Santa Cruz de Tenerife
A BABOR FRANCISCO POMARES

Banderas

9/oct/17 6:12 AM
Edición impresa

De niño me gustaban mucho las banderas. Me gustaban tanto que tenía un álbum de cromos con las banderas del mundo y me las sabía casi todas, por lo menos las de que salían en mi colección de cromos, que en aquel momento era el mundo para mí: los países de Europa y algunos más de América y de África. De todas las banderas, la que más me gustaba era la mía: era muy parecida a la mía de ahora, pero el escudo estaba protegido por un pájaro enorme de plumas negras y era tanto y tan grande lo que los niños de entonces sentíamos por aquella bandera que formaba parte indisociable de nuestras vidas. Se izaba todas las mañanas a las ocho en el patio de nuestro colegio, y la pintábamos en nuestros cuadernos en la primera página, al lado de nuestro nombre y curso y edad. Y salía a todas horas en el No-Do y en la tele, y las calles estaban muy llenas de banderas y la gente las colgaba en los balcones los días de fiesta.

Poco antes de cumplir los 18 murió Franco, y la bandera que tanto me gustaba de chico dejó de gustarme. No me pasó solo a mí, ni me pasó solo con ella. Dejaron de gustarme otras banderas también, y empecé a llevar en la chaqueta una insignia con una de tres colores, parecida a la mía, pero con la parte de debajo de color morado. A veces la cambiaba por una de color rojo, que me parecía entonces era más decente porque era la bandera de los pobres. A los veinte y muy pocos empecé a viajar por el mundo y a ver las cosas que se hacían contra los demás en nombre de banderas o por gente agarrada a una bandera, y las banderas -incluso la bandera roja- comenzaron a parecerme muy peligrosas. Un día, antes de darme cuenta, habían dejado de interesarme todas. Las sentía como trapos de colores.

Pero seguí creciendo. Aprendí que esos trapos representan cosas que son muy importantes para mucha gente. Son el símbolo de un compromiso, surgido de la historia o incluso de la voluntad. Decidí entonces no despreciarlas, y como seguía viajando mucho -lo hice con frecuencia hasta bien entrado en la cuarentena- empecé a apreciar nuevamente algunas banderas, sobre todo de color azul: la de las Naciones Unidas, la de Europa... banderas que representan la voluntad de que las banderas no nos enfrenten. Banderas cargadas también de fracasos y horrores -como todas- pero que significan avanzar en dirección a un mundo de personas iguales y sin fronteras. Nunca recuperé la pasión de mi infancia por mi bandera, ni siquiera cuando se usó contra otros en ridículas demostraciones de fuerza -en Irak o Perejil-, pero aprendí a entender lo que significa como símbolo de paz y confianza para millones de españoles.

Ayer, centenares de miles de banderas salieron a las calles en Barcelona para decirles a los de las otras banderas que ellos también existen, y que no debe ni puede hacerse nada sin contar con todos. Me gustó ver ese mar de banderas de los mismos colores -rojo y amarillo- que las banderas enarboladas por los otros algunos días atrás. Sobre todo me gustó ver que entre los cientos de miles de banderas muchas eran las de los otros, porque esta bandera nuestra de ahora hace años que quiere ser la suma de todas las banderas del país. Representa a los que creen en ella y a quienes no creen en ella, representa los derechos e ilusiones de los que el día antes llenaron las calles de toda España de miles de banderas rojigualdas y de todos los colores, y a los que se vistieron de blanco para pedir que hablemos -en todos los idiomas- y resolvamos nuestros conflictos, y representa también los derechos de los que no creen en ella, incluso de los que quieren abolirla a la fuerza.

Siguen sin gustarme demasiado las banderas, pero ayer descubrí que sí me gusta -y mucho- lo que quieren y defienden y dijeron quienes sacaron ayer sus banderas -y las otras- a las calles de una ciudad en la que algunos quieren que ondee solo una.