Tenerife Norte
DESDE EL AREÓPAGO BRAULIO JIMÉNEZ DE PAZ

Desafección


6/mar/03 18:35 PM
Edición impresa

UN GRUPO POLÍTICO de Tacoronte pide que se desafecte la depuradora de barranco de Las Lajas, la cual fue financiada en 1995 por el antiguo Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, reclamando al gobierno local que se investiguen unos supuestos actos vandálicos y el estado de deterioro y abandono en que se encuentra, pidiendo la desafección de tales instalaciones al Ministerio de Fomento, ya que le pertenece la obra. Seguramente no se habrá jugado con el sentido de las palabras, ya que si "desafecte" proviene del verbo desafectar que significa "declarar formal o tácitamente que un bien de dominio público queda desvinculado de uso o servicio público", no así desafección, que significa "mala voluntad" y cuyo vocablo correcto es desafectación, acción y efecto de desafectar. Al margen de cuestiones semánticas, lo cierto es que hubo mala voluntad o desafección para acometer una obra con tecnología propia de los primeros años del siglo pasado (fosas Imhoff) y que costó la friolera de 1,5 millones de euros, y también que se hubiese elegido un lugar tan inverosímil como el barranco de Las Lajas y que se construyese en plan experimental. Los resultados están a la vista. No ha entrado en funcionamiento ni nunca lo hará, los parámetros de proyecto estuvieron basados en premisas falsas, así como la falta de previsión para futuras contingencias lógicas, como lo es el aumento de población a diez o veinte años vista. La recuperación de una instalación de depuración de aguas residuales urbanas de este tipo es prácticamente imposible, a no ser que viajemos cien años al pasado.

No es de extrañar que ni el Ayuntamiento ni el Consejo Insular de Aguas ni la Consejería en materia de Aguas ni el propio Gobierno de Canarias, que son los cuatro entes responsables que cita el Reglamento de Control de Vertidos para la Protección del Dominio Público Hidráulico (Decreto 174/1994, de 29 de julio), quieran hacerse cargo del adefesio. La muestra de la incompetencia de nuestras autoridades en materia de depuración y vertido queda patente en toda la geografía insular, donde las obras faraónicas se derrumban como una ofrenda de su inutilidad. ¿Qué piensan hacer con esas obras? ¿Habrá algún programa electoral que las cite para bien o para mal? Déjenlo como está. No será nada bueno remover tanto detritus, porque su hedor salpicaría a propios y extraños. No es buena la desafección, ¡oiga!

DESDE EL AREÓPAGO BRAULIO JIMÉNEZ DE PAZ