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ELPIDIO H. TOSTE

Pedro González Hernández, Hijo Adoptivo de Los Silos


5/abr/03 18:37 PM
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"Aunque el hombre lo haya dato todo, poco habrá dado, si él mismo no se dio".

RECIENTEMENTE, el Ayuntamiento de Los Silos tuvo a bien nombrar Hijo Adoptivo de la Villa a nuestro querido paisano Pedro González Hernández. Es algo así como tomar como hijo a quien no lo es por naturaleza. Así de fácil.

Pero en la vida cotidiana, cuando se plantea la adopción de un hijo, tras las mil dudas y el combate casi infinito contra el papeleo, la familia adoptante ha de asumir todos los riesgos que acarrea el hecho de un nuevo individuo que llega a integrarse en un hogar para él extraño.

Puede suceder que ese hijo adoptivo resulte una bendición total. Pero también puede suceder que sobrevenga - aunque sea excepcionalmente - como un desgraciado accidente que acentúe el drama de la familia adoptante.

En este tipo de trances, esas entidades locales que son los ayuntamientos se constituyen en padres adoptantes afortunados, en cuanto que, en ningún caso, corren riesgo alguno: cuando deciden la adopción ya conocen de antemano, y que muy bien, a ese nuevo hijo que llega a engrosar el padrón afectivo de habitantes, no por un advenimiento natural, sino en virtud de un riguroso acuerdo plenario, muy bien fundamentado acerca de la vida y obras del adoptado.

Este es el caso de don Pedro González Hernández, nuestro amigo de siempre, Pedro el del barranco, sobre-apellido este que le honra por cuanto, si bien parece invocar una humilde cuna - hermosamente humilde en tal caso - , llega enriquecida sin límite con el ejemplar calor amoroso que recibió de los suyos; ese mismo calor que le sirvió de básico soporte y, después, de apasionado impulso para saber superarse.

Aquí... ¡qué eficaz catapulta han venido a formar la humildad y el amor de hogar!

Nos atreveríamos a pensar que no sólo el amor es ciego. Que también pudiera ser ciega la amistad. Esa amistad que nos impide ver los defectos de la persona amiga, aunque, al fin, los defectos no vienen a ser sino la excepción de la virtud, que la confirman, pero que no nos ciega.

En virtudes y defectos, Pedro Barranco no podía quedar fuera, y ser distinto.

Diríamos, más bien, que Pedro es hombre con un "distinto" particular más acentuado. Porque pensamos que Pedro Barranco es un hombre que ha hecho de su modestia una suerte de intermitente tropezarse con sus propias barreras, que, en alguna medida, le han impedido lanzarse a esas mayores empresas a las que él está llamado, acorde con su propia formación académica, con su sentido de la inquietud, y desde el convencimiento de que, en efecto, darse es lo supremo en el hombre.

Maestro nacional, periodista, estudiante empedernido - ahora de Historia contemporánea - , estupendo charlista que sabe "entrar" en la gente, amante del pasado histórico y de la realidad cultural de sus pueblos, hombre emprendedor, lleno de iniciativas, que no siempre puede llevar a su fin... Pedro pone en todo ello el calor propio de los amantes sin reservas.

Este Pedro nuestro, hijo de dos pueblos, ha desarrollado su labor docente durante treinta y siete años en la villa de Los Silos, larga y fecunda labor, a la que hay que añadirle otra larga lista de inquietudes y realizaciones, que la Corporación silense le ha sabido premiar.

Pero don Pedro González Hernández - el maestro - sabe también que la enseñanza es algo más - bastante más - que el frío meterle la letra al alumno: con los libros nos llega la cultura; con el maestro nos debe llegar el ejemplo de su conducta, de su saber ser y estar, que convierte lo aprendido en entusiasta trampolín hacia el interés por las cosas nobles, por lo bello y lo desinteresado, por la mejora de la propia estima, por el entusiasmo, por la alegría, por la actitud siempre ilusionante de darnos a los demás. La siguiente etapa del aprendizaje nos la dará la propia vida: es la sabiduría.

Pedro sabe mucho de todo esto. Y sabe también que, detrás de una labor así, densa y dilatada en el tiempo y en la geografía, tiene que existir otro elemento fundamental. Es el apoyo, el impulso tenaz, continuo, sutil con frecuencia, de una criatura en la penumbra que lo posibilita todo: es la esposa.

Premiada también por la Consejería de Educación por su ejemplar y larga vida de enseñante, Carmita Dorta es esa especie de hada de hogar - quizá, con pantuflas rojas y verdes, de amor y esperanza - que supo echar en silencio, de puntillas, el aceite en la lamparita, con cuya luz el esposo iba haciendo su camino.

Cosas así no se premian sino con el mucho amor recíproco, o con la íntima satisfacción, siempre callada - que es la forma de asimilar las grandes cosas - , de sentir con humildad el triunfo de lo que se hizo con humildad.

En fin, querido matrimonio: felicidades por las conquistas conseguidas y por haber entendido que, efectivamente, nada de las cosas de este mundo, ni siquiera el triunfo, es enteramente nuestro si no lo compartimos con el otro. Sea enhorabuena.

ELPIDIO H. TOSTE