Tenerife Norte
LOS REALEJOS ELPIDIO H. TOSTE

El banco redondo


1/mar/03 18:35 PM
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EL BANCO de nuestro título, curvado él, y situado en la plaza de San Agustín, nada tiene que ver con esos otros bancos, que te prestan el paraguas en verano, y te lo quitan en invierno.

El banco redondo de nuestra historia no era de ésos. Era de cemento puro; del de antes, sin complicidad con la aluminosis. Era de esos de sentarse; de apoyar en él nuestras posaderas. Y tantos fondillos lo usaron a lo largo de su vida, que aquel asentadero llegó a ser tan liso como el mármol mejor pulido. Sin rechistar, él fue abrillantado durante muchos años con la parte de atrás de los pantalones cortos de los chicos, con los pantalones grandes y con vuelto de los grandes, y con las faldas de tubo o de vuelo de ellas.

Eran los tiempos en que no era posible pensar, ni siquiera adivinar, que las chicas se atrevieran con esa prenda actual en forma de pantalón, tan ceñida, en casos, como metida con fórcep.

Tras este paréntesis viejo - verdoso, digamos que ese banco en forma de curva, era parte de la balaustrada que configuraba la plaza por el Norte y por donde sale el sol, bordeando el viejo convento agustino.

Él fue durante muchos años lugar de encuentro preferido de chicos y grandes, pues, además de banco, era mirador, mentidero y atalaya de cuanto ocurría a su alrededor. Nada que se moviera escapaba a la curiosidad de los mirones: ni carreta lenta y vieja ni hermosa dama ni jovencita de tímido caminar ni caballero andante ni polvoriento peatón ni perro callejero y flaco.

La plaza, y todos sus elementos, incluido el pavimento de losetas de piedra de verdad, se había construido mucho después de haberse erigido el convento de agustinas, y después también del incendio del vecino cenobio de carmelitas descalzos, al otro lado de la calle.

Nuestro banco redondo fue mucho tiempo vecino de la parada de carretas de carga, que quedaba a su espalda, abajo, en la calle de San Agustín, mientras sus mulas abrevaban más arriba, a la espera de algún cliente.

Llegaron, después, los coches y la gasolina, y frente a la parada de carretas de antes surgió, milagroso, el surtidor de gasolina de Texaco, colorado siempre, y hoy monumento local, allí mismo donde siempre estuvo, con coqueto pedestal y todo.

Desde el banco redondo se podía contemplar, cómo mi pariente Eliseo llenaba una y otra vez, y cada día, aquellos volúmenes cilíndricos transparentes, de cinco litros cada uno. Y cómo, en un ejemplo de cabal honradez, escurría hasta cuatro veces la manguera para que no quedara en ella ni una gota de gasolina. ¡Qué tiempos aquellos!

Aunque en aquel pasado los coches no eran tantos, ¿cuántas cientos de miles de veces, en suma, fue movida aquella palanca a brazos de mis tíos Pedro y Eliseo, y de Eliseo y Manola, sus hijos, y de Benito, y de Eugenio, en fin, el último servidor de aquella especie de marciano colorado y tieso?

En las fiestas, también el banco redondo hacía su papel: servía de puente para que los músicos no viejos saltaran hasta el tabladillo.

Los domingos de la octava del Carmen, solemnidad la mayor para el estreno de trajes, los hombres, desde el banco redondo y sus aledaños, y aunque no tanto como las propias mujeres entre sí, observaban el pasar de ellas, con sus trajes haciéndoles cosquillas en los mismísimos tobillos, rectilíneos como autopistas, sin curvas, nada insinuantes, pamelas la mar de elegantes y abanico en mano, como cable a tierra con que aplacar los nervios ante la mirada de aquellos "atrevidos" hombres que las miraban, y ante la mirada con el rabillo del ojo de las otras Evas que también lucían traje nuevo.

Al final, la destrucción. Es decir, la piqueta. Tras el incendio del convento, y para la reconstrucción del Santuario, había que remodelar la plaza.

Nos aseguran que la vida es sólo el presente. Que pasado y futuro no existen. Mas el hombre es también portador de sentimientos, y entre ellos, felizmente, el de emocionarse recordando el pasado con deleite.

LOS REALEJOS ELPIDIO H. TOSTE