Cultura y Espectáculos

El arte moderno dice ADIÓS a uno de sus maestros, Eduardo CHILLIDA

El escultor vasco, considerado el más universal de los creadores españoles de la segunda mitad del siglo XX, falleció ayer en su casa de San Sebastián, dejando tras de sí un genial legado en el que no pudo inscribir su proyecto de vaciado de la montaña majorera de Tindaya .

AGENCIAS, Madrid
20/ago/02 19:57 PM
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Eduardo Chillida ya no batallará más para dominar las formas, los espacios y las líneas. Tras varios meses agónicos, el genial escultor falleció ayer a los 78 años en su casa de San Sebastián, en la falda del monte Igueldo. En torno al artista se congregaba toda su familia. "Estaba cada vez más apagado", explicó su yerno, Gonzalo Calderón. Chillida, castigado por el Alzheimer, había estado ya al borde de la muerte el pasado mes de marzo.

Con la desaparición del genial artista vasco, que supo hacer vanguardia de lo más ancestral, se instala una profunda sensación de orfandad en la creación plástica española, que pierde a su faro más iluminador. A lo largo de más de medio siglo ejerció Chillida un indiscutido magisterio plástico fraguado en una singular y admirable carrera que le consagró como el creador español más universal de la segunda mitad del siglo XX junto al pintor Antoni Tápies.

Fue la que acaba con su muerte una tenaz carrera de fondo para dominar los elementos más primigenios de la naturaleza. Su mejor herramienta fue siempre una sencillez que supo trasmutar en magia y cosmopolitismo. Ya fuera peinando vientos, aliándose con el aire, el fuego, la tierra, el mar y los metales, en especial el hierro "que ha sido siempre mi gran amigo", según repetía el autor, que desde hace años era miembro correspondiente de la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel.

Unos materiales eternos a los que dotó de una sutil poética que suponía engrandecer lo más humilde. Su talento, equiparable al de genios de la escultura como Costantin Brancusi, Alexander Calder o Ernesto Giacometti, fue pronto reconocido internacionalmente y sus obras quedan repartidas por los mejores museos y colecciones del mundo. Su gigantescas piezas urbanas son hitos en grandes urbes de todo el globo y se consideran ya patrimonio de la humanidad.

Su obra se resume en una fructífera y constante búsqueda en torno a los límites del espacio y la capacidad expresiva de todo tipo de materiales muy vinculados siempre a la naturaleza aunque fueran de procedencia industrial: hierro, alabastro, hormigón, barro cocido, acero, madera sólo en algunas ocasiones, o los gruesos papeles de grabados de línea clara cuya delicadeza contrasta con la contundencia de sus volúmenes.

Buscar, dudar y preguntar

Bien fuera desde propuestas arriesgadas, como su frustrado vaciado de la montaña de Tindaya en Fuerteventura - permanente fuente de desasosiego - , o en delicadas esculturas de pequeño formato, toda su obra esta dotada de una singularidad, de una ejemplar simpleza reservada sólo a lo creadores más capaces. "Frente a su obra lo mejor es callar" solía decir uno de sus mejores conocedores, Kosme de Barañano.

"Mi vida ha consistido en hacer siempre lo que no se hacer, porque lo que sé hacer ya lo he hecho, de modo que toda mi vida pasa por los verbos buscar, dudar y preguntar", aseguraba Chillida en 1999, cuando el Reina Sofía presentó en Madrid una excepcional muestra que resumía toda su carrera. No pensó jamás en jubilarse. Consciente como era de que "los mejores períodos de muchos artistas coinciden con el final de su vida", se había propuesto morir calzado las botas del creador que había cambiado por las de futbolista. Pero la enfermedad le jugó una mala pasada y le privó de la lucidez necesaria en los último años. Aquejado de Alzheimer, no aparecía en público desde que octubre de 2000 cuando en presencia de los reyes inauguraba el museo que velará por su legado, el Chillida - Leku en Hernani.
Su cadáver será incinerado hoy en el crematorio municipal de Zorroaga situado en el cementerio de Polloe de la capital donostiarra.