Tenerife Norte

San Juan de la Rambla y la triste nostalgia de las pinocheras


14/nov/03 18:46 PM
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ES EVIDENTE QUE NO DESCUBRIMOS nada nuevo si afirmamos que la calidad de vida ha dado un giro de ciento ochenta grados, comparando aquella primera mitad del siglo pasado con la actualidad. Para los que, ya hace rato, nos hemos familiarizado con las canas, no nos acaba de convencer ?y lo repetiremos las veces que haga falta? la filosofía del célebre verso de Jorge Manrique al aludir que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Claro que en su haber tenemos que decir también que en el verso precedente hacía constar la frase "al parecer", lo que significa que no estaba tan seguro. Falta decir también que eran otras circunstancias políticas, económicas y sociales las de su época.

Esta indiscutible transformación en todos los sectores de convivencia poblacional se observa en las capas sociales; sin embargo, en lo que respecta al municipio de San Juan de la Rambla, posiblemente por su configuración orográfica y su estructura histórica, social, cultural, económica y hasta climatológica, se haya notado más esa metamorfosis sobre el "modus vivendi".

Como botón de muestra que refleja aquella precaria situación, evocamos el recuerdo de la dura ocupación de muchas jóvenes de la zona de medianías que se dedicaban al sacrificado oficio denominado "pinocheras". Téngase en cuenta que la inmensa mayoría desconocía la escuela pública, sencillamente porque no existía. Desde las primeras horas de la madrugada, con la soga, el rutinario gancho para recoger la pinocha y el inseparable "pelotito" de gofio, emprendían la caminata hacia el monte ?seis u ocho kilómetros de recorrido?. Lo hacían, casi siempre, en pequeños grupos y las zonas del monte eran elegidas al azar, ya que el pinar se caracterizaba por la escasez de pinocha, cuya circunstancia explica perfectamente que no se produjeran incendios forestales en aquella época. Tras largas horas de laboriosa búsqueda, reunían el "jace". Era el momento oportuno para reparar fuerzas con el tradicional bocado de gofio. Y ¡venga!, ¡vámonos! Ayudaban a la primera a subir a la cabeza aquel voluminoso ?y hasta artístico? haz de pinocha. Ésta buscaba un lugar adecuado para cargárselo de nuevo y ayudaba a sus compañeras para emprender el regreso.

Con los cincuenta, sesenta y hasta ochenta kilogramos de peso ?habitualmente lo comercializaban a razón de una "perra gorda" el kilo? aliviaban el sacrificio emulando sus cantares a todo pulmón. Aquí sí es oportuno decir aquello de que "a mal tiempo buena cara" y, por supuesto, los políticos tendrían materia suficiente para definir dónde estaban los espacios sociales de derechas y de izquierdas. Hoy, afortunadamente, encuentran más confusión.