Sucesos
JUAN MARRERO GONZÁLEZ

El gigantismo administrativo


11/feb/02 9:33 AM
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CLAROS SÍNTOMAS de un crecimiento desmesurado se advierten en nuestras Administraciones, la central, la insular y las locales: duplican o triplican entre ellas las mismas funciones; solapan sus competencias y, mientras se aferran a las que tienen, exigen abarcar otras nuevas; inauguran nuevas mastodónticas sedes que enseguida se les quedan pequeñas... Extienden sus oficinas en un doble movimiento, centrípeto y centrífugo, el primero en orden a centralizar y aunar la información y los servicios, el segundo en orden de acercarse a los administrados... así inauguran constantemente nuevas oficinas centrales y nuevas sucursales. Cada nuevo despacho se llena de mesas y por cada mesa luchan varios pretendientes; así, paralelamente, crece también el interminable árbol del organigrama donde la denominación de cada función resulta un larguísimo trabalenguas, tal como asesor jurídico del consejero del secretario general del subdirector de la Cooperación Exterior en Organismos Reconocidos de Regiones Subdesarrolladas de Hispanoamérica. Organigramas difíciles de recorrer para el peregrino que busque quien le informe o quien pueda ayudarle en su problema, pues en tal laberinto administrativo se pasan la pelota unos a otros, porque en última instancia todo está relacionado entre sí de alguna manera. Así la gestión administrativa se encarece sin demasía y resulta siempre lo mejor privatizarla, pues en las empresas privadas se reduce adecuadamente personal y se mide el rendimiento de cada empleado.

Llegado a este punto, me surge la pregunta: ¿Tienen todos los órganos de las Administraciones asignados parámetros para medir y valorar la necesidad real de cada puesto de trabajo, la no duplicidad de sus funciones; y, en caso de un resultado positivo, tienen también otros parámetros para poder valorar la verdadera eficacia de aquel que lo está desempeñando?

En la empresa privada los empresarios, los que ponen el capital, vigilan la salud y funcionamiento de todo el organismo productor. Por tanto - deduzco - , no es de extrañar que nosotros, los contribuyentes, los que pagamos, nos preocupemos por el buen rendimiento y la eficacia de nuestras Administraciones.

JUAN MARRERO GONZÁLEZ