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ISAÍAS LAFUENTE

Rufianadas

12/oct/18 6:29 AM
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Gabriel Rufián es un provocador. Ha hecho de esa actitud marca personal y la cultiva cada vez que puede. El último episodio, llamando palmera a una diputada del PP y, presuntamente, guiñándole el ojo, tan sólo amplía una nutrida lista de salidas de tono y performances en el Congreso con las que consigue abrirse espacio en los medios muy por encima de la representación parlamentaria de su partido. En esta ocasión, Rufián se encontró de vuelta con otra salida de tono de la diputada Beatriz Escudero, que le llamó imbécil. Una reacción que, aunque pueda ser humanamente comprensible, tampoco parece normal en un representante público.

A veces se intentan justificar estas cosas en base a un pretendido acercamiento a los ciudadanos. "Nos comportamos y hablamos como la gente de la calle", deben de pensar. Pero no es así. Si los ciudadanos fuésemos por la vida exhibiendo esas maneras, la convivencia sería sencillamente insoportable.

Este tipo de actitudes no sólo demuestran la escasa talla de quienes las mantienen, sus carencias en materia de educación y compostura, sino que además evidencian la poca consideración que tienen sobre su condición de representantes de los ciudadanos. El rifirrafe del martes se produjo en una comisión de investigación sobre la corrupción en el PP. Pero el cruce de insultos provocó que se hablase más sobre la espuma de palmeros e imbéciles que sobre el contenido de lo que allí se dijo. Y eso es irresponsable. Como irresponsable parece que el candidato del PP a las próximas elecciones andaluzas abriese su campaña en las puertas de un prostíbulo, por ejemplo. Deberían cuidarse los políticos de hacer según qué cosas, porque a veces no hay forma más eficaz de hacer el ridículo que intentar dejar en ridículo al adversario con gestos rufianescos, en su acepción de despreciables. Y porque el deseo excesivo de llamar la atención de los ciudadanos puede conducir a que los ciudadanos pierdan todo su interés por mantener su atención. Y el horno político, en España y en el mundo, no está para estos pollos.

ISAÍAS LAFUENTE