Nacional

El atentado en primera persona

Los casos de Javier Ortega, de la Cruz del Señor; Moisés Álvarez, de Ofra, y de la también santacrucera Clara Barrios son los de tres tinerfeños residentes en Barcelona que vivieron desde allí una tarde que, seguro, no olvidarán nunca.
D. Ramos
18/ago/17 6:00 AM
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Andreu Dalmau (EFE)

D. Ramos

Numerosos tinerfeños y canarios vivieron ayer en Barcelona una tarde de tensión, de miedo en muchos casos, a veces de impotencia. Normal en parte en una ciudad que atrae a tantos foráneos y en pleno mes de agosto. Después aparecen esos casos en los que al hecho de estar allí se le unen otros elementos del terreno de las coincidencias y el destino. Es lo que le ocurrió a Javier Ortega, que este jueves sintió que la suerte se había aliado con él.

Javier tiene 36 años y es natural de la Cruz del Señor, en Santa Cruz. En Barcelona reside en una zona turística y suele frecuentar otros lugares que no son Las Ramblas. Pero se había dado la circunstancia de que la pasada semana fue padre por segunda vez y que el miércoles tuvo que dirigirse al Registro Civil, que está "muy cerca" de donde ocurrió todo, explicaba ayer. Paró por los alrededores, desayunó junto a su mujer... "Incluso ella me dijo: vámonos de aquí que hay mucha gente, y nos fuimos a las calles paralelas". Se le había olvidado un documento y ayer tuvo que volver. "Fui solo al Registro y me bajé en esa parada de metro. Estuve por Las Ramblas. Fue tres horas antes de producirse el atentado".

Una idea martilleó en la cabeza de este profesional de la hostelería una vez que tuvo conocimiento de los hechos: "Le podía haber pasado a mis niñas, a mi mujer, a mí...". Se enteró por su suegra. Hablaba con su madre por teléfono cuando recibieron en su casa otra llamada para alertarlos de la noticia. "Enseguida pusimos la tele", apuntó. Por la pequeña pantalla vio el lugar en el que la víspera había desayunado. "Estamos asustados; por dos días hemos rozado la muerte", afirmó. "Tenemos el susto en el cuerpo, la impotencia, el no saber qué hacer, el echar de menos la tierra".

La "foto" que realizaba Moisés Álvarez, de 37 años y del barrio capitalino de Ofra, no era mucho más halagüeña. Gerente de un restaurante, mientras tenía lugar la tragedia estaba trabajando y se fue enterando de las consecuencia del atentado a través de WhatsApp. El establecimiento está ubicado enfrente del Casino de Barcelona y cerca del Hospital del Mar, donde empezó a percibir una actividad anormal a partir de las 17:30 horas. "A uno de mis compañeros lo llamaron porque su madre estaba trabajando en Las Ramblas", señaló. Y comenzaron a llegarle fotos, vídeos... "Fue cuando saltó ya la alarma". Horas después, su relato era el de una ciudad extraña: "Está todo colapsado, no hay autobuses que lleguen al centro; la cosa está mal".

"Acabo de llegar a casa porque me han ido a buscar, y me ha costado la vida", indicaba sobre el desplazamiento hasta su domicilio, donde pudo ver controles policiales, cerrada la Ronda Litoral... "Se percibe que la gente tiene miedo después de lo que ha ocurrido", añadió.

Precisamente en el Hospital del Mar desarrolla su actividad profesional Clara Barrios, también santacrucera, nefróloga de 40 años. De allí salía cuando tuvo lugar la tragedia. "Las imágenes de lo ocurrido en el centro hablan por sí solas", apuntó. "Mi vivencia es la de tener que regresar a casa y ver el camino, en el que siempre hay música, la calle está llena de turistas... Sin embargo, hoy estaba todo el mundo asustado, serio...". Y apostilló: "Había un silencio extraño".

Afincada en la Ciudad Condal desde el año 2002, esta médico ponía el foco en la noche de ayer en la solidaridad, de la que fue testigo entre sus compañeros y, de una forma especial, entre los cirujanos. "Quieren sembrar el caos y ante la barbarie debemos unirnos", planteó dentro de un mensaje en el que, después de una tarde que seguro que no olvidará nunca, también llamó a sobreponerse: "Mañana hay que mostrar valentía y salir de nuevo a la calle".

Shaday: "La furgoneta pasó volando"

Shaday Fernández estaba allí. Pero no en los alrededores, en una calle que acabó acordonada o en un lugar lejano desde el que se escucharon los gritos. No. Fue testigo directo de lo ocurrido hasta el punto de que la furgoneta que causó el atentando pasó por delante suyo. Es natural del polígono de Arinaga, en Agüimes, en Gran Canaria.

Vigilante de seguridad de una tienda Nike de dos plantas, se encontraba en su puesto de trabajo cuando ocurrieron los hechos. "Escuché como una pequeña explosión de algo, no sé si fue un golpe, y aquello hizo que todo el mundo mirara hacia arriba y la gente empezara a correr", relataba en la noche de ayer a EL DÍA. En ese momento se asomó a la puerta y vio lo que sucedía. "Fue cuando la furgoneta pasó volando", expresó. "Se llevó por delante a dos personas, le perdí la visión y al final se escuchó un trompazo".

Entre quienes trataban de huir había muchos que se introducían en el establecimiento. Y se unió que estaba siendo una tarde comercialmente fuerte con el atentado, por lo que en el interior del negocio se terminaron acumulando en torno a unas 200 personas. "Estuvimos dentro hasta hace un rato", explicaba anoche alrededor de las 21:30, hora canaria. "Los Mossos d'Esquadra iban tocando para informarnos de algunas cosas, y después lo hicieron todo muy organizado para salir de la tienda".

Este grancanario, que mañana cumplirá 32 años, actualmente reside en Barcelona en la zona de la avenida Meridiana. Llegar a su domicilio tras el trabajo y la jornada que vivió no fue tarea fácil. No en vano, mientras atendía telefónicamente a este periódico debió pasar un control policial y buscar un taxi en una ciudad que cerró el metro. En ella lleva viviendo once años, con un paréntesis de dos en que se fue al ejército a Fuerteventura.

Mientras caminaba por el centro admitía cierta tensión. "Estaba nervioso al principio, después se me pasó y ahora lo estoy otra vez", indicó. "Siendo el vigilante de la tienda no podía ser el que más nervios tenía", afirmaba sobre la templanza que tuvo que mantener tras los primeros momentos. El paso de las horas fue el mejor antídoto. "A medida que iba transcurriendo el tiempo casi que nos íbamos aburriendo".