Cultura y Espectáculos

Juan Cruz Ruiz, ese niño que vive leyendo

La capilla de la ULL acogió la liturgia del acto de homenaje al periodista y escritor, y el Paraninfo el lugar de la muestra "Aprendiendo de otros".
S. Lojendio
13/abr/18 6:22 AM
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Juan Cruz Ruiz, ese niño que vive leyendo

L a capilla de la Universidad de La Laguna se quedó pequeña para acoger al mediodía de ayer el homenaje que se rindió a la figura de Juan Cruz Ruiz. Acompañado de su "hermano mayor", Manuel Vicent (ambos sentados a la derecha de Dios padre), la liturgia del encuentro se vio arropada por otros hermanos, un buen puñado de amigos y los pequeños del colegio de La Vera que lleva el nombre de este canario.

Vicent sintetizó el ambiente con la agudeza y maestría del brillante observador de inquietos ojos verdes: "El puro Juan Cruz", rodeado de niños y niñas, profesores, estudiantes de Periodismo... Acaso la proyección más fiel, tanto "psicológica como de carácter".

En su intervención, el escritor y columnista descubrió que debe lo que es, literalmente, a personas como Cela, "el bueno", dijo, en referencia a Jorge Cela Trulock, quien le publicó su primer libro; a Chummy Chúmez, que lo llevó a la revista Hermano Lobo; Juan Luis Cebrián, quien lo acogió en el diario El País, y Juan Cruz, que lo rescató de una editorial y le abrió las puertas de Alfaguara. Y subrayó "la generosidad" del homenajeado como un rasgo que define su condición de ser humano, además de ser mensajero de buenas nuevas. "Su fundamento ha sido la vida, la noticia, también la faceta literaria, y como editor es ese compañero del que siempre puedes disponer".

Con su característico timbre, Juan afirmó sentirse arropado entre la familia universitaria y rememoró la vieja Escuela de Periodismo, "cuando decíamos que estudiábamos", a lo que Vicent espetó: "Un máster; aprobado sin verlo" (Risas). "Te veo muy periodístico", le contestó.

Recordó entonces sus tiempos de muchacho, haciendo autostop desde el Puerto de la Cruz; las becas, "mezquinas y difíciles de alcanzar"; la figura del rector Antonio González, hermano de Pedro y tío de Pedro Zerolo, quien dará nombre a una calle aledaña al viejo edificio "donde la policía (los grises) reprimía las libertades" (Aplausos).

"La Universidad era un faro de inteligencia y razón, y los rectores sucesivos tenían una enorme admiración por lo más sagrado: la autonomía".

Su trabajo como ayudante de bibliotecario en la Universidad, dice, le abrió un mundo, también el magisterio de personas como Emilio Lledó, "quien me ayudó a querer leer", Ramón Trujillo, Gregorio Salvador o Alejandro Cioranescu. Y en el Colegio Mayor San Fernando amó la biblioteca y conoció la literatura de Albert Camus.

"Hay algo que la vida no me ha quitado: aquel amor cuando en el Instituto de Estudios Hispánicos del Puerto de la Cruz me aficioné a los libros y la lectura". A esta institución cedió su biblioteca y de ahí surgió la idea de la exposición que bajo el nombre "Aprendiendo de otros" se muestra desde ayer en la Sala Paraninfo.

"No quería ser el protagonista", así que la exposición recorre las figuras de Domingo Pérez Minik (ese guanche magistralmente encuadernado a la inglesa); Manuel Padorno, José Saramago, Ángel González, Emilio Lledó, Rafael Azcona, Manuel Vicent, Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante, "escritores que empezaban a ser importantes para mi existencia", dijo, al tiempo que aludía a la metáfora de Vicent "como símbolo de los amigos que persisten" y rindió honores a la lectura, a la satisfacción que le produce que los pequeños se inicien en el fantástico mundo de la lectura.

El columnista y escritor se dirigió entonces a los pequeños, a quienes explicó que "el viaje a la Isla del Tesoro es acudir al colegio cada mañana", un tesoro que "no suena en los escáneres y pasa las aduanas: una mercancía inaprensible y valiosa", que tal y como viene el mundo representa "un equipaje rico y valioso".

A la pregunta de Juan Cruz sobre qué tiene que hacer la persona que quiera dedicarse al periodismo, Vicent fue claro: "Leer a Shakespeare y mirar cada mañana por la ventana". Con voz mediterránea fraseó: "Hay que saber mirar, levantarse y sorprenderse ante la evidencia de que el mundo está rodando; la virginidad en los ojos, la conciencia próxima de las cosas y esa habilidad de mirar en un primer plano, en el rostro y a los ojos: allí está la esencia de la historia universal".