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Sanidad, acá y acullá


7/may/03 6:21 AM
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"TIMONEL, PROA al Hospital Militar y mantén firme el rumbo hasta nueva orden". Esta frase solía oírla de forma rutinaria de labios del veterano D. Antonio Botella Gozalvo, al mando del correíllo de Trasmediterránea "Santa María de las Nieves", cuando iniciaba la maniobra de acercamiento al muelle de La Luz, en la vecina capital de provincia. La cotidianidad de las visitas a cualquier puerto de las Islas hacía de estos hombres unos consumados conocedores de sus peculiaridades batimétricas, corrientes y vientos. De ese modo, la presencia del práctico a bordo sólo tenía carácter excepcional en días de mal tiempo. El punto, pues, de referencia de la mole del hospital recién inaugurado, destacaba con nitidez del resto de las construcciones de la ciudad y era objeto inmediato de jugosos comentarios sobre la infrautilización de sus instalaciones, debido a su excesiva capacidad para atender las necesidades sanitarias del estamento militar. Competencias que, con los años, se fueron derivando hacia la sanidad pública, quedando en suspenso la mayoría de sus servicios, como de igual manera le había ocurrido al nuestro, más antiguo, situado al comienzo del puente de Galcerán en el populoso barrio de Duggi.

Sea como fuere, el edificio no fue demolido como éste, sino vendido por Defensa al Servicio Canario de Salud para dotarlo de mejores medios y ampliar el número de camas hospitalarias públicas, con la sutil diferencia de que el tinerfeño fue comprado por el Cabildo para convertirlo en ambulatorio y geriátrico simultáneamente; aún por concluir y ser una realidad tangible.

Volviendo de nuevo a la cocapital, contemplamos el surgimiento del lujoso Juan Negrín, en el barrio de Escaleritas, obra magna de la Sanidad Pública en Canarias. Y, entonces, ¿qué hacer con el viejo hospital del Pino? ¿Derribarlo? ¡Quiá! En un pispás se ha reconvertido en centro sociosanitario de enfermos crónicos, siguiendo una política práctica de aprovechamiento de inmuebles que, con leves reformas interiores, siguen siendo funcionales. Y si este criterio es el más adecuado bajo el punto económico y práctico, ¿por qué ese empecinamiento en derribar nuestro Hospital Universitario? ¿Acaso no existen otros lugares para construir el recién prometido, en vez de fotografiarse poniendo la primera piedra en el sitio del actual? ¿Es que los usuarios y el personal del Hospital de la Candelaria, no están más que hartos de las eternas obras de remodelación de sus instalaciones? ¿Vamos a repetir la incómoda experiencia, también, en el magnífico inmueble construido en su día bajo el mandato del inolvidable presidente José Miguel Galván Bello? ¿Qué ocurre, por ejemplo, con la infrautilización del Hospital de Tórax, que sólo tiene previsto tres días de quirófano para el mes de mayo actual, debido a que el anestesista asignado al equipo quirúrgico de mi estimado amigo, el doctor Sixto Hernández Plasencia, es "raptado" continuamente para suplir carencias en la Candelaria? ¿Es ésta la política de disminución de las listas de espera? ¿A quién pretenden engañar?

Son muchas las preguntas y pocas las respuestas de unos políticos empecinados en una carrera electoral por la permanencia a cualquier precio, tendentes a la monumentalidad y sin entrar de lleno en los problemas internos; que se suplirían con mayor y mejor contratación de profesionales para acortar la tardanza de tales servicios. Algunos de ellos resueltos "in extremis" por la sanidad privada tras sustanciosos convenios. Y, mientras tanto, los prometidos hospitales comarcales del sur y el norte (no centros de crónicos) siguen sin aparecer en el horizonte.