Santa Cruz de Tenerife
A BABOR FRANCISCO POMARES

Una censura inútil

14/jun/17 5:59 AM
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No todas las mociones de censura se presentan para ganarlas. De hecho, lo normal es que no se ganen. Cuando hay opciones reales de montar una censura que pueda prosperar, lo más probable es que el censurado se retire antes de que se vote. Pero incluso las censuras que se pierden pueden ser útiles: Felipe González no ganó su moción de censura contra Adolfo Suárez, pero supo venderse como la alternativa desde el centro izquierda que acabó siendo. Antonio Hernández Mancha presentó una censura perdida de antemano contra González, y no sólo la perdió, también perdió el debate y desapareció de la Historia...

En ese sentido, la censura de Podemos a Mariano Rajoy, además de ser legítima (en democracia es legítimo todo lo que se haga respetando las leyes), es una operación de propaganda bastante inútil, bastante burda y bastante cara -lo recordaba ayer una enfadadísima Ana Oramas-, con el fin de recordar de nuevo -como si hiciera mucha falta- la corrupción y el despilfarro, que han sido las señas de identidad del PP durante la pasada legislatura. Y de paso presentar el perfil más "presidenciable" de Pablo Iglesias, que parece haber entendido que parecer más presidenciable es ponerse una chaqueta...

Pero ocurre que esta censura no sólo demuestra eso: también ha hecho más que patente el aislamiento político de Podemos, su incapacidad para sumar voluntades, su precipitación por agotar todos los mecanismos y el recurrente e infantil adanismo que caracteriza a un partido (o movimiento o lo que sea que sea Podemos) cuyos líderes parecen más empeñados en mantener su cuota de pantalla en la tele que en ocuparse de una vez de los problemas reales de los españoles. Es triste constatar que ahora pretenden venderle al país que quieren justo lo que impidieron hacer a Pedro Sánchez -presidir un gobierno de centro izquierda- cuando de verdad existía esa oportunidad.

Pero lo más evidente de esta moción de censura, más allá de los artificios, el teatro, los cruces de acusaciones y el nulo éxito en lucimiento perseguido, es que pone en claro que los únicos apoyos a Iglesias proceden de la izquierda que apoya la sedición catalana, unos socios en el camino a ninguna parte, a los que Iglesias devuelve su apoyo poniéndose del lado de los que plantean una consulta unilateral e ilegal.

Iglesias es un gran personaje: para su público posee un carisma extraordinario, capacidad de seducción y una inteligencia fuera de lo común. Pero -como suele ocurrir con frecuencia- esas cualidades han hecho de él un hombre tan pagado y creído de sí mismo que quiere ser el centro de la atención pública de manera permanente. En política y en democracia, el reconocimiento de las mayorías no viene porque uno sea más listo, más guapo (creo que no es el caso) o más rápido sacando la faca. Viene de la capacidad de articular consensos, de la habilidad para situarse en un mínimo común denominador asumible por casi todos, sin defraudar a los tuyos. En una sociedad moderna, el discurso unidireccional de Iglesias se agota en sí mismo, se desinfla como un globo pinchado. La censura ha sido otra operación fallida de "marketing" virtual, aplaudida cansinamente por unas redes controladas por la cuadra podemita, pero con escasa capacidad para articular políticas de cambio más allá del ruido o la protesta.

El último fiasco de la gran promesa de la nueva izquierda. Pero no porque la censura se haya perdido: porque se ha hecho no para sumar voluntades, sino para marcar las diferencias entre Iglesias y todos los demás.