Santa Cruz de Tenerife
A BABOR FRANCISCO POMARES

Otro artículo inútil sobre la banalidad

18/ago/17 6:00 AM
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Me avergüenza decirlo, porque soy periodista y debería estar más pendiente de las cosas que ocurren, pero la verdad es que estaba ocupado en una mudanza y me enteré por guasap. Recibí una veintena larga de anagramas de Barcelona con lazo negro, bienintencionadas declaraciones de rabia, memes plagados de velitas y sentimientos, vídeos de la camioneta estrellada y su reguero de personas destruidas para siempre, otros de una actuación policial grabada por un vecino desde los postigos de una ventana, algún exabrupto contra los blandos con el terrorismo (entre los que al parecer debo estar), y hasta un único y poco procedente comentario en contra de los catalanes, aprovechando que el Llobregat pasa por Cataluña, que la mitad son independentistas y que se merecen que pierda el Barça y cualquier otra cosa mala que les suceda. Estoy absolutamente harto de que mi móvil -y el de las personas a las que yo aprecio- se llene de escenas macabras enviadas por conocidos que creen que con eso contribuyen a algo. Estoy cansado de esta sociedad del espectáculo que ha convertido la atrocidad y el sufrimiento de los demás en no sé muy bien qué clase de sucedáneo macabro de la libertad de expresión. Estoy asqueado de que millones de compatriotas -empezando por los periodistas- creamos que informando así de un atentado terrorista se contribuye de alguna manera a algo.

Ayer vivimos la octava atrocidad desde el verano pasado, el atentado número ocho en Europa, usando vehículos. Barcelona se suma a la lista de capitales europeas en las que alguien confirma que si quiere matarnos puede hacerlo, y además va a lograr -gracias a nosotros mismos, nuestros medios de comunicación y nuestros dispositivos- todo el eco que busca. Para que la crueldad se perciba, para que un crimen (realizado con un arma tan difícil de conseguir como un furgón de transporte idéntico al que yo alquilé ayer para hacer mi mudanza) contribuya a alimentar nuestro miedo y nuestro odio. Los hay que piensan que la solución es blindar el mundo, ponerle fronteras, rodearnos cada uno de nosotros de más alambre de púas. Es falso que eso consiga nada. Si han demostrado algo los últimos atentados es que quienes los han perpetrado no son sirios, egipcios o pakistaníes, mucho menos gente llegada en pateras o en barcazas a las costas de Europa. Los asesinos son vecinos nuestros, ciudadanos de la Unión Europea, con pasaporte de color fucsia. Los asesinos son personas que quieren matarnos y saben cómo hacerlo. Tanto da que sus motivos sean que se les ha aparecido el Pato Donald y se lo ha pedido, como que crean que matar a mujeres, niños y ancianos que pasean por una calle es un acto revolucionario, una reivindicación del islam o lo que sea. Estos asesinos -como todos los asesinos- son locos. Locos furiosos que matan en todas las naciones del mundo, y -aunque eso no sirva de consuelo- matan mucho menos en Europa y América que en los otros continentes, porque aquí les resulta más difícil disponer de explosivos y tienen que recurrir a furgonetas o camiones. Los asesinos son una plaga, una peste a la que hemos de acostumbramos, como nos hemos acabado acostumbrando a la gripe, a que centenares de personas mueran en nuestras carreteras, contraigan cáncer por fumar o se ahoguen en el mar. Hay que intentar reducir la capacidad que esta peste tiene para matarnos, como intentamos acabar con la que tiene para matarnos la gripe, los accidentes de circulación, el tabaco o los descuidos en el mar. Con policía, con controles, con prevención, con cambio de algunas costumbres. Lo que es seguro es que no vamos a conseguir nada prometiendo que esto no nos volverá a ocurrir, o contribuyendo con nuestra televisión, nuestros móviles y redes y nuestra banalidad a que estos asesinos se salgan con la suya, que logren su objetivo -meternos el pánico en el cuerpo-, que veamos esos cadáveres destrozados -viralizados como memes del terror- y que toda Europa sucumba a su perverso juego.