Cultura y Espectáculos
NUCCIO ORDINE FILÓSOFO / ESCRITOR - "LA UTILIDAD DE LO INÚTIL"

"La Ítaca de los alumnos universitarios de hoy se reduce a un título"

Jorge Dávila, Santa Cruz de Tenerife
2/nov/17 6:08 AM
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"La Ítaca de los alumnos universitarios de hoy se reduce a un título"

En las páginas de "La utilidad de lo inútil" (Acantilado) da un grito de alarma, una llamada a la lucha a través de la palabra. El profesor Nuccio Ordine (1958) afirma que tiene un español de andar por casa, pero sus reflexiones son claras y certeras: "La dictadura del utilitarismo está estropeando la idea de educación, de ciencia y las relaciones personales", sostuvo el filólogo y escritor italiano antes de debatir con Manuel Rivas y Juan Cruz Ruiz en CajaCanarias sobre la utilidad de aquellos saberes cuyo primer objetivo no es producir unas ganancias inmediatas.

¿Cuál es mensaje de "La utilidad de lo inútil"?

Hay un pensamiento generalizado sobre la idea de que lo que un gobierno corta o recorta es algo que no es útil, pero lo cierto es que las cosas que se pierden están vinculadas con el arte, las bibliotecas, la cultura, la educación, las escuelas... Cuestiones que los políticos señalan como injustamente inútiles son muy útiles para hacer a la humanidad algo más humana.

¿Esta es una crisis del conocimiento, cultural o de la palabra?

Es una crisis del conocimiento y, sobre todo, de unos valores sociales y culturales que pueden exprimirse a través de la palabra. Las primeras palabras que aprende un universitario son crédito y deudas... El paradigma de la economía está invadiendo unos territorios que no debería tocar... En ese sentido, la universidad tendría que ser un espacio impenetrable. Si la idea de ganar dinero se apodera de las aulas, el concepto de empresa va a limitar los conocimientos, es decir, si no se obtienen unos beneficios inmediatos, se corta...

Eso significa que la inmediatez prevalece sobre el conocimiento a largo plazo, ¿no?

Hay idiomas como el griego, el latín o el sánscrito que podemos usar como ejemplo para explicar esa búsqueda casi obsesiva de la rentabilidad. Si un profesor únicamente tiene en su clase a dos estudiantes que quieren aprender sánscrito, la universidad se puede llegar a plantear que esa realidad no es productiva y eliminarla. Eso es un lujo que no todos están dispuestos a pagar. Ahora avancemos 100 años en el tiempo, cuando los últimos conocedores de esas lenguas ya no se encuentren en este mundo, ¿quién podrá descifrar un hallazgo arqueológico? Eso es una pérdida de memoria, y perder la memoria significa no comprender el pasado.

¿De su discurso se desprende la idea de que se puede pasar por la universidad sin llegar a adquirir unos conocimientos que ayuden a mejorar la humanidad?

El objetivo de la universidad hoy no es formar ciudadanos cultos, es crear profesionales. Los alumnos se matriculan para buscar un título que les garantice unos ingresos económicos. La mayoría de los jóvenes caen en la red de un sistema corrupto que al final se reduce a enmarcar un trozo de papel para colgarlo en una pared. Hay una hermosa poesía de un autor griego que se llama Cavafis que yo leo a mis alumnos al principio de cada curso. En ese poema nos advierte: "Cuidado, cuidado lector. No es Ítaca la cosa más importante. La experiencia más gratificante es el viaje que hay que completar para llegar a Ítaca: las experiencias que has compartido, los nuevos conocimientos que se adquieren en él, cómo se resolvieron las dificultades". La Ítaca de los alumnos universitarios de hoy se reduce a un título.

¿Cómo se puede derrotar a ese materialismo?

En Italia hay gente que compra un título universitario. Ahora hay un escándalo bastante fuerte en el que está involucrado el hijo de un político que compró el suyo en Albania. Este señor era un ignorante antes de pagar por el título y lo seguirá siendo cuando lo exhiba en la pared de su casa o de un despacho. El título no da la sabiduría, pero ayuda a presumir de algo que no tienes.

