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Desde Bielorrusia con Amor

Casi cuarenta niños de la ex república soviética, afectados por la tragedia de Chernobil, están en la Isla acogidos por varias familias. El parque Viera y Clavijo es el centro de sus juegos y actividades.
JOSÉ, D. MÉNDEZ, Tenerife
23/jun/03 18:11 PM
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La relación entre Santa Cruz, en particular, y Tenerife, en general, con Bielorrusia y los niños de ese país afectados por la catástrofe nuclear de Chernobil viene de lejos y ya son varios los años que acuden fieles a la cita para mejorar su salud durante el tiempo, una media de aproximadamente dos meses, que pasan en estas tierras.

María y Natalia son las dos monitoras que cuidan de estos 39 críos cuyas edades oscilan entre los siete años de Iván, el más pequeño, y los 16 de la "arisca" Olga, que no quiso posar en la foto ni hablar, pese a que domina el español a la perfección. Natalia, una chica muy joven, se muestra contenta con esta experiencia y se ocupa de los aspectos lúdicos. María ya es una veterana que se dedica a las cuestiones más académicas, aunque visita Canarias por vez primera después de varios años acudiendo al País Vasco y a zonas de Madrid.

María comenta en un perfecto español, estudiado en la universidad y practicado en esas visitas al país, que "a estos niños los conocí en el aeropuerto de Minsk, de donde soy y donde trabajo, el pasado 13 de junio porque vienen de diferentes regiones. Todos repiten, salvo cuatro, dos en cada turno, y algunos son ya veteranos". María habla orgullosa de su país, la República de Bielorrusia, y con agradecimiento de Santa Cruz, de Tenerife y de Canarias.

Los chicos están acogidos, como en anteriores ocasiones, por familias, en su mayor parte de la capital, que pertenecen a la Asociación de Ayuda Independiente a los Ni-ños del Desastre de Chernobil (Aindecher). Aindecher promueve la creación de dos tipos de socios: de acogida, que se prestan a recibir a los niños en sus hogares, y colaboradores, que efectúan una aportación económica trimestral. A la expedición que ya se encuentra en la isla se unirán otros 15 niños a partir del 11 de julio, lo que totalizará los 54 que estarán aquí hasta el 29 de agosto.

Aindecher ha organizado para ellos actividades diarias en el parque Viera y Clavijo, su centro vital desde primera hora de la mañana cuando los dejan unos "padres" que los recogen sobre las tres de la tarde. No sólo juegan sino que estudian castellano muy temprano en el aula número cinco del parque. Además, están programadas comidas de hermandad y excursiones por varios puntos de la Isla.

Los niños bielorrusos suelen viajar hasta Tenerife en verano y Navidad, para realizar su saneamiento sanitario. Pertenecen a fa-milias con muy pocos recursos materiales, que residen en zonas muy cercanas o directamente afectadas por la catástrofe producida después de la explosión del reactor número cuatro de la central nuclear de Chernobil el 26 de abril 1986, que vertió a la atmósfera una radioactividad cuarenta veces superior a la que produjo el bombardeo atómico estadounidense sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

El régimen de vientos imperante en la zona hizo que la radioactividad afectara sobre todo a las repúblicas rusas situadas más al norte como Bielorrusia, que con una población de más o menos un tercio de la española, y una extensión de la mitad, vio cómo la natalidad descendió los primeros nueve años hasta en un 70% y la mortalidad aumentó un 25%.

Durante su estancia en la Isla, los niños, que son sometidos a periódicas revisiones médicas, tienen la oportunidad de disfrutar del sol y de la playa, además de tomar alimentos sanos. Sus monitoras dicen que "todo esto les ayuda luego, en nuestro país, a soportar las bajas temperaturas, de hasta treinta grados bajo cero". Los niños fueron las principales víctimas de la radiación en Bielorrusia y se calcula que siguen contaminados unos 400.000 y muchos desarrollarán cánceres terminales como el de tiroides o la leucemia. Su permanencia entre nosotros, con la posibilidad de respirar aire no contaminado y consumir alimentos limpios, reduce la posibilidad de enfermar y contrarresta en lo posible los terribles efectos de la radioactividad, como el envenenamiento del suelo y las aguas.