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LO QUE ES

Escuela de esposas


3/ago/03 21:39 PM
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JUNTO A LAS DISTINTAS reacciones de los maridos enfermos ante sus dolencias, un médico también ha de tener en cuenta los diversos comportamientos de sus queridas esposas. Pocas cosas son tan complicadas para un médico como saber tratar a la mujer de un enfermo. Las hay que permanecen calladas, pero muy atentas a todo lo que ocurre en torno a la enfermedad de sus maridos. Las hay muy serenas, apoyando al médico y ayudando al marido. Y las hay alocadas nerviosas que, desbordadas de amor, son incapaces de calmar la grave situación de su esposo. Y entre estos dos extremos todo lo que se pueda sospechar.

No sé por qué todas las esposas, quizá como un signo más de la mujer, son tremendamente curiosas. Intentan ver los análisis antes que el médico, leen los informes antes que el médico y, movidas por la misma curiosidad, no se pierden detalle alguno de la relación entre el médico y su cónyuge enfermo. Opinan sobre el tratamiento y si la dieta es muy reducida no aceptan que su marido coma tan poco que lo lleve a la extrema debilidad. Y sobre todo son las enemigas públicas del tabaco, del alcohol y de la televisión dedicada al fútbol, si ellas no son aficionadas a tales cosas.

La desbordada curiosidad de las esposas a veces las lleva hasta límites insoportables para el enfermo y para el médico. Un hombre muy inteligente, que padecía una enfermedad de corazón que precisaba mucha tranquilidad, sufría con la máxima resignación las continuas y dinámicas intromisiones de su alborotada esposa en todas las cosas de su vida y de su enfermedad. Resignado y en abandono total, vivía en un estado de inhibición y sometimiento absolutos. Un estado que le perjudicaba seriamente a su dolencia y que él soportaba sin buscar remedio. Pese al cariño demostrado por su mujer, era consciente de que su gran amor lo lanzaba por el desolado desfiladero de la muerte y él había renunciado a cualquier asidero para salvar su vida. Incapaz de una reacción propia, deseaba por todos los medios que algún día algún extraño le echara una mano. Y para satisfacción del enfermo y reprimenda a la esposa, el médico intervino.

El galeno también estaba cansado de aquella mujer que, en un exagerado uso y enfermizo abuso de su amor, metía las narices en todo, arrinconando cada día más al marido y condicionando cada día más al médico. El agobio de la esposa crecía con el tiempo. Los agobiados, médico y enfermo, cada vez se refugiaban más y más en el silencio, que más que placentero silencio era un mudo rabiar. Hasta que un día el médico explotó con la única bomba posible sin dañar el físico ni el alma de nadie. Se limitó a emplear el buen humor.

La señora no sólo preguntaba todo lo imaginable sino que, cuando el médico exploraba a su marido, se pegaba en pleno contacto físico al asombrado galeno. Estando el enfermo acostado en la camilla y el médico inclinado sobre él oyendo con el auxilio del estetoscopio los ruidos del corazón, sintió que el resuello, entrecortado por la curiosidad femenina llevada al exceso, chocaba y ventilaba con un aire húmedo y tibio su cuello. Tan cerca estaba del médico que éste se volvió hacia ella y quitándose el estetoscopio se lo entregó. Le dijo: "Ausculte usted". El marido lanzó a los cielos una carcajada de alivio. El médico dibujó una sonrisa de descarga y satisfacción. La mujer, sintiendo que el ridículo le recorría todo su cuerpo, dejó en paz a su esposo y al médico por siempre jamás.

Peor fue lo del esposo muerto por la acusación asesina. Un buen hombre, con un desgarrador y estrangulador dolor en el pecho, un dolor fuera de la carne, como un puño que aprieta sin cesar, sudoroso y nauseoso, desprovisto de todo color de vida, casi inconsciente, yacía en su cama. El médico, que había acudido con gran rapidez, diagnosticó un infarto de miocardio muy grave. Por entonces, los infartos se trataban a domicilio, cosa que ahora es un gran disparate, pero en aquella época era la mejor solución. Reposo, anticoagulantes, reguladores del ritmo cardiaco y calmantes del dolor eran buenas armas para las condiciones sanitarias de la época.

La esposa, fuera de sí, no era víctima de la curiosidad sino que era el fiscal más cruel que en los tiempos ha ejercido. Con el brazo derecho extendido, el dedo índice elevado, la cara surcada por la rabia, insistía a gritos que todo había ocurrido porque era un animal. "Te dije que no comieras tantos churros y te diste una hinchada que por poco no revientas. Todo fue por culpa de los churros. ¡Animal!". Y entre acusaciones de su esposa por los harinosos, aceitosos e inflados churros, el hombre entregó su alma a los cielos y se libró de su esposa.

Esta vez el médico, sin salir de su asombro, nada pudo hacer. Y a estos ejemplos, que hablan de cariños que matan, hay muchos casos, la mayoría, en que las mujeres por sus habilidades, sus buenas dosis de serenidad, sus altos grados de inteligencia han salvado la vida a muchos maridos imprudentes, descuidados y entregados al tabaco y al alcohol, y todo porque si las mujeres pecan de curiosas también tienen un sentido más, un sexto o séptimo sentido, ausente en los hombres, que les hace adivinar las enfermedades de sus maridos antes que ellos sean conscientes de la salud perdida.

Y es que en la escuela de las esposas, quizá, se aprende mucho más que en la cátedra de los esposos.

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