Santa Cruz de Tenerife

Braulio Siverio: el espíritu vivo del hombre de Anaga

Vecino de Roque Negro, donde nació y vive, a sus 87 años representa a una generación sufrida, pero que supo salir adelante.
J.D Méndez
23/ago/14 1:23 AM
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Braulio Siverio Suárez, hace unos días en la plaza de su pueblo, Roque Negro./J.A.

Al fondo de la plaza de Roque Negro se dibuja de buena mañana la figura de un hombre enjuto, al que se le nota el paso del tiempo en su cuerpo, pero que mantiene firme el paso con la ayuda de una vara. A medida que se acerca al visitante se agranda su sonrisa y cuando le da la mano con fuerza se nota que el trabajo ha deformado sus huesos. Nobleza, mirada limpia y humildad en persona: Braulio Siverio Suárez, 87 años.

"Soy nacido y criado aquí", dice. Luego, socarrón y entre risas, aclara: "Mi primer oficio fue una burra porque tener una burra entonces era tener un tesoro. Para cargar por estas cuestas (la orografía marca) o para ir a coger papas. Tuve dos vacas con 14 años y con 15 las llevaba a barbechar la tierra para el trigo, que se daba bien".

Ya de adulto Braulio trabajó en "la carretera de Anaga, un gran adelanto. Y no dejé el monte, del que aprovechábamos casi todo".

Su historia laboral estuvo relacionada hasta que se jubiló con "la construcción. Primero en El Tanque de San Andrés y luego en Charco del Pino para hacer la carretera que bajaba de Vilaflor por San Isidro hasta San Miguel".

Braulio siempre ha vivido en Roque Negro: "Donde mejor estoy". Tiene tres hijos y cuatro nietos, su orgullo. "La vida ha cambiado para mejor. Yo lo que hacía era trabajar y trabajar. No había luz eléctrica, ni teléfono, se iba a buscar el agua a la galería de Catalanes...". Recuerda de dónde viene el nombre de la asociación de vecinos, Nube Gris: "Basta ver el roque en invierno. Siempre está rodeado por una corona de nubes. No se comieron mucho la cabeza".

El centro del barrio, La Porquera, Pedro Martín, Perera, Lomo Madroño -"donde me subía al roque pelado a comerlos cuando no había carretera"-... Braulio recorre a diario, a paso ligerito, pero sin prisa, el entorno que conoce como la palma de su mano nervuda. Y con "una rebequita" en este agosto extraño y fresco

"Nací el Día de Canarias. Espero llegar al próximo como mínimo", dice mientras se aleja, palo en mano, tras rechazar ir en coche. Lo suyo es caminar. Es el espíritu, bien vivo, del hombre de Anaga.