Criterios

¿Hay o no derecho?


30/sep/03 21:45 PM
Edición impresa

CREÍA QUE YA NO me quedaba nada que decir sobre los libros de texto que necesitan los escolares en el nuevo curso académico. Me he referido a diferentes modos de entregar y hacer uso de tales libros. Unas corporaciones insulares y locales los dan gratuitamente a los alumnos que demuestran no poseer medios económicos para hacer frente al obligado gasto; otras, como el Ayuntamiento de La Victoria, los entrega a ricos y pobres sin distinción y, en comentario anterior, dije lo que de despilfarro incontrolado tiene el hecho de regalar dinero público a quien no lo necesita, por pura fanfarronada y para que se note que hay unos alcaldes más generosos que otros. En este caso, el señor alcalde y su grupo dejan ver su oreja electoralista. Pero leo un comentario de mi compañero Florilán que, sobre el mismo tema, expone una variante de indudable interés. Informa el colega que algunas editoriales, que antes hacían su agosto en los comienzos de curso y que ahora ven algo disminuidos sus ingresos, aunque no mucho, se quejan de que los alumnos, ante el costo considerable de los nuevos libros, han optado por fotocopiar los textos. Puestos a exponer quejas y alegar derechos, no sé hasta qué punto los editores pueden denunciar aquel hecho echando mano a derechos de autor u otras normas proteccionistas para unos y prohibitivas para otros. A uno, que no es leguleyo, le parece que no se comete infracción cuando, por ejemplo, se toman apuntes de un profesor, apuntes que proceden, necesariamente, de un texto o de varios de los que editan las empresas que se quejan. Y los alumnos, en poder de esos apuntes, pueden fotocopiarlos o transcribirlos como quieran, utilizando los modernos aparatejos, que ahora se encuentran hasta rascadores automáticos.

Lo que pasa es que muchas tetas se han secado porque no hay consumidores de leche, por lo menos en tanta cantidad como antaño, en que los alumnos de todos los centros ?o sea, los padres? tenían o que rascarse el bolsillo o que dejar a los muchachos con lo aprendido sólo en la escuela pública, y, luego, a trabajar en lo que fuera hasta que se crearon, en el régimen anterior, los centros de formación profesional. Yo fui sufridor, como todos los estudiantes de mi tiempo, de los cambios de curso en que las editoriales, descaradamente, de acuerdo con el profesorado de varios centros, más los privados que los públicos, cambiaron los libros de texto, para que los hermanos, o los amigos u otros escolares sin medios, no pudieran utilizarlos y tuvieran que adquirir los nuevos. No interesaba la extensión de la enseñanza sino el negocio, que solía compartirse, a base de comisiones, con las escuelas privadas y con profesores. Si entonces llegan a existir las fotocopiadoras, seguro que hubiesen trabajado de lo lindo, porque recuerdo a compañeros que copiaban, a máquina de escribir, con papeles de calcar, hasta seis o siete hojas, la última de las cuales apenas se veía. Ahora, con menos necesidades y la enseñanza más al alcance de todos, estaba tardando mucho el empleo de las fotocopiadoras. Y como también han hecho su aparición los scanners y otros procedimientos, no sé por qué me parece que las editoriales y los habituales negociantes con los libros de texto van a tener que quejarse bastante.