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A BABOR FRANCISCO POMARES

La guerra silenciosa

15/mar/19 6:33 AM
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Siete aeronaves Boeing 737 Max, de varias compañías aéreas, permanecen en tierra en Canarias. Son solo una parte mínima de la inmensa flota a la que se ha prohibido -ya en todo el mundo- operar en el espacio aéreo internacional. Se ha hecho por la seguridad de los viajeros, según nos dicen, y el detonante han sido dos accidentes encadenados en poco espacio de tiempo, en los que han muerto casi 350 personas. Ambos accidentes se produjeron, según parece, por un conflicto entre los pilotos y el sistema automático de los aviones, extraordinariamente perfeccionado. Tanto que, en vez de auxiliar a un vuelo más seguro, provocó los accidentes. En una decisión sin precedentes en la historia de la aviación comercial, se inició una escalada de prohibiciones de operar en distintos países, que finalmente ha llegado a ser total. Deberíamos estar satisfechos de que los organismos internacionales velen por nuestra seguridad como pasajeros.

Pero eso es solo una parte de la historia. Hay más: por ejemplo, la que recuerda que la automatización puede provocar accidentes, por supuesto, pero también los evita, para eso se creó. En unas décadas, cuando la mayoría de los coches que circulen por nuestras ciudades y carreteras sean coches sin conductor, este debate estará superado: la tecnología comporta algunos riesgos, pero limita muchos otros. La cuestión es el saldo que esa fría ecuación arroja. De momento, parece obvio que son muchísimos los aviones que han volado sin ningún tipo de accidente, centenares de miles los vuelos sin problemas realizados ya por los dos modelos de Boeing 737 Max bajo sospecha y millones los pasajeros transportados. Parece chocante que compañías que centuplican el número de servicios de las accidentadas no hayan reportado hasta ahora dificultades. Aunque también es cierto que los nuevos sistemas instalados, que automatizan la toma de decisiones, son considerados por los pilotos como demasiado rígidos, y que Boeing no incluyó en sus manuales de instrucción el formato de desactivación, bastante complejo, hasta el primer accidente de Indonesia.

Dicho eso, me cuesta creer que esta fulminante decisión sobre el cierre del espacio aéreo a los nuevos modelos del 737 sea completamente ajena al contexto de guerra comercial entre China, Europa y Estados Unidos que vivimos hoy. Las tres primeras compañías que dejaron en tierra su flota de 737 fueron las tres grandes aerolíneas chinas. A ellas se sumaron rápidamente la mayor parte de las asiáticas, y un día después varias europeas, adelantándose a la autoridad aeronáutica del primer mundo, que acabó haciendo lo mismo. En un mundo globalizado como el nuestro, la decisión china -adoptada por el Gobierno chino, propietario de las compañías-, supone un golpe muy contundente a la primera empresa del índice Dow Jones, y una demostración a la agresiva Administración republicana de que las guerras comerciales pueden ganarse (o perderse) de muchas maneras.

Al final, Trump ha tenido que sumarse al cierre aéreo. Sospecho que no lo ha hecho con gusto, pero para un hombre que vive de la efímera gloria del tuit, era difícil escapar a la brutal presión de las redes y a la razonable alarma de sus propios ciudadanos. La compañía Boeing, tan estadounidense como los donuts, es la primera víctima -ya ha perdido 40.000 millones de valor bursátil- de la guerra comercial declarada por Trump al mundo. Si no hubieran muerto tres centenares largos de personas inocentes, podría decirse que hay algo de justicia poética en todo esto.

A BABOR FRANCISCO POMARES