Criterios

CARTAS AL DIRECTOR


El "Prestige", la guerra y las elecciones
2/jun/03 21:32 PM
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Del "Prestige" apenas se habla; el Gobierno tomó las medidas oportunas para paliar las consecuencias de aquel desastre ecológico. De la oposición no se recuerda otra iniciativa que el uso por Zapatero y Llamazares de la pancarta y el chapapote para "manchar" al presidente, acusándole de ser el responsable de aquella tragedia.

Acabó también la guerra de Iraq, afortunadamente en un tiempo bastante más reducido que el que se presagiaba por los detractores de Bush, Blair y Aznar. A falta de otros argumentos, se insiste ahora en que aún no se han encontrado las armas de destrucción masiva; como si los miles de cadáveres desenterrados de las fosas comunes no fueran la huella de un genocidio cruel y sanguinario cometido por el dictador Sadam. Como si los atentados terroristas perpetrados en varios sitios del mundo, de los que aún no estamos totalmente liberados, no obligaran a las naciones civilizadas a defenderse de estas guerras que no utilizan ejércitos ni acorazados, pero que asesinan cobardemente aprovechando las oportunidades que se les presentan. El Gobierno español ha actuado legítima y responsablemente aliándose con quienes pueden contribuir al fin de esta lacra maldita, de la que en España tenemos tan dolorosa experiencia. Como legítimamente tiene derecho el señor Bush a prevenir que sus ciudadanos no vuelvan a ser víctimas de otro atentado como el de las torres gemelas de Nueva York.

Y si por todo ello esperaba la oposición una aplastante victoria electoral, ¿dónde está esa contundente mayoría que, según ellos, salió a la calle con el "¡No a la guerra"!? ¿Cómo es posible que ese "escaso diez por ciento" de votantes afines le haya dado al Partido Popular tantos votos en ciudades y capitales de provincia? Como estoy acostumbrado a observar, después de unas elecciones, que todos salen ganadores, no acierto a comprender quiénes habrán podido ganar las últimas municipales y autonómicas. Pero es indudable que después de aquella euforia que les produjo la presencia masiva y revolucionaria que movilizaron en la calle no pueden ocultar el desencanto sufrido ante unos resultados que no esperaban, pese a que siguen considerando haber obtenido un triunfo apoteósico.

Bernardo Morales Méndez

Cuando el otro día paseaba por la plaza Ireneo González me vinieron a la memoria gratos recuerdos de mi infancia y de mi juventud. Yo vivía en una casa terrera, esquina entre la calle Callao de Lima y Numancia. Al llegar a mi casa por la tarde y tirar por la ventana la maleta que traía del Colegio San Ildefonso, marchaba como un relámpago hacia la placita. Aquí me encontraba con amigos con quienes pasaba momentos muy felices. Se jugaba a la pelota y se metían los goles por debajo de los bancos. Le daban a la pelota con gran maestría. Yo era muy malo, sólo los miraba extasiado. Cuando la pelota caía en la azotea de una casa contigua, un señor a quien llamábamos "el alcalde" nos la devolvía. ¡Fuerte rabieta! Recuerdo con gran emoción aquel mundial de fútbol de Brasil; el gol que Zarra metió a la "Pérfida Albión" y que oíamos en una pequeña radio.

También jugábamos a los boliches en las pocetas de los árboles, al ajedrez y a las damas en la parte de arriba de los bancos. Otro juego del que guardo grato recuerdo fue el de "las cabecitas". En la pared que estaba en el viejo instituto le dábamos a la pelota con la cabeza y las rodillas. El Ayuntamiento de Santa Cruz, por aquellos años cincuenta del siglo pasado, puso en circulación, la "Chivata", furgoneta cuya finalidad era llevar a los gamberros a los calabozos municipales. En aquellos inolvidables bancos tuvieron lugar nuestros primeros "filetes". Surgió el Peña Rambla, equipo de baloncesto, formado por amigos que concurrían a la placita. Nuestros primeros tanganazos de vino tinto los bebíamos en "El Gobierno", bar que estaba en la plaza de Isabel II.

Hoy en día algunos de aquellos amigos han pasado a la otra vida y otros, ya sexagenerarios, cuando nos vemos por las calles de Santa Cruz recordamos con nostalgia aquella placita de mis amores.

Salvador González Díaz-Llanos