La Palma

Detrás de la clausura

Tras los muros del Monasterio del Císter, en Breña Alta, ocho monjas, de las que seis son palmeras, mantienen desde hace 64 años una vida contemplativa, de oración y trabajo continuo, que ahora, en el décimo aniversario de la creación de su actual hogar, se abre al conocimiento de la sociedad de la Isla.
M. CHACÓN, Breña Alta
30/may/10 7:52 AM
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La vida monástica, la de clausura y contemplación, es difícil de entender por sí sola, a no ser que el que la valore base su análisis en los fundamentos de la fe. La comunidad de monjas asume en sí el servicio de alabanza, oración y trabajo continuo, como pilares tradicionales. Sin embargo, clausura no significa puertas cerradas, aunque pueda entenderse como tal.

Ahora, tras 64 años de presencia silenciosa, casi desapercibida (llegaron a la Isla procedentes de Gran Canaria en 1946), los palmeros tienen la posibilidad de conocer más de cerca y convivir (en muchos aspectos cotidianos) con las ocho mujeres que habitan tras los muros del Monasterio del Cister, en Breña Alta, con motivo de la celebración del X aniversario de su casa, que fue construida para sustituir su primer cobijo.

Dentro del monasterio, bajo la dirección de la abadesa y madre superiora, Rosario, habitan en silenciosa clausura otras siete hermanas, de entre 65 y 85 años: Bernardita, Nieves, Mercedes, Josefina, Carmen, Pastora y Rosa, todas nacidas en La Palma, excepto Bernardita, que al igual que Rosario procede de Gran Canaria. Estas monjas, junto a otras tres repartidas por varios puntos de la Península, son las únicas personas de la Isla que desarrollan una vida contemplativa.

Pese a permanecer dentro del Monasterio, nunca han estado cerradas a la sociedad, pero tampoco tan accesibles como ahora, con las jornadas de puertas abiertas y lo que se da a llamar "hospedería monástica", que permite a cualquier persona pasar varios días en el monasterio, sólo por la voluntad, con mayor presencia que la entrada limitada que hasta ahora se reservaba a las personas con mayor convicción religiosa. A estas atractivas posibilidades se une la de acudir a una conferencia cada viernes dedicada a "La vida monástica y el Císter de La Palma".

Un sitio para encontrarse.- Es una manera perfecta para conocer a esta comunidad religiosa y profundizar en su singularidad, en su carisma monástico, además de encontrar un espacio ideal para todos aquellos que necesitan, en algún momento o de manera periódica, hacer un alto en el que pararse a orar y encontrarse consigo mismo, con los otros y, si así se lo plantean, quizás hasta con Dios. El clima de paz que dibuja cada rincón de este monasterio contribuye a alcanzar cualquiera de esas posibilidades.

La comunidad cisterciense de la Santísima Trinidad en La Palma dice que siempre ha estado abierta a la Isla. Pero lo cierto es que la clausura limita sus salidas del monasterio a lo estrictamente necesario. Por eso, en esa apertura de la que hablan, la acogida forma una parte esencial para acercarse a la sociedad palmera.

Orar siete veces al día.- La oración atraviesa, como columna vertebral, la vida de la comunidad. Siete veces al día, las monjas acuden al coro para realizar su oración de alabanza. Hasta ese momento se abre al que quiera participar.

Pero, además, ofertan ser parte del resto de aspectos que conforman su espiritual forma de vida. El principal de ellos, el trabajo, como medio de subsistencia y posibilidad de ejercer la caridad. Aunque en sus comienzos, las monjas realizaban bordados de ornamentos litúrgicos o cuidaban gallinas, en la actualidad esta labor se centra en la elaboración de dulces artesanales. También habrá tiempo para el estudio, la oración personal, la formación y la convivencia fraterna, en lo que en un monasterio cisterciense se define como una "escuela de caridad fraterna".

Un absoluto silencio.- Eso sí, cada una de las ocho monjas realiza esta labor en el más absoluto clima de silencio, expresando una actitud de escucha continua, que la ayuda a realizar lo que da sentido a su vida personal a lo largo de su existencia: la búsqueda continua de Dios. Es ahí donde se enmarca el sentido de su estabilidad en un ámbito de clausura. Un aspecto en ocasiones no bien entendido, pero que forma parte esencial de una vocación centrada en la entrega a la escucha continua de Dios y del hombre, en vigilia continua de oración, incluso cuando trabajan.

Así es y así ha sido desde el comienzo. Pero ahora la clausura ya no significa puertas cerradas y cualquiera puede comprobarlo.