Tenerife Norte
VALLE DE TAORO EVARISTO FUENTES

Los barcos, los aviones y las moscas


26/jul/02 18:27 PM
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LA PRIMERA VEZ - octubre del 72 - fui a la Isla de El Hierro por motivos de trabajo. No había aeropuerto y tuve que ir en barco, tipo pequeño "santamaría", que iba dos veces en semana y tardaba quince horas con su noche, pues pasaba por La Gomera, y te dejaba, si podía, en el mal orientado muelle de La Estaca. La sensación de aislamiento se desataba en cuanto subías hacia Valverde y veías que el barco se alejaba de la Isla para no volver hasta tres días después. Al año siguiente, seguí yendo, pero ya en el "foker", que es muy avión de dos hélices muy seguro. Algo se había avanzado en las comunicaciones, si comparamos con el año 1906, cuando el rey Alfonso XIII tuvo que ser llevado a hombros desde la lancha hasta la orilla, y se dio un chapuzón porque al porteador, por la bravura de la mar, al parecer le falló un pie en un risco (en su primera acepción, la palabra "porteador" se aplica a quien carga objetos o cosas; pero el rey, en el campo de la política, es protagonista máximo y queda así cosificado, convertido en cosa para el consumo sentimental fervoroso de sus súbditos...).

Empecé a cogerle miedo a los aviones cuando tuve que ir a El Hierro. Una de las azafatas que iba cuando la pista era corta, antes de que la ampliaran, era esposa de un compañero mío de trabajo, que me decía que, en el argot de los pilotos, en El Hierro había que "dejar caer" el aparato... Ustedes me dirán si no es para coger miedo. Fue una época en que no fui, aunque era por invitación, a un viaje a París y otro a Senegal por pánico a volar. Por no ir a París me perdí el espectáculo de la revista de una Normal Duval en su mejor momento; pero en Senegal, excursión de un día, ida y vuelta, el recuerdo más destacado para los que viajaron fue que la chiquillería asaltaba el autocar pidiendo dinero y ofreciéndose en plan timo de la estampita como cicerones o guías en el recorrido por la capital, Dakar. Luego tuve que ir a Madrid y fui en barco, con dos noches en altamar y doce horas de taxi desde Algeciras, con almuerzo por La Mancha. El taxista me cobró quince mil pesetas (año 79) y me dejó botado con las maletas en las afueras de la capital porque - me dijo - él no conocía Madrid.

En otro "desorden" de cosas, hablemos del choque de los dos aviones que se produjo hace poco en el espacio aéreo centroeuropeo, en "aires" de Alemania y Suiza. Es un tipo de accidente más difícil de ocurrir que el choque de dos moscas en un espacio de cierto modo ilimitado, que revoloteando a su capricho y sin control, jamás se encontrarán si no es que una de ellas persigue a la otra. Si dos aviones comerciales, como el Tupolev y el B-757 de este accidente, intentan chocar adrede, no lo hubieran conseguido en todas las ocasiones. Por eso llama la atención, y para un malpensado sería posible que se tratase de un presunto acto terrorista. La probabilidad de choque de este tipo es - dicen los entendidos - una en un millón y la colisión suele ir precedida de una serie de factores adversos en cadena. En fin, que hablando de moscas, todavía me tiene mosqueado ese choque en cielo suizo-alemán, más aún sabiendo que esos "cabezas cuadradas" lo hacen todo perfecto... ¡Ah! Y que conste que yo no le tengo miedo a los aviones, me monto en el airbus de cuatro motores con la sensación de la más absoluta seguridad. No obstante, toquemos madera, ¡por si las moscas!

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