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Falucho


23/nov/03 21:51 PM
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LA PRIMERA vez que lo vi, cruzaba la placita cantando a su modo "gorrioncito, qué melancolía...", la primera estrofa de "Sábado por la tarde", de Claudio Baglioni. Cabeza grande y marmórea, pelo-cuca ingobernable, espalda cargada y andar arrastrado y cadencioso, del tipo qué-le-passa-al-nota. Llevaba unas botas acharoladas acabadas en punta y un pantalón negro de pitillo, descamisado y con un chalequito de cuero que medio le tapaba la pechera lechosa y lampiña y la barriga cervecera. Al cuello, una cadena de grandes eslabones dorados de la que colgaban un comillo de bardino, una semilla de té del diablo y una bala que llevaba consigo desde que en la mili hizo prácticas de tiro contra un paredón de Hoya Fría.

Falucho tenía entonces una edad indiscernible, por encima de los 50, seguro, y lucía un careto cruzado de arrugas profundas en el que no se sabía qué había hecho más mella, si los años o el kilometraje. Vivía en un chamizo de cartones y calamina que se había construido en el hueco de la ancha escalera que bajaba desde la plaza hasta casi el lecho del barranco. Que se supiera no tenía ocupación decente y sacaba para comer de pequeños trapicheos o de ofrecerse para dar el agua cuando alguien iba a reventar un piso, porque decía que ya no estaba para ir saltando por las azoteas.

Esto que cuento no debe llevarles a pensar que este pavo era un ser amoral y abyecto. A su modo, gastaba una moralidad de matraquero de barrio que le impedía darle un palo a una vieja o levantarle la paga semanal a una criaturita a las puertas del cine. Que una noche se colara en el patio de Alfonso el Trolero para robarle los tiestos plantados de maría es cosa aparte porque ahí había de por medio una mujer en disputa. Falucho gozaba de una mala salud de hierro. Durante un invierno de mucho frío y mucha ginebra disparó en delírium trémens y se pasó una semana jurando y perjurando que la imagen de su difunta mamacita se le aparecía en el interior de una lata de Cola-Cao que guardaba en la alacena. Pero el mal desapareció como mismo vino.

No lo había vuelto a ver hasta que el otro día me lo tropecé a la puerta del ambulatorio: "¿Qué tienes Falucho". "Que me parece que me he cogido un catarro electrónico", me dijo. "Querrás decir crónico". "Bueno, sí, eso; pero es que electrónico suena como más importante".