¿Eso no implica que el saber individual siempre estará por encima de los intereses colectivos?

El saber requiere un esfuerzo que nadie puede hacer por ti, pero la suma de ese conocimiento termina generando una serie de réditos que son importantes para el colectivo. El ser humano es individual por naturaleza, pero necesitamos compartir esa información. No es nada fácil derrotar al egoísmo y, sin duda, eso requiere de un esfuerzo. La clave es saber identificar qué es lo que puedo hacer, hasta dónde estoy dispuesto a llegar, con el único fin de alcanzar mis objetivos.

Si vivimos en la sociedad de la comunicación y de los avances tecnológicos, ¿por qué cuesta tanto acceder a un conocimiento que no sea de usar y tirar?

Esa es la manera más sencilla de vivir con superficialidad las relaciones humanas. El otro día fui a almorzar al restaurante de la universidad y me senté al lado de dos jóvenes. Por cómo se comportaban, creo que eran algo más que amigos. Estuve mirándolos unos 40 minutos y no se dirigieron ni una sola palabra. Los dos no se separaron un instante de sus móviles. La gran perversión de la sociedad en la que vivimos es que una conversación virtual que se establece entre dos o más personas que están separadas por kilómetros tiene un valor superior al intercambio de información que pueda establecerse entre dos personas que quedan para comer. Si no van a hablar de nada interesante, ¿para qué se reúnen? Eso es un disparate, una simplificación de la idea de crear lazos invisibles o relaciones inertes.

¿Las redes sociales fomentan esa superficialidad de la que habla?

En una de mis clases hay tres o cuatro alumnos que levantan la mano cuando pregunto cuántos de los presentes no tienen un perfil en Facebook. Los otros 300 o 350 presumen de tener mil o mil quinientos amigos. Para qué te sirven mil amigos en el Facebook si llegas al final de tu vida sin tres de verdad. El concepto de amistad que domina a la sociedad actual se reduce a un clic de un ordenador o un móvil. La amistad es un valor que no se puede comprar, es un tesoro que requiere de unas ataduras que hay que consolidar durante mucho tiempo.

Usted es un gran defensor de la literatura que hace sentir y pensar. Si falta una de esas dos partes, ¿lo literario pierde valor?

La literatura, la música y el arte en general son campos del conocimiento que están obligados a crear esos lazos de los que hablamos con anterioridad. Un libro está muerto si no encuentra a un lector que se haga preguntas sobre lo que está leyendo. Eso es lo que da vida a un texto, a un cuadro, a una obra de teatro, a un concierto... Los saberes considerados injustos por la sociedad son muy útiles para avanzar en el conocimiento. La única cosa que es importante en los tiempos que vivimos es dar una respuesta a una pregunta que domina nuestra existencia: ¿Para qué sirve? Ese es el estrés con el que convive una humanidad que se paraliza cuando alguien se cuestiona para qué sirve una poesía o realizar una investigación científica. Todo lo que no genere un crédito instantáneo está en crisis o bajo sospecha. Hay una frase muy conmovedora de Einstein que leí en The New York Times que decía: "Solo una vida vivida por los demás merece la pena ser vivida".

¿Usted es muy crítico con este modelo de Europa donde prima lo económico sobre lo racional?

Vivimos en una Europa que está dominada por los bancos, egoísta y racista que no se corresponde con una Europa de la cultura. Estamos amenazados por nacionalismos y regionalismos que limitan el pensamiento.

¿Cuál es su análisis sobre los aires independentistas que afloran en el viejo continente?

Un día trabajando en la Biblioteca de París di con una frase de Giordano Bruno que me marcó mi vida para siempre. "Para el verdadero filósofo todo terreno es patria". La patria es eso. Es aquel lugar en el que te sientes con la libertad de mejorar tu vida. La identidad no se puede convertir en una cárcel, sino en una oportunidad para escuchar al otro. Bruno entendió ese pensamiento global: estaba orgulloso de sus raíces pero, a su vez, comprendió que había que avanzar hacia un espacio sin fronteras. Los problemas de identidad de la vieja Europa los crean políticos sin lazos culturales.

 

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