino. Y no se entiende que el estrés es algo que lleva la vida consigo. El cerebralismo o desafío vital, como lo denomina Rof Carballo, es necesario para la vida. No se puede vivir sin estrés, porque el estrés es la sal de la vida. Los estímulos psíquicos y físicos son necesarios para mantener la función de cada uno de nuestros órganos. Pero es necesario controlar el efecto de cada uno de los estímulos, buenos o malos, para que no dañen. No se puede vivir acorralado, acosado, angustiado, irritado y desequilibrado ante todas las agresiones de la vida actual. Ni existir indiferente, huidizo, deformado o empequeñecido, como se recoge en La Metamorfosis de Kafka. Hay que buscar un estado de equilibrio, capaz de soportar las veleidades de la fortuna sin que el cuerpo se resienta ni la mente enloquezca.

No está en las manos de ningún médico modificar la sociedad, ni los problemas generales, ni cualquiera de los fenómenos que inciden en la civilización occidental, pero sí tiene la obligación de poseer una cultura de lo humano que facilite las relaciones con los enfermos y que comprenda la incidencia que tiene en la enfermedad las múltiples circunstancias que lo rodean. Vivir es vivir con otros, vivir en el mundo y vivir en el tiempo y vivir en espacio. Otros, mundo, tiempo y espacio, tan variables como la misma individualidad personal.

Todos los médicos han tenido casos de enfermos sin enfermedad, que hubiesen curado fácilmente con un talonario de cheques, con el cambio de domicilio o con un simple arreglo familiar. Pero no siempre la solución está en estas vías y, aunque la estuviera, no es la mejor. No se trata de trasplantar a las personas en dificultad a un lugar sin dificultad, lo importante es saber afrontar las dificultades. La verdadera salud de la mente está en resolver los problemas que se le plantean a diario y no en huir de ellos.

Hace varios años los problemas se centraban en las necesidades primarias: trabajo, comida y casa. Hoy, las dificultades se extienden a las razones de vida. La queja más frecuente es el sinsentido de la vida, el absurdo o el nihilismo. Y el fruto del sinsentido es la conducta sin sentido.

Si se piensa que la vida es una obra de arte, que cada uno ha de crear con los materiales a su alcance, si se recoge el verdadero sentido de la parábola de los talentos ?la mejor de las parábolas?, realizarse es desarrollar cada una de las capacidades para alcanzar si no la felicidad ?algo imposible?, un estado de satisfacción por el empeño diario, un estado de sosiego que sepa abordar los avatares de la vida. Así aceptado, los médicos soportan las consultas más extrañas.

Ocurrió que dos hermanas, guapas y ricas, que vivían en la misma casa e iban siempre juntas, tuvieron experiencias distintas con sus amoríos. Una de ellas se casó con un extranjero, con el que tuvo un hijo. El matrimonio terminó muy mal. El niño fue víctima de raptos por ambas partes. Se sucedieron interminables juicios civiles y canónicos, hasta que se consiguió una pacífica separación. Pasaron los años, las hermanas seguían juntas, una divorciada y la otra soltera. Y a la llamada de su riqueza, apareció un novio para la soltera. Hasta aquí todo ocurrió dentro de la familia, lo malo fue cuando metieron al médico en el lío familiar.

Primero lo citaron como testigo de todo el embrollo de la separación. Él sólo conocía lo que ellas contaban. Se limitó a declarar que no era un buen testigo porque nada había presenciado, sólo lo que aquellas jóvenes relataban. Molesto aún por los días perdidos en los innumerables juicios, recibió la visita de las dos hermanas. Y la consulta era para asegurarse si la soltera se podía casar con un novio, que era natural de Colombia, había estudiado en Suiza y trabajaba a en Afganistán. El médico, que sabía de la confusión en que vivían aquellas dos mujeres, harto de los barullos matrimoniales de la primera, ante la diversidad geográfica, compatible con la diversidad de comportamiento del novio de la segunda, se limitó a decir, al borde de la desesperación: ¿Y usted por qué no se casa con un individuo corriente, que viva en la calle Méndez Núñez? Y es que para un médico hay cosas que van más allá de la medicina